Las señales que surgen de encuestas recientes a agrónomos y productores de la región núcleo son claras: existe intención de sostener el área triguera, pero los números no acompañan. El fuerte deterioro en la relación insumo-producto, especialmente entre urea y trigo, se convirtió en el principal condicionante para la campaña 2026/27.
Se estiman 300.000 ha menos de trigo 2026/27 en la región núcleo
La intención de siembra inicial señala una caída interanual del 17%. Las encuestas muestran que se quiere mantener al trigo en las rotaciones, pero también señalan como dificultad el abrupto cambio de la relación urea/trigo, que pasó de 2,6 a 4,1 en un año. Cosecha y lluvias: ¿cambio de escenario para la próxima semana?

En apenas un año, esta relación pasó de 2,6 a 4,1, lo que implica que hoy se necesita vender mucho más cereal para acceder al principal fertilizante del cultivo. Este cambio impacta de lleno en la ecuación económica, incluso en un contexto agronómico favorable: los perfiles de humedad se encuentran en condiciones óptimas en toda la región.

El dato no es menor. En 2026 se cumplen diez años desde que el trigo recuperó protagonismo productivo y económico, consolidándose como un pilar dentro de los esquemas agrícolas junto a la soja y el maíz. Además, su rol financiero es clave: permite generar ingresos en un momento estratégico del año, aportando liquidez al inicio de la campaña gruesa.
Costos en alza y márgenes en retroceso
Sin embargo, el incremento de costos —con los fertilizantes a la cabeza— tensiona los márgenes. Con un precio proyectado de US$ 217 por tonelada y un rendimiento de 40 qq/ha, el margen neto en campo propio ronda apenas los US$ 65 por hectárea. En campo alquilado, en cambio, la ecuación arroja pérdidas cercanas a los US$ 128.

La situación se agrava si se considera que el 70% de la producción se realiza bajo arrendamiento. En estos casos, el rinde de indiferencia se ubica en torno a los 46 qq/ha, un nivel exigente que se incrementa aún más en zonas alejadas de los puertos. A más de 150 kilómetros, los rindes necesarios superan los 50 quintales por hectárea.
Frente a este escenario, los productores comienzan a ajustar decisiones.
Se proyectan caídas en la intención de siembra que varían según la zona: en Carlos Pellegrini sería del 10%, en Aldao entre el 20% y 30%, y en Pergamino y Marcos Juárez alcanzaría el 30%. En otras localidades, como Bigand, se intentará sostener el área, mientras que en el sur santafesino y norte bonaerense las reducciones rondarían entre el 10% y el 20%.

Además del recorte en superficie, se anticipa una baja en la inversión tecnológica, particularmente en fertilización. Esto abre un dilema productivo: menores dosis de urea comprometen los rindes, pero sostener niveles altos de aplicación deteriora aún más los márgenes.
El peso de la urea en la ecuación
El encarecimiento del fertilizante es el factor central detrás de este escenario. Actualmente, la urea cotiza cerca de US$ 890 por tonelada, frente a los US$ 540 de hace un año. Este salto explica gran parte del deterioro económico del cultivo.
No obstante, cuando el trigo se analiza dentro de esquemas de rotación con soja de segunda, los números mejoran. En esos planteos, los márgenes pueden alcanzar los US$ 466 por hectárea en campo propio y valores cercanos al equilibrio en campo arrendado.

En paralelo, la cosecha de soja avanza con fuertes demoras. Con un progreso del 43%, se registra el mayor atraso de la última década, cuando a esta altura debería haberse superado el 80%.
Las lluvias persistentes —que en abril promedian 121 mm— dificultan el ingreso a los lotes y afectan la calidad del grano. Se reportan problemas de humedad elevada, brotado, hongos y desgrane, con importantes descuentos comerciales.
Clima: una ventana de mejora en el cierre de abril
Tras semanas marcadas por eventos de lluvias intensas, se espera un cambio en las condiciones climáticas hacia fines de abril. El ingreso de aire más frío y seco podría estabilizar el escenario, mejorar el ritmo de cosecha y favorecer la aparición de las primeras heladas.
Este cambio podría ser clave no solo para la soja, sino también para comenzar a definir con mayor precisión el panorama de la campaña fina, en un contexto donde el clima acompaña, pero la economía impone límites.








