Hay historias que parecen escritas por el destino, guionadas por alguien que conocía de antemano el dolor, la paciencia y la gloria. La historia de Lionel Messi con la camiseta de la selección argentina no es solo la trayectoria de un deportista extraordinario; es un viaje emocional que atravesó el alma de todo un país, una montaña rusa de lágrimas, frustraciones y, finalmente, un desahogo colectivo sin igual. Ganador como ninguno, el 18 de diciembre de 2022, el fútbol hizo justicia al permitirle que levante la copa del mundo en aquella gesta inolvidable de Qatar, después de una final infartante – la mejor de la historia – ante la Francia de un Mbappé brillante. Y cuatro años más tarde, en Estados Unidos, con 39 años y su padre enfermo en su lecho de muerte, descolló en ese Mundial en el que la cúspide emotiva la vivimos en la inolvidable tarde de Atlanta, cuando Argentina venció a Inglaterra y se coronó finalista. El subcampeonato no empañó en absoluto la gloria de la mejor selección de la historia del fútbol argentino. Ni mucho menos la del venerado y amado capitán.
Se va Messi, seremos un poco huérfanos a partir de esta noche
Fueron 21 años, un título del mundo, dos Copa América, una Finalíssima, el dolor de varias finales perdidas, 208 partidos y 125 goles. El gran capitán se pone esta noche por última vez la cinta que defendió con gloria y honor.

Todo comenzó casi en secreto, como un secreto bien guardado que el fútbol argentino necesitaba proteger del mundo. Tenía apenas 16 años y rompía redes en La Masía del Barcelona cuando un llamado providencial de José Pekerman y su cuerpo técnico encendió la chispa. A la Afa le constaba el interés de España por nacionalizarlo, por lo que urgía blindarlo con la albiceleste.

Así, de la noche a la mañana, se armó un partido amistoso informal contra la Sub-20 de Paraguay en la mítica cancha de Argentinos Juniors, en La Paternal. Ese día, un pibe flaquito, de estatura diminuta pero con el balón pegado a la bota, entró a la cancha casi como un desconocido. Nadie imaginaba que ese momento casual marcaría el nacimiento de la leyenda más grande que verían nuestros ojos. En la planilla lo anotaron como “Mecci” y cuando lo llamaron al padre, preguntaron por “Leonardo” y no por Lionel. Claro, el llamado era claro y se refería a Leo Messi, como se lo conocerá eternamente, pero nadie sabía que su verdadero nombre era Lionel. Ni siquiera el empleado de Afa que se ocupó de llamarlo para convocarlo por primera vez.
Pero el camino no estuvo pavimentado de rosas. Al contrario, el talento descomunal de Messi chocó durante años contra la exigencia implacable de un país que le exigía ser Maradona desde el primer segundo. Llegaron las finales perdidas, el peso insoportable de la crítica y la soledad de estar tan cerca y, a la vez, tan lejos.
El punto de quiebre ocurrió tras aquella fatídica final de la Copa América Centenario en Estados Unidos (2016) contra Chile, otra vez por penales. El corazón roto, el cansancio y la incomprensión colmaron el vaso. Con la voz quebrada ante los micrófonos, Leo pronunció las palabras que paralizaron a la Argentina: “Esto no es para mí, cuatro finales perdidas, renunció a la Selección”. En ese instante, un frío helado recorrió la columna vertebral de millones. Nos dimos cuenta de lo que teníamos solo cuando estuvimos a punto de perderlo para siempre.
Por fortuna, el fútbol le debía una revancha a su hijo pródigo, y la historia se reescribió con letras de oro. Aquella renuncia fue apenas el preludio de una madurez sagrada: Leo volvió más líder, más humano, más nuestro que nunca. Se puso sobre sus espaldas el peso de un proceso nuevo y con un técnico, como Scaloni, sin currículum y sin foja de servicios. Se rebeló en la Copa América de 2019 que estuvo hecha para que Brasil la ganara. Se enojó con todos. Se lo vio más “maradoneano” que nunca. Y el destino, esta vez, fue justo. Las consagraciones en la Copa América de Brasil, la Finalíssima y la inolvidable Copa del Mundo en Qatar no fueron simples títulos deportivos.

Lo que generó Messi en su pueblo trascendió largamente la redonda. Produjo una revolución social sin precedentes: unió a un país entero fragmentado por crisis y diferencias, sacó a millones de personas a las calles en un abrazo eterno de hermanos, y convirtió el llanto de frustración en lágrimas de pura felicidad.
Lo que conmovió al mundo entero no fue solo su destreza sobrenatural con la pelota, sino su humanidad. En una época donde los ídolos globales suelen mostrarse distantes, inaccesibles o envueltos en artificios, Messi se mantuvo fiel a su esencia: un tipo sencillo, de perfil bajo, que habla con tonada argentina habiendo vivido más años en España que en su país, que adora a su familia y que jamás se olvidó de dónde vino.
El mundo adoptó a Messi porque vio en él la victoria del esfuerzo cotidiano, del que sufre en silencio, se cae, se levanta y sigue adelante sin alardes. Su consagración se sintió en cada continente como un acto de justicia poética: la prueba viviente de que la bondad y el talento genuino todavía pueden reinar en la cima del mundo. Y así, gracias a su zurda mágica, nos hizo sentir a todos —sin importar dónde hayamos nacido— un poquito más argentinos. Lo pudimos palpar en el último Mundial. Todos tenían la 10 de Messi sin importar si eran o no eran argentinos. Trascendió fronteras. Por su fútbol y por su forma de ser.
Messi nos enseñó que caer no es el fin, que insistir vale la pena y que la gloria sabe mejor cuando se sufre en el camino. Gracias, Leo, por hacernos tan inmensamente felices. Hoy, no habrá un solo argentino que no derrame lágrimas. Estoy seguro que así será.









