"No, no soy un gran pintor. Solo sé que hago lo que puedo para transmitir lo que experimento ante la naturaleza y que, con frecuencia, para lograr transmitir lo que siento, olvido por completo las reglas más elementales de la pintura, si es que existen". Claude Monet al crítico Gustave Geffroy.
Claude Monet, el maestro del impresionismo que no se creía un gran pintor y volvió a hacer historia
La pintura "Iris" realizada poco antes de su muerte alcanzó un precio récord en una subasta en Francia. La cifra vuelve a poner en primer plano al hombre que dio nombre al impresionismo y revolucionó la manera de representar la naturaleza. El recuerdo de una muestra en Santa Fe que incluyó una obra suya.

Hace unos días se conoció una noticia del mundo del arte, de esas que sorprenden por la cantidad de ceros que tienen las cifras involucradas. Una pintura de Claude Monet alcanzó los 56 millones de dólares en una subasta. Y pasó a ser la obra de arte más cara vendida en Francia. Un país que, si de algo puede vanagloriarse, es de su tradición pictórica.
La noticia es más sorprendente aún si se tiene en cuenta que la obra, antes de emerger y batir récords, había permanecido durante décadas alejada de la mirada del público. Su título es "Iris" y se trata de un lienzo que el maestro realizó entre 1924 y 1925, poco tiempo antes de su muerte el 5 diciembre de 1926, de lo cual se cumplirán 100 años el mes próximo.

Cabe recordar que el pintor se había recluido años antes en Giverny, al noroeste de París, junto a Alice Hoschedé y los hijos de ambos, donde juntos pasaron el resto de su vida. Desde allí -según consta en la biografía del pintor que hizo el Museo Thyssen-Bornemisza- "realizó viajes a Normandía, la costa mediterránea, Inglaterra, Noruega o Italia".
¿Por qué es un referente mundial del arte?
Para entender más las implicancias de este nuevo récord francés (que todavía, no obstante, está lejos del récord mundial marcado por el artista artista, a través de la pintura "Meules", que superó los 110 millones de dólares en Nueva York en 2019), cabe acercarse un poco más a esta figura fundamental del arte del siglo XIX.
Lo primero que hay que marcar es que él, que paradójicamente no se consideraba un gran pintor, fue el primero en utilizar, con Auguste Renoir, la pincelada suelta característica del impresionismo. De hecho su obra, "Impresión, sol naciente", presentada en la Primera Exposición Impresionista de 1874, sería la que daría nombre a este estilo.

Lo recuerda Ignacio Gutiérrez Zaldívar en un artículo de su autoría publicado en 2013 por El Cronista, bajo el título "Claude Monet: el hombre que le dio nombre al impresionismo". "El nombre proviene de la burla del crítico Leroy ante la obra. Quiso manifestar que eran pinturas sin terminar como si fueran meros bocetos de gente que no sabía dibujar, ni dar ambiente a las obras", puntualiza.
Lo cierto es que Monet fue capaz de registrar con fidelidad su entorno. El mismo remarcó "la riqueza que logro proviene de la naturaleza, la fuente de mi inspiración". Y aunque tuvo éxito en vida, su fama escaló en la segunda mitad del siglo XX, cuando pasó a ser referencia para nuevas camadas de artistas. Esa revalorización explica las cifras astronómicas que se manejan en relación a su trabajo.
Pero lo impactante de los números no debe desviar la atención del eje. Como marca Andrea Ochoa, "desde sus primeras obras, logró expresar su percepción de la naturaleza y los paisajes al aire libre a través de los cambios de la luz y el contraste de tonalidades, técnica que perfeccionó hasta convertirse en uno de los precursores del impresionismo y del movimiento del modernismo en el siglo XIX".

Para ver obras de Monet en Argentina
Para poder encontrarse en directo con el talento de Monet en Argentina, hay que viajar a la ciudad de Buenos Aires, al Museo Nacional de Bellas Artes. Allí se exhiben, dentro de un grupo de trabajos de los impresionistas, dos obras del francés: "El Puente de Argenteuil", un óleo sobre tela de 1875 y "Orillas del Sena", que el artista desarrolló con la misma técnica y el mismo soporte pero en 1880.
El primero "constituye un paisaje 'puro', vaciado de la presencia humana, enteramente concentrado en la reacción rápida del artista frente a la naturaleza, traducida aquí en un follaje denso y vibrante, completamente desarrollado en tonalidades frías (azul, verde, amarillo)", dice Barbara Musetti.
Y añade que "el punto de vista de la obra –rebajado a un nivel coincidente con la rica vegetación– desde el cual se distingue el puente ferroviario atravesado por un tren en marcha, parece querer subrayar la idea de una modernidad aparecida al artista en forma imprevista y casi por casualidad".

Con respecto al segundo, Patricia Corsani recuerda que Monet "estudiaba la luz y los efectos ópticos dejando de lado el dibujo y volcándose al uso de la mancha rápida para definir formas, con pinceladas cortas yuxtapuestas de colores puros y complementarios en trabajos resueltos al instante. El agua fue uno de los motivos preferidos para el estudio de transparencias, reflejos y movimiento".
En Santa Fe, también hubo una posibilidad concreta de ver cara a cara un trabajo de Monet. Fue en septiembre de 1949, cuando desembarcó en la ciudad "De Manet a nuestros días", muestra integrada por obras de más de sesenta artistas, entre ellos Bonnard, Braque, Derain, Léger, Matisse, Manet, Monet, Renoir, Modigliani, Degas y otros.
El Litoral en su edición del lunes 5 de septiembre de ese año, señaló: "ayer por la tarde en el museo Rosa Galisteo de Rodriguez, con la presencia de numeroso público y autoridades, quedó inaugurada la muestra de arte moderno francés titulada 'De Manet a nuestros días'. La muestra fue habilitada por Roger Monmayou, encargado de negocios de Francia".

El pintor que buscó lo inasible
Tras la muerte de Monet, hace un siglo, sus restos yacen en el cementerio de Giverny, el que fuera su lugar en el mundo. Según indica J. M. Sadurní en un artículo de su autoría en National Geographic, en 1966, su hijo Michel donaría la casa a la Academia Francesa de Bellas Artes, y gracias a la Fundación Claude Monet, la residencia y los jardines fueron abiertos al público en 1980.
Hoy, la casa y los jardines de Giverny son uno de los lugares más visitados por quienes se interesan por la vida y la obra del pintor. Allí permanecen buena parte de los rastros de aquel universo que Monet convirtió en materia de creación, los senderos, los árboles, los estanques y, especialmente, el jardín de flores que tantas veces trasladó a sus lienzos.

No es antojadizo que ese paisaje haya sido uno de los motivos recurrentes de sus últimos años. Monet pasó buena parte de su vida intentando capturar algo tan inasible como los cambios de la luz sobre las cosas. Lo hizo frente a un río, un puente, un campo de amapolas o un conjunto de almiares y también en su propio jardín, donde encontró un repertorio inagotable de formas y colores.








