Enviado especial a Estados Unidos
En Atlanta, el cielo lloró gotas celestes y blancas
Bajo la lluvia, una multitud de argentinos le hizo el aguante a la selección durante horas en pleno centro de la ciudad. A pocas cuadras, los ingleses no se quedaron atrás.

Hay rincones del mundo que jamás imaginaron albergar tanta alma. Atlanta, con su asfalto gris y su historia sureña, se despertó un día bajo un cielo encapotado que amenazaba con ahogar cualquier rastro de fiesta. Hasta el martes a la tarde, la ciudad parecía eternizarse en un día domingo. Poca gente en las calles, pocos autos y una tranquilidad pasmosa que no parecía ser propia de una ciudad con su dinámica y su permanente progreso.
Pero el pronóstico del tiempo no sabe de pasiones, ni entiende el idioma de los que cruzan un continente entero con los bolsillos vacíos y el pecho lleno de ilusión. Bajo una lluvia mansa y constante que parecía bendecir la locura, más de diez mil almas argentinas se fundieron en un abrazo celeste y blanco. No importaba el agua que caía y mojaba, ni los miles de kilómetros de distancia con el hogar; en ese pedazo de tierra estadounidense, el tiempo se detuvo. Cada golpe de bombo era un latido, cada bandera empapada era un pedazo de patria y cada canto daba la certeza de que, cuando juega la Selección, no existen fronteras.

Detrás del color de las banderas y la euforia, el banderazo también desnudó la cara más dura y conmovedora del hincha: la odisea de estar ahí sin saber si se podrá entrar al estadio. Los Fleming y los Martolio se encontraban con Carlos Fertonani con un tema excluyente: conseguir entradas. “Piden una locura, más de 2.000 dólares”, contaban. Pero no bajaban los brazos. “La estrategia es esperar hasta el día del partido. Entre las 9 de la mañana y las 12 del mediodía, se define todo”, decían con gran confianza de que, finalmente, estarán dentro del estadio a las 3 de la tarde de Atlanta, cuando comience a rodar la pelota.
Las cifras en dólares eran obscenas, un muro inaccesible para los miles que llegaron con lo justo, arañando ahorros de años. "Vinimos a ciegas", confesaba la mayoría. Son cientos de fanáticos que se niegan a alimentar el negocio de los precios altos, pero que viajaron igual. Durmieron en aeropuertos, compartieron habitaciones de hotel entre ocho personas y estiraron cada billete solo para estar cerca. Para ellos, el banderazo no era la previa del partido; era su partido. Cantar bajo el agua, abrazar a un desconocido y sentir el retumbar del bombo, era la forma de gritarle al mundo que, aunque el mercado los deje afuera de las tribunas, nadie les va a poder revender la pertenencia ni prohibirles el derecho a alentar.

Mientras el “Muchacho…” o “Hay que alentar a la selección…”, eran los hits y allá a lo lejos se escuchaba “el bombón asesino” de Los Palmeras (El Litoral lo cruzó a Marquitos Camino entre medio de la multitud), a pocas cuadras de allí, sobre la concurrida avenida Marietta, muy cerquita del estadio y enfrente del Centennial Park, la multitud de ingleses se prendían a las estrofas de Hey Jude, uno de los tantos himnos inmortables de Los Beatles, que entre cervezas y cervezas, los ingleses entonaban como si fuera una canción de cancha.
En las próximas horas, once camisetas celestes y blancas saldrán a la cancha a jugarse la gloria eterna, pero la victoria ya empezó a escribirse acá, en el barro, el agua y la locura de las calles de Georgia y ese Undergrond que dejó perplejos a propios y extraños, incluidos los policías que trataban de ordenar a la multitud a los gritos, pero también admirando semejante desborde de pasión.
Los mitos populares se forjan bajo la lluvia, a fuerza de gargantas rotas, bolsillos vacíos y una fe inquebrantable que ningún precio de reventa podrá jamás doblegar. Que ruede la pelota, que el mundo entero está mirando este gran partido que nos espera.









