Manjares entre panes: la historia de "Mi Sandwichito", un clásico santafesino
En febrero de 2016 El Litoral anunciaba el cierre del tradicional comedor tras más de cuatro décadas atendiendo al público. Desde entonces, venden sus productos para llevar. El recuerdo de una esquina mítica.
Una carta llena de sabores. El recuerdo de un bar que marcó una época.
Perico, Dumbo, Tatin, Donald, Tortuguita, Bismark, Puppi, Marilú, Danubio, Bahía. Se preguntará estimado lector qué son todos estos nombres propios. Nada más ni nada menos que las estrellas de Mi Sandwichito. El bar de la esquina santafesina de Bv. Pellegrini y Urquiza cerró como tal hace 10 años pero sigue vivo en el recuerdo de sus dueños y habitués.
De miga, máuser o viena. Con fiambres, lomo o pollo. Las distintas versiones de los sándwiches ganaron desde los años 70 la mítica popular. Nunca faltaron los lisos bien fríos. También había un menú de comidas para aquellos díscolos que pedían pizzas, teniendo enfrente otro clásico de la gastronomía santafesina.
Una noche típica en Mi Sandwichito.
Las hamburgueserías no estaban a la moda y Mi Sandwichito se convirtió en un faro para las familias de la ciudad capital y turistas que buscaban esos manjares de miga, fiambres y carnes. Todo un símbolo los lomitos acompañados con un aderezo mágico, que no se conseguía en ningún supermercado. La “salsa tártara” de elaboración propia le daba el toque final.
La calidez del grupo de los mozos era parte del menú. La agenda pública al dedillo, ni hablar del fútbol, con la información más finita de los equipos de la ciudad. El tema de charla siempre dependía del cliente, que siempre tenía su bartender favorito.
Previo al mundo de las redes sociales y los influencers, el bar se popularizó por los condimentos antes mencionados. Ricos sánguches, lisos helados y comodidades para toda la familia. Un menú perfecto para una salida nocturna.
El liso, siempre bien frío.
De estirpe familiar
El Litoral se acercó hasta el lugar. Ahora, pegado a la esquina funciona la sandwichería por encargo. Alfredo Forni, uno de los dueños del emprendimiento, gentilmente abrió las puertas del local e imaginariamente también hizo lo propio con el baúl de los recuerdos. Mucha historia por conocer.
—¿Cómo arrancó Mi Sandwichito?
— Empezamos con un localcito acá en esta misma cuadra. Somos dos matrimonios, dos hermanas y dos cuñados. Las mujeres trabajaban en Merengo y hacían sandwiches y mi cuñado no tenía empleo, entonces en una reunión familiar surgió la idea: ¿Si ponemos una sandwichería?
Arrancamos en 1970 en ese lugar que había dejado libre la pizzería Tuyú, que ya se había mudado a la esquina. Con lo cual teníamos todo resuelto, cocina, baños, etc. Empezamos los 4, pese a tener otra actividad. Salían las mujeres de Merengo y venían y yo terminaba de laburar con mi viejo y también venía. El salón era chico con 5 o 6 mesitas. Hacíamos de mozo nosotros y atendíamos el mostrador.
Fue tal el furor que tuvimos que nos sobrepasó. Nunca pensamos que se iba a trabajar tanto. En ese momento, en la esquina había una farmacia que era del tío de Amilcar Brusa. El hijo de ese hombre nos propone trasladarnos a la ochava porque ese negocio se iba y quedaba libre el local.
Entonces hablamos con el dueño del local y arreglamos. Nos dio tres meses para ponerlo en condiciones. Para el 72 ya estábamos mudados. Por suerte nos fue tan bien en esos años que las mujeres dejaron el otro empleo y yo también me dediqué por completo al bar.
En esos tiempos teníamos dos mozos y dos empleadas más. Con los años sumamos más, hasta llegar a tener 18. No solamente teníamos atención en el bar sino también para llevar. Para que se den una idea, esperábamos la salida de los cines que era alrededor de las 0.30 y se llenaba de “bote a bote”. Y hasta que se iba el último se hacían las 2 o 3 de la mañana. Eran noches muy largas.
Cualidades de un lugar único
— ¿A qué le atribuye el furor por el bar?
— Nunca tuvimos envíos a domicilio. La gente nos llamaba y retiraba del mostrador. Los mismos clientes nos decían que era por la calidad de los sándwiches, que la mantuvimos a lo largo de los años. Eso hace que sigan viniendo. También se corrió la bolilla, el boca a boca. Una anécdota, el único que nos hizo publicidad fue Ricardo Porta que además era habitué.
Después de mucha insistencia, accedimos a dar publicidad en los partidos de básquet que relataba. Encima, se inventó un latiguillo que decía “triple, triple, triple de Mi Sandwichito”. Lo hizo famoso.
Forni recordó los mejores momentos del bar.
—¿ Cómo surgieron los nombres tan particulares de los sándwiches?
— Las mujeres ya conocían cómo hacer los sándwiches y empezamos a inventar los nombres. Salían en charlas, reuniones. Nada del otro mundo.
—Otra particularidad del bar eran los aderezos...
— Sí, por ejemplo la salsa tártara que teníamos era un invento nuestro. Es mayonesa con pickle, bien picado y procesado. Quedaba espectacular. Con la mayonesa arrancamos comprando una marca en frasco de vidrio. Una vuelta, nos llevaron a conocer la fábrica y en un momento nos dijeron que la podíamos hacer, nos asesoraron cómo hacerla y empezamos a hacerla, 100% natural.
A la mayonesa casera tuvimos que dejar de hacer y servir porque un colega también había empezado a fabricar y se olvidó unos frascos sin cadena de frío, los usó e intoxicó a un montón de gente. Así que nos llamaron de Bromatología y nos dijeron que eso no iba más. (Risas).
—¿Cuál era el secreto de los lisos bien fríos?
— Con el liso es un tema aparte. Arrancamos con la desaparecida cervecería Schneider y teníamos la clásica chopera a hielo con cuatro barras. Tenía sus cositas. Y un ingeniero de ahí, nos comentó que estaba por hacer una eléctrica. Y nos parecía medio raro. Pero nos convenció porque era una cámara con un pulsador donde entraban tres barriles.
Trabajaban muy bien la carpintería y el acero inoxidable. Hicieron una chopera a medida de Mi Sandwichito y los lisos salían espectacular. Además, teníamos las heladeras detrás nuestro donde guardabamos los vasos. Entonces también estaba helado el vidrio. Llegaba a la mesa con la temperatura ideal. Por eso nos premiaron en varias ocasiones.
El mostrador, con la barra y la caja.
— Y el plantel de mozos, otro rasgo distintivo...
— Todos los mozos empezaron detrás de la barra, lavando copas y tirando lisos. Solamente tuvimos dos que vinieron de afuera y les costó adaptarse, porque no conocían los sándwiches. Era fundamental saber el nombre de cada plato para después no equivocarse cuando los servían en las mesas.
— Uno imagina que debe haber miles de anécdotas y, por ejemplo, personalidades que visitaron el bar...
— Sí, vinieron muchos personajes. Por ejemplo, ahí en las fotos tenemos la visita de Fito Páez y Guillermo Vilas. El músico quedó encantado con el lugar y los sandwiches. Hasta el día de hoy cuando viene a Santa Fe pregunta si existe el lugar...
También lo tenía dos o tres veces por semana a Amilcar Brusa, que además era primo mío. Y llegaba con algún boxeador, pupilos. Monzón venía solo porque vivía acá cerca y nos sentábamos bien en la esquina a charlar.
Brusa en sus últimos años nos traía a la Locomotora (Oliveras), él le había dado lugar en su casa porque no tenía donde vivir. Así que me arrimaba a charlar con él y ella.
Al respecto, Forni aclaró que la idea de cerrar el bar no tuvo que ver con el socavón que se formó a pocos metros de la ochava. “Ya lo preveíamos con bastante anticipación”, reconoció.
En ese aspecto, el entrevistado comentó que años anteriores al cierre estuvieron en tratativas con el dueño de una casa lindera para comprarla y finalmente abrir lo que vino después: sándwiches para llevar, sin atención de bar.
La máquina para preparar los aderezos.
“Al final se dio. Estuvimos 44 años en la esquina. De a poco fuimos levantando donde estamos ahora, incluso hicimos una losa con un salón en un primer piso, y como se dice definimos ‘bajar un cambio’, desligarnos de las mesas, los mozos, etc. y seguir trabajando para llevar”, explicó.
La charla va llegando a su fin y el anfitrión invita a este periodista a conocer las actuales instalaciones. Entre mostradores, repisas y mesas todavía se acomodan antiguas máquinas de la sandwichería original. “Todavía las usamos”, explicó Forni al tiempo de destacar la calidad de los aparatos.
Cada aparato es para cortar fiambre y carnes.
Sabores que se entremezclan con historias, con tiempos donde el lugar brilló en la noche santafesina y dejó, tanto a la clientela como a los propios dueños, cientos de recuerdos, de memorias imborrables de una época pasada.