La pobreza es, desde los últimos 50 años, uno de los problemas más serios que tiene un país que siempre se pensó integrado y de clase media, donde la escalera del ascenso social funcionaba y el hijo de una familia de trabajadores podía progresar y convertirse en un profesional exitoso, un empresario próspero o en un científico brillante —como hay muchos ejemplos—, porque el país generaba las condiciones económicas y sociales para que ello ocurriera.
Andrés Schipani: “El deterioro del empleo formal y de la educación perpetúan la transmisión de la pobreza”
Durante buena parte del siglo XX los argentinos nos pensamos como una sociedad de clase media, apuntala por una organización del trabajo en derredor de una sociedad salarias y una educación a la altura de los mejores del mundo. Eso empezó a cambiar hace 50 años hasta convertirnos en una donde la pobreza creció más que en el resto de los países latinoamericanos. ¿Qué nos pasó? ¿Cuáles fueron las causas de la caída? ¿Estamos a tiempo de revertirlo?

Motivo de disputa política entre adversarios y enemigos, un punto de suba o de baja de la medición de pobreza desata reacciones desmesuradas en cada uno de los lados del campo de batalla donde se expresa la grieta política. Esta situación, que no hace otra cosa que profundizar los problemas estructurales, ha puesto hoy al país al borde de un quiebre social, como bien relatan en el libro "Pobreza. La grieta que importa", que editó Andrés Schipani y del que participó una decena de cientistas sociales que vienen trabajando hace años en el tema.

Pero, pese a todo, aún tenemos una oportunidad de dar vuelta esta situación, dicen los autores de los distintos textos que componen el libro, para lo cual proponen cinco políticas para cambiar la dirección del rumbo: estabilidad macro y una moneda estable, porque los grandes picos de pobreza se dan cuando ellas no existen; un plan para los jóvenes que hoy no están contemplados en las políticas sociales; un plan para formalizar a los 8 millones de trabajadores informales que tenemos; pensar diseños educativos específicos para los habitantes de los barrios populares, porque ahí el problema es retener o traer de vuelta a los chicos a la escuela; y un programa para la primera infancia que complemente la AUH y el programa Alimentar, porque hay cosas que no se solucionan con plata.»
"Esto requiere mucha cooperación entre el Estado Nacional y los municipios, de las capacidades estatales. Y eso no está sobrando porque ponen adelante la pelea política, pero no se dan cuenta que un día, cuando ese problema estalle, no hay vuelta atrás" dice Andrés Schipani, al tiempo que admite la urgencia de alcanzar un gran acuerdo político que evite ir de un lado para el otro del péndulo cada dos o tres años.

-El libro aborda la pobreza desde dos lugares. Uno más inmediato vinculado a los ingresos y otra más estructural que tiene que ver con las condiciones de vida. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué es tan importante tener presente ambos?
-La pobreza por ingresos mide si los ingresos de una familia les permiten acceder a los componentes de la Canasta Básica que mide el INDEC, moviéndose según si superan o no ese umbral.
Ahora bien, en el libro pongo el ejemplo de Martín, quien vive en Villa Itatí junto a su familia de cuatro personas. Martín pasa de un empleo municipal a uno en el sector comercial donde gana un 10 % más, lo que le permite salir formalmente de la pobreza.
Sin embargo, ¿qué pasa con las otras dimensiones de su vida? Sigue viviendo en la misma casa con techo de chapa que se inunda cada vez que llueve; la calle de tierra se transforma en barro, los niños van embarrados a una escuela que se cae a pedazos, la salita de salud del barrio no alcanza para atender problemas médicos complejos y es muy difícil que llegue una ambulancia.
La vida cotidiana de Martín y las verdaderas palancas que podrían llevar a sus hijos fuera de esa realidad —la escuela, el mercado de trabajo— siguen igual. Es decir, la pobreza estructural no cambió. Esa diferencia me parece fundamental.»
-Existen dos aspectos que están presentes en casi todo el libro y son cruciales para la vida de las personas, especialmente en lo que respecta a la pobreza estructural que son el deterioro de la educación y el empleo. ¿Como y cuánto influyen?
-Comenzamos con el mercado laboral. La integración de los sectores más vulnerables de la sociedad debe darse inevitablemente a través de su inclusión en un mercado de trabajo formal. Históricamente, Argentina, a diferencia de otros países de América Latina, ha sido lo que se denomina una sociedad salarial en la que las capas populares estaban bien integradas, con acceso a buenos ingresos y servicios gracias a empleos formales. Sin embargo, desde los años 80, el mercado laboral argentino ha sufrido una creciente precarización y un aumento de la informalidad. Recientemente, lo que más ha crecido es el trabajo independiente informal, lo que llamamos cuentapropismo.
Estos trabajos presentan varios problemas. Primero, si tenés un empleo de salario informal, tenés más del doble de probabilidades de ser pobre en comparación con quienes trabajan formalmente; esto implica menores salarios. Además, carece de las protecciones del empleo formal, como indemnización, seguro laboral o acceso a una obra social, que ofrece mejor cobertura que un hospital público. Este tipo de mercado laboral no brinda a los jóvenes la oportunidad de integrarse plenamente en la sociedad y está en una situación precaria. En los últimos dos años, se han perdido alrededor de 230.000 empleos registrados, siendo reemplazados por trabajos informales y empleo por cuenta propia, con este último creciendo en 350.000 en el mismo período. Ejemplos de estas ocupaciones incluyen trabajos en plataformas como Uber o Rappi.
Otro aspecto crucial es la educación. Actualmente, la escuela pública presenta dificultades generales, lo cual se refleja en resultados como los obtenidos en las pruebas PISA y Aprender. En las pruebas PISA, Argentina ocupó el puesto 72 entre 90 países. Pero la situación es aún peor en las escuelas públicas de los sectores más desfavorecidos. Hay problemas de alto ausentismo tanto docente como estudiantil. La relación de los jóvenes con la escuela es irregular. En encuestas realizadas por el Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) le preguntan a los jóvenes ¿Vas a la escuela? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste? Las respuestas son hace un mes o dos meses. En las estadísticas figura que está inscrito, pero esa relación está muy dañada. Y además la escuela en esos barrios está desbordada porque los chicos ya llegan con muchos problemas familiares, a veces de consumos, a veces de salud mental, que la escuela no está preparada tampoco para afrontarlo.

- ¿Argentina dejó de ser una sociedad integrada? ¿Dejamos de ser un país rico y ahora somos un país pobre?
-Sí, somos un país pobre. Argentina era la excepción de América Latina en tener un mercado de trabajo integrado mientras el resto tenía y tiene lo que se llama un mercado de trabajo dual, una parte formal y otra informal. Argentina en ese sentido definitivamente está segmentada. Esto es un proceso que viene de los ochenta, noventa. Fíjate que ya en los noventa empezó un fenómeno muy estudiado por ejemplo por Maristella Svampa que es el de la segregación residencial, esto es, los ricos y las clases medias empiezan a irse a vivir afuera de la ciudad. Después está el fenómeno también de los 90 de salida de las clases medias de la escuela pública. En las ciudades todos iban a la escuela pública, el hijo del portero y el del médico. Esa segmentación sobre la que vos me preguntás la vemos en los ingresos, pero también se ve en el sistema educativo y donde vive la gente. Definitivamente nos parecemos mucho más a Brasil ahora.
-En 1996 se implementa el Plan Trabajar, el primer programa destinado a subsidiar a los desocupados. También en 1996 se producen los primeros piquetes en las ciudades de Cutral Co y Plaza Huincul. ¿Cumplimos 30 años del quiebre de la sociedad argentina?
--Menem, como muchos presidentes de la región, emprende en los 90 un giro hacia la economía de mercado. Pero la experiencia de Menem tiene una particularidad, que es que dentro de las experiencias democráticas es la más radical, sin mucha compensación a los trabajadores que quedaron afuera. Las hubo para los sindicatos, pero no para el trabajador que quedó desempleado. Cobraba una indemnización y se compraba un remis, ponía un parripollo o una cancha de padel, en una economía que no estaba generando tanto trabajo en un contexto de alta desocupación. No es casual que los dos fenómenos pasen el mismo año. En realidad, uno es consecuencia del otro. En ese momento aparece toda una generación de políticas sociales que siguen hasta el presente, que son de contención, para apagar el incendio.

-Ustedes escriben que la política social argentina se volvió más inclusiva y de menor calidad ¿Por qué razón?
- Regularmente publicamos el Mapa de las Políticas Sociales en la Argentina, que es un documento de CIAS y Fundar, donde revisamos toda la política social desde el 2002 en adelante. En 2002 había 3,5 millones de beneficiarios de algún plan social y hoy son 15 millones, es decir que se multiplicó por cinco. En Argentina a casi todo el mundo le llega algún programa social, sea jubilación, AUH. Ahora, lo que te da esa prestación es cada vez menos. Por ejemplo, jubilaciones. Tenemos uno de los índices de cobertura más altos de América Latina, pero entre 2005 y 2024 el poder adquisitivo de una jubilación mínima, con bono incluido, bajó un tercio. Es decir que, si un jubilado podía comprar tres changuitos en el mercado por mes, ahora compra dos. Y lo mismo pasa en casi todas las políticas sociales, sacando la AUH.
-Uno de los capítulos del libro se llama "La transmisión intergeneracional de la pobreza". ¿Las políticas sociales de las que hablamos no ayudan a eso, a congelar la situación? También las laborales, educativas, etc.
-Toda la política social que estamos describiendo, diseñada para la emergencia, fue buena en su momento para contener. Por ejemplo, en la crisis del 2002 el Plan Jefes y Jefas de Hogar con Duhalde fue muy relevante. Pero esa política te contiene en el lugar, hace que no te caigas, pero no que subas. En general, lo qué ha pasado es que esas políticas son las que se expanden en la crisis y las que se recortan son las que interrumpen la transmisión intergeneracional de la pobreza, como las inversiones en salud y educación, que son las que primero se cortan cuando se aplica un ajuste. En los últimos años, la reducción de la inversión del Estado Nacional en la educación ha sido muy importante. Entonces, ante cada crisis, no solo no invertimos en políticas que corten la transmisión intergeneracional de la pobreza, sino que se recortan las políticas que ayudarían a interrumpir esas trayectorias.
-Escriben que la educación y el trabajo formal son las principales causas del deterioro del país. Pero también dicen que el primer espacio de política social debe ser la familia. ¿Cómo organizamos todo esto?
-Hay un consenso entre la gente que estudia la política social de que el peso mejor invertido es el que va a la primera infancia porque es donde se reciben los estímulos que después te van a ayudar a que te vaya bien en la escuela y eventualmente consigas un buen trabajo. Ahora, ¿qué pasa en los barrios populares? Las familias están desbordadas. Según una encuesta que se hizo en el CIAS, más de la mitad de los hogares pobres son monoparentales, a cargo de una mujer que tiene que salir a trabajar y cuidar a los niños. Esa persona no puede hacer todo eso bien, porque regresa a la casa con mucho estrés, con poca paciencia y con mucho desgaste. Ese niño no recibe la atención necesaria o esa madre que se puede sentar una hora a ayudarlo con la tarea, muchas veces no se alimenta bien y todo eso repercute negativamente en las capacidades de aprendizaje, condición que se empieza a arrastrar a lo largo de su trayectoria educativa.
- ¿Se puede corregir la pobreza sin corregir la desigualdad?
-Hay países que lo han hecho. Chile es un ejemplo claro de baja muy fuerte de la pobreza, sin mucha reducción de la desigualdad de los 90 para acá. Pero obviamente las políticas redistributivas ayudan. Si me preguntás cuáles son las principales variables que afectan la pobreza, te diría en primer término crecimiento económico y estabilidad macro, pero las políticas sociales que redistribuyen también ayudan. Sin crecer es muy difícil bajar la pobreza, aunque redistribuya, pero cuando creces, si redistribuís la bajás más rápido.
-Te lo pregunto porque bajar la inflación con un plan razonable de estabilización se puede bajar en el mediano plazo, pero formalizar a un trabajador informal es mucho más difícil, depende de las leyes, el comportamiento de la economía, el aumento de la rentabilidad, la capacidad del Estado de aplicar sanciones, etc. Es como que se agrega un nivel de dificultad más a la resolución del problema.
-Crecer y bajar la inflación te ayuda hasta cierto punto, sobre todo cuando venís de períodos de alta inflación, pero no te lleva al final. En los 90 Menem estabiliza después de la hiperinflación, la economía crece y la pobreza baja mucho a principios de los 90, pero hacia el final empieza a subir por el aumento del desempleo. El tema del empleo es central para terminar de cerrar la lucha contra la pobreza y eso es lo que me parece que nos está faltando.
-El gobierno se jacta de haber terminado con la intermediación en los planes sociales. ¿Cuánto de mito hay en esto de la intermediación? ¿Afecta tanto a la situación estructural de pobreza que vive el país? ¿El intermediario lo que busca es reproducir esta situación porque mantiene la "clientela"?
-Zarazaga escribe en el libro un capítulo sobre los punteros sonde el argumento, que comparto, es que el puntero es un síntoma del problema, no la causa. ¿Qué hace el puntero en el fondo? ¿Cuál es su función? Esto viene desde los años 80 y su función es conectar a un barrio, donde el Estado se retiró, con los funcionarios. El puntero no viene a suplantar a una agencia pública, sino que aparece, con sus virtudes y defectos, donde no hay nada. Como lo define Zarazaga, ni ángel ni demonio. La solución es que el Estado llegue.
-Otro mito es que la gente vive de los planes ¿Es así?
-En el CIAS se hizo una encuesta a familias barrios populares para ver de qué vivía la gente y 8 de cada 10 respondieron que su principal ingreso es laboral, no se vive de los planes. Es un dato bastante contundente. Y después la gente cuando va a votar, vota lo que quiere, sino no se explicaría el fenómeno Milei, si la capacidad de los punteros para perpetuar el orden político fuese tan fuerte ¿Cómo me explicás la victoria de Milei en lugares tradicionalmente previstas de conurbano?
-Respecto de las consecuencias de toda esta situación, hay una que me llamó la atención en particular porque es de las más graves y es que al menos un tercio de los jóvenes de barrios populares está dejando de creer que estudiar y trabajar les permite hacerse de un futuro.
-Vuelvo a las encuestas del CIAS que hicieron entre los jóvenes de los barrios populares porque me parecen muy valiosas. Hay como tres grupos. Uno que todavía quiere ir a la universidad, los del medio que su sueño es un trabajo formal, ser una cajera en un supermercado, por ejemplo, y un tercio que no creen en el trabajo ni en el estudio, que no creen que eso sean los motores que le pueden mejorar su vida. Para esos chicos no hay futuro. Me acuerdo de un chico, Matías, que decía yo ya fui, yo ya no tengo futuro. Un chico de 19 años. Pensate vos sin futuro, sin imaginar que hay algo bueno adelante. Es muy fácil caer en todo tipo de problemas de salud mental.En esos chicos hay muchos problemas de depresión, ansiedad, pensamientos intrusivos, ideas suicidas y sobre todo consumos problemáticos. Son chicos caen fácilmente presos de la droga, primero, y de la delincuencia que viene asociada a ese mundo.
-Que además en los barrios populares está encarnado en el narco.
-El narco está en todos lados. Pregúntale a cualquier intendente si en su municipio hay algún comedor financiado por los narcos y te va a decir que sí. Es seguro que no hay uno que diga que no.








