El 25 de mayo de 1976, hace justo 50 años, el Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez inauguró el LIII Salón Anual de Santa Fe con 101 artistas seleccionados (44 pintores y 57 dibujantes) provenientes de distintos puntos del país.
A medio siglo del Salón Anual de 1976: arte argentino en tiempos de incertidumbre
Hace 50 años, el Museo Rosa Galisteo dejaba inaugurado el LIII Salón Anual de Santa Fe. Fue una edición atravesada por el inicio de la dictadura militar y por las nuevas búsquedas estéticas asumidas por pintores y dibujantes de todo el país.

El certamen, creado en 1922 como mecanismo de adquisición patrimonial del museo, entregó ese año diez premios distribuidos entre pintura y dibujo, e incorporó obras de artistas como Zulma Electra Palacín, Lía Rocca, Juan Carlos Gómez y Susana Beatriz Cariola a la colección permanente.
Una grieta en el tiempo
El Salón Anual de Santa Fe fue creado en 1922 junto con la apertura del Rosa Galisteo y reunió desde el principio a artistas de todo el país en torno a una convocatoria abierta, con jurado independiente y premios que pasan a integrar el acervo del museo.

En 1976, esa dinámica cargaba un peso adicional: el país llevaba apenas dos meses bajo una dictadura militar. La edición número 53 del Salón no esquivó ese contexto.
La crónica de El Litoral, que cubrió la inauguración, señaló que los certámenes nacen para "estimular a artistas de generaciones diversas y mostrar al país la mayor o menor madurez creadora". Esa madurez, en mayo de 1976, tenía dimensiones que iban bastante más allá de lo técnico.
Un panorama fragmentado, pero vivo
El jurado seleccionó 44 pintores y 57 dibujantes provenientes de distintos puntos del país. Córdoba, Buenos Aires, Tucumán, Entre Ríos, Corrientes y Jujuy enviaron sus representantes. La proyección nacional seguía intacta.

La sección de dibujo fue la protagonista. Con mayor empuje que la pintura, los trabajos sobre papel "defendieron" al Salón de cierta debilidad en los envíos de caballete. Esta asimetría entre secciones no era nueva, pero en 1976 se volvió más evidente. La pintura, con apenas una decena de obras catalogables como importantes, cedió el centro de la escena.
Lo que sí atravesaba ambas disciplinas era una tendencia compartida, el retorno a una nueva figuración de tónica expresionista. Nada de sorpresas técnicas radicales ni de corrientes rupturistas. El arte argentino de mediados de los 70 parecía replegarse sobre sí mismo.
Obras que hablan por sí solas
En pintura, el premio adquisición del Gobierno de Santa Fe recayó sobre Manuel Claro Bettinelli y su óleo "Paisaje con red", una propuesta abstractizante de ritmos cromáticos que, según la crítica, no lograba concretar un "definido ensamble expresivo".

Pedro Alberti se llevó el premio del Ministerio de Educación y Cultura con su acrílico "Azulejos", imagen de impacto agresivo, trabajada con oficio indudable. La rosarina Verónica Celman obtuvo el premio M. Rodríguez Galisteo por "El flautista", una "pintura dibujada" dentro de un realismo de matices acotados.
Dos obras merecieron especial atención. Lía Rocca y su óleo "Mediodía" (premiado por el Fondo Nacional de las Artes) representó quizás el punto más alto de la sección, con expresionismo vigoroso, cromatismo dúctil.
Y Susana Beatriz Cariola, santafesina, conquistó el premio de la Asociación Amigos del Museo con "Circunstancia de Grupo III", una lectura aguda y sin concesiones del hombre-masa, construida con "materia escasa y cierta estructuración".

El dibujo, la sección fuerte del Salón, entregó sus mayores reconocimientos a artistas locales. Zulma Palacín recibió el premio del Gobierno de Santa Fe por "Piel en vértigo": "un testimonio audaz y patético de nuestra época", realizado con técnica irreprochable.
Oscar Esteban Luna se llevó el premio de la Subsecretaría de Cultura con su tinta "Amazona y atleta", donde fantasía y capacidad dibujística se funden sin fisuras.
Juan Carlos Gómez, con "En el nombre del hijo", ratificó su lugar dentro de las corrientes renovadoras de la plástica nacional. Nanzy Vallejo obtuvo el premio Salvador Caputo con un grafito de "mística atmósfera" y sutileza formal poco común.

Y Raúl Ponce cerró la nómina con Dibujo II, una obra de personajes extraños que, según la crónica, no dejaban de comunicar "cierto grado de expectación o de asombro".
Arte y memoria visual
¿Qué quedó del LIII Salón? Las obras premiadas y un estado de situación. Una radiografía de lo que se hacía, cómo se pensaba y qué se elegía mostrar en un país que atravesaba una de sus crisis más oscuras.
El cronista de El Litoral cerró su nota con una afirmación que no perdió su valor en el siglo XXI. "Mientras haya artistas que trabajan con fe y con autenticidad, los salones existirán".








