Federico Romagnoli
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La Unión Santafesina de Rugby está próxima a cumplir sesenta años. En esas seis décadas fueron muy pocos los jugadores nacidos acá que han logrado el sueño de ser Pumas. De esos pocos, sólo uno llegó a actuar contra equipos de primer nivel mundial. El nombre de ese rugbier es Maximiliano Bustos, pilar derecho de linaje cuervo.
Hace un año se encontraba en el mejor momento de su carrera. Consolidado en el Montpellier del Top 14 francés, le había llegado su oportunidad de aprovechar la ausencia de Juan Figallo para ser titular en el seleccionado argentino.
Sin embargo, una lesión cervical frustró sus planes y aún lo mantiene alejado de las canchas. Desde que recibió el diagnóstico médico definitivo optó por no brindar declaraciones. Tres semanas después de regresar a nuestra ciudad, recibió a El Litoral en la cancha principal de Universitario, donde por primera vez en meses habló de su presente.
—¿Vas a seguir jugando al rugby?
—Es algo complicado, una sensación muy rara. Volví a Santa Fe pensando en no volver a jugar, pero hoy por hoy creo que el club me necesita. La idea es comenzar a hacer una preparación con el kinesiólogo Hugo Peralta para fortalecer la parte cervical, luego iré probando y golpeándome de a poco. Todavía no sé si jugaré o no. Tengo que arrancar a entrenarme. Recién ahora me agarraron ganas de volver a las canchas, pero todo depende del cuello.
—¿Qué es lo que te impide jugar?
—Tengo tres hernias que trabajan sobre la médula espinal. No son hernias laterales, sino que están sobre la médula. Tengo el canal estrecho, lo que influye mucho. Si tendría el canal normal pasaría como una hernia más.
—¿En tu vida en qué influye?
—Ya pasó un año desde mi último partido. Allá era diferente, porque lo tomaba como un trabajo, tenía en claro que no iba a jugar. Pero cuando volví acá y vi a todos mis amigos jugando, eso me generó dudas.
—¿Quién te dijo que no podías jugar más al rugby?
—El médico que me diagnóstico. Las hernias dependen de cada uno. Puede ser que duren tres meses o que no se vayan nunca. El doctor me fue trabajando de a poco. Cuando fui a controlarme en junio me dijo que no podía jugar más.
—¿Cuál fue el momento más duro de este año?
—No fue tan duro. Tuve que adaptarme. Mi vida era entrenar y jugar. De eso pasé a estar al costado de la cancha. Todos piensan a qué edad se quieren retirar, pero la realidad es que nunca querés dejar. El día que el rugby no está te faltan un montón de cosas. Lo suplanto entrenando las infantiles y dando una mano en la primera de Uni. Me ayuda, pero no es lo mismo. Este deporte es una droga. Mientras lo consumís querés más, porque te sentís bien. Yo no tuve ningún síntoma ni ningún momento en que pensara “me golpeé feo y no voy a poder jugar más”. Eso hace que inconscientemente piense que tengo otra posibilidad.
—¿Cómo fue ese año en Montpellier?
—Todavía tenía contrato y mis hijos iban a la escuela allá. Probé quedarme en Francia para ver cómo evolucionaba. El club se portó muy bien conmigo. Iba a entrenar igual, me ayudaba a despejarme. Tomé la decisión de no colgar del todo los botines. Quería probar y tomarme un tiempo para ir viendo cómo se daban las cosas, cómo era mi vida sin rugby. Sabía que la posibilidad de volver a jugar era mínima. De a poco fui distanciándome de mi trabajo. Dejé de ir a entrenar y de estar toda la mañana con mis compañeros. Lo fui soltando de a poquito. Antes de Navidad corté el cordón. No fui más al club ni a los partidos.




