Hace tres años y medio, en Qatar, las conspiraciones nos “ayudaban” a que Argentina ganase el Mundial. Todo “favorecía” a la selección de Scaloni. La derrota con Arabia Saudita estuvo “armada” para despistar; en los penales contra Países Bajos, las manos del Dibu tenían una “aspiradora” para que la pelota viaje directamente hacia ellas y en la final con Francia, Kolo Muani pateó al arco, pero “pateó a errar”. Todo un disparate que solo sirvió para echar mantos de sospecha mundiales en torno y por encima de los acabados méritos de aquel equipo.
De aquella “mano blanca” en Qatar a esta “mano negra” en New Jersey
El fútbol tiene esto: a veces sana y a veces envenena. Los disparates que se escuchan en torno a lo que pasó el domingo en la final entre Argentina y España, sinceramente son escalofriantes y propio de mentes dispuestas a creer que todo es complot y conspiración.

Hoy, las conspiraciones nos perjudican. Que Argentina debió “entregar” el partido porque la Fifa iba a suspender a la Afa por la bandera de Malvinas que mostraron los jugadores en pleno festejo del gran triunfo ante Inglaterra; que la Fifa había “prometido” a la Uefa (enojada con Fifa y con Trump por la roja que le quitaron a Balogun) que el campeón sería un europeo. El fútbol puesto en el más cruel de los escenarios: el del supuesto complot basado en el relato o creencia que explica la derrota argentina por culpa de los planes ocultos de grupos poderosos. Y nosotros, dispuestos a creerlas por aquello de que el mundo está en contra de Argentina y nosotros en contra del mundo. Y dispuesto a ganar la batalla, para convertirnos de villanos a héroes. Un disparate.
El respetadísimo colega Ezequiel Fernández Moores, con quien tuve el honor de compartir momentos en Estados Unidos y publicar una entrevista que me concedió, escribió hace unas horas en La Nación: “¿Cómo sospechar arreglo en una final que premió efectivamente al único equipo que jugó a ganar y al que incluso le fue anulado un gol de modo polémico? Es que Argentina, “presionada por lo de Malvinas, fue obligada a entregar la final”. Allí están los videos filtrados, los audios inventados, la conspiración que se alimenta de lo que le costó siempre aprender al fútbol argentino: saber perder. No entender que, el último domingo, ni siquiera alcanzó la reacción final que había salvado todos los partidos previos porque, esta vez, el rival era la España que venía de reducir a la nada, que había borrado en semifinales nada menos que a la súper favorita Francia de Kylian Mbappé. Argentina ya había dado todo en su batalla previa contra Inglaterra, una enésima victoria dramática que coronó con el cartel de Malvinas”.
Coincido en todo. Quizás le hubiese agregado que esta selección milagrosa, corajuda, llena de temple y corazón para lograr cometidos casi imposibles, había llegado a la final con España portando el mejor de los antecedentes futbolísticos: el segundo tiempo contra Inglaterra fue de un muy buen nivel futbolístico; a ese partido se lo dio vuelta con “huevos” y con fútbol; no solamente empujando, sino también jugando.

Argentina jugó la verdadera final con Inglaterra, no con España. En la “yapa” (que fue jugar la final), el equipo estuvo ausente porque anteriormente se había vaciado. Llegó sin físico, mermado en su confianza, absolutamente limitado en sus posibilidades. El técnico no entendió cuál era la mejor forma de jugar el partido, no tuvo un plan para quitarle la pelota a un equipo que basa su juego en la tenencia de la pelota, ni tampoco tuvo un plan para contrarrestarlo con una estrategia diferente e igualmente eficaz que la de su rival. Aguantó por las atajadas del Dibu (a propósito de las teorías conspirativas, parece que de él se olvidaron porque llevó el partido a un alargue y a ser vulnerado cuando faltaban 14 minutos para ir a los penales). Y punto. Ni siquiera –Scaloni- tuvo la claridad suficiente para meter a Lautaro Martínez, que venía con el “pico caliente” después de haber convertido el gol del triunfo ante los ingleses en la primera pelota que tocó.
“Es una locura todo lo que se dice y esto habla muy mal de cómo estamos como sociedad. Quien dice y cree todo eso, nunca entró a una cancha y nunca jugó al fútbol”, me decía Nery Pumpido, poniendo un freno definitivo a las especulaciones de los hinchas y también de un sector de la prensa o de quienes utilizan medios públicos para tratar de instalar estas conspiraciones, valiéndose de la credulidad de la gente.
Argentina jugó mal, fue un equipo ausente, llegó al partido con una carga emocional tan intensa como desgastante por lo que fueron los partidos previos y la verdadera final la jugó con Inglaterra. ¿Qué quiso decir Messi en la arenga?, solamente él lo sabe. Hubo declaraciones previas de algunos jugadores de España que molestaron a los argentinos. Quizás, por eso, los incidentes del final (lamentables reacciones, por cierto) y aquella actitud de los nuestros, de darle la espalda al momento de la coronación de los españoles e ir a mirar a la cara a los miles de argentinos que estaban en una de las cabeceras. Y Messi llorando, con el llanto de los grandes, porque ve el posible final a la vuelta de la esquina y porque su “animal competitivo”, esta vez, le había fallado.
No faltarán voces que señalen que a Messi le pasó, en Estados Unidos, lo mismo que a Maradona hace 32 años y en el mismo lugar. Aquello fue diferente, muy burdo y a la vista de todos. Nunca antes –ni después- una médica ingresó a un campo de juego para llevarse a un jugador al control antidóping. El mundo vio y seguirá viendo la escena. ¿Por qué y para qué?, ya la respuesta, a esta altura, no importa. Quienes fueron protagonistas reales y directos, ya no están. Solo ellos lo saben. O en todo caso, uno de ellos es el que verdaderamente se llevó el misterio a la tumba.










