El almanaque marca que ya pasó un mes desde aquella tarde cálida y algo ventosa del Metlife de New Jersey, en la que el silbato final decretó la derrota de la selección argentina ante España. Treinta días (31 en realidad) suelen ser suficientes para que la espuma del enojo de algunos baje, los análisis viscerales se transformen en reflexiones serenas y el exitismo crónico de nuestro fútbol le ceda el paso a la honestidad intelectual que eche por tierra las dudas de las teorías conspirativas que, aún hoy, muchos siguen imaginando que existieron.
Un partido perdido que no mancha la gloria ganada
Aquel 19 de julio, en el Metlife de New Jersey, un equipo argentino con casi nada de resto físico y emocional, cayó ante una buena selección. La verdadera final la habían jugado cuatro días antes, ante Inglaterra. Fue el cierre del mejor proceso de la historia del fútbol argentino.

El resultado duele y la actuación también, por supuesto, pero la distancia ofrece hoy una nitidez absoluta que el paso del tiempo no hará más que agigantar y colocar en su justo pedestal: estamos ante la mejor selección de la historia del viejo y glorioso fútbol argentino. Ningún tropiezo aislado, por categórico que haya resultado en el desarrollo táctico, tiene el poder de destronar o empequeñecer a un ciclo extraordinario que transformó por completo la identidad, el mapa mental y la autoestima de nuestro fútbol. Sin embargo, en la élite absoluta, la gloria pasada no te exime de las facturas que te pasa el presente. Sin embargo, la caída en esa final deja a este grupo de jugadores y al entrenador sin deudas, al menos desde mi punto de vista. Solo el hecho de remarcar errores futbolísticos, decisiones equivocadas y una respuesta adentro de la cancha que no tuvo que ver con lo que se había visto antes, en el desarrollo del torneo. Cosas del fútbol que no pueden tapar la magnitud de lo que esta selección representó durante toda esta etapa.
Para dimensionar con justicia la estatura de este equipo a un mes de su caída, es obligatorio mirar el retrovisor y entender la trascendencia del camino recorrido. Este proceso, que arrancó allá por 2019 en medio de escepticismos feroces hacia un cuerpo técnico sin experiencia en primera línea, edificó una de las dinastías más imponentes de la historia del deporte rey. Bajo la conducción de Lionel Scaloni, este grupo llevó a la Argentina a ganar un título del mundo inolvidable, dos Copas América consecutivas y una Finalíssima, sumando además una final del mundo disputada con hidalguía -más el poco hilo que le quedaba en el carretel- y campañas de Eliminatorias Sudamericanas brillantemente ganadas, donde el equipo desfiló con autoridad por los estadios más difíciles del continente. Reducir la calificación de este ciclo por los ciento veinte minutos ante los ibéricos sería, desde mi óptica, imperdonable e injusto.
El proceso exitoso bajo Lionel Scaloni

Incluso el camino previo en este torneo fue una muestra gratis de la épica y el corazón que caracterizan a este plantel. A la distancia se valora más cómo la selección construyó su acceso al partido decisivo a través de victorias emotivas que mantuvieron en vilo al país, superando escollos sumamente complejos como Cabo Verde y Egipto, templando el carácter en la batalla europea frente a Suiza. Pero la realidad es que la verdadera final de este proceso se jugó unos días antes de la cita máxima, en la batalla épica e inolvidable contra Inglaterra. Visto hoy en perspectiva, ese partido funcionó como un auténtico agujero negro que absorbió hasta la última gota de energía, tanto física como mental, del plantel argentino. Ese 15 de julio en Atlanta, Argentina jugó la verdadera final. Fue el partido que vació al equipo, el que los jugadores no se hubiesen permitido, jamás, una derrota. Y en esa cancha y en esos noventa minutos, quedó todo. Dejaron todo. Cuerpo y alma.

La verdadera final contra Inglaterra
Al duelo decisivo contra España, los futbolistas llegaron vacíos; una vacuidad que no fue de carácter ni de compromiso, sino puramente biológica y emocional. El propio Lionel Messi lo dejó en claro en la desgarradora carta que le dedicó a su padre fallecido, donde confesó con una crudeza que todavía estremece que su físico lo abandonó por completo en la final. Pero el capitán no fue el único que sintió el impacto de los kilómetros acumulados; el desgaste extremo de sostenerse en la cumbre del mundo durante tantos años le cobró un peaje colectivo al grupo en el peor momento posible, dejando a un equipo habitualmente voraz y presionante, siempre un paso más lento que su rival.

El impacto físico en la final
A ese vacío físico inocultable se le sumó, lógicamente, una lectura equivocada por parte del entrenador. Scaloni, habitualmente quirúrgico y flexible para leer los contextos de los partidos, quien falló en el plan de juego estratégico al regalar en demasía el terreno y la pelota, permitiendo que España ejerciera desde el pitazo inicial un sometimiento asfixiante. El rival no fue ninguna sorpresa: se trata de un gran equipo que se dedicó todo el torneo a someter a sus adversarios, tal como ya lo había padecido la poderosa selección francesa en las instancias previas. Alguna vez, Scaloni podía equivocarse.
Con el diario del lunes —un diario que ya tiene un mes de vigencia—, es evidente que se podría haber intentado otra cosa y no replegarse tanto ni obsequiar la iniciativa. Scaloni apeló a variantes tácticas en la pizarra que no dieron ningún tipo de resultado en el césped. La inclusión de Nicolás González como volante-extremo para tapar la constante subida del lateral Pedro Porro terminó retrasando en exceso al bloque y desgastando al propio jugador en facetas defensivas. Por otro lado, la exclusión de Leandro Paredes de la alineación titular nos privó del único futbolista (acaso con Ezequiel Palacios) con el perfil idóneo para discutirle la posesión, bajar los ritmos y neutralizar los tiempos de la pelota que manejaba a su antojo el mediocampista Rodri.La dupla de volantes centrales (Enzo Fernández y Alexis MacAllister) jugaron demasiado pegados a la línea de cuatro, ya desacostumbrados de esa función que no desarrollan en sus clubes. Conclusión: Rodri tenía 10 o 20 metros para hacer lo que quisiera con la pelota. Y como si esto fuera poco, la no inclusión de Lautaro Martínez en algún momento del partido, quien venía con el envión anímico ideal tras haberle convertido a Inglaterra en la primera pelota que tocó en el partido anterior.
Hoy, a cuatro semanas y algo más del desenlace, es imperioso bajar la persiana de manera definitiva a las miserias habituales que florecen con la derrota en nuestro país. Estoy en total desacuerdo con las teorías conspirativas malintencionadas que indicaron que Argentina "no dio todo" en la final o que faltó actitud. Hablar de falta de entrega en este grupo de jugadores es una falta de respeto flagrante a la inteligencia del espectador y a la historia viva de este plantel que representó con una fidelidad absoluta al fútbol argentino. La selección no perdió por falta de ganas; perdió porque el cuerpo dijo basta, la estrategia táctica falló ante un oponente de altísima jerarquía y el rival, simplemente, fue superior en la ejecución. Rendirse ante la evidencia futbolística es el primer paso obligatorio para volver a construir el futuro. El ciclo más hermoso de nuestras vidas deportivas merecía un cierre de pie, y así fue, porque los campeones eternos también caen.










