El contexto internacional ha dejado de ser predecible, dando paso a un planeta fragmentado y atravesado por profundas tensiones. Marcelo Torres advirtió que las reglas de juego impuestas históricamente por Occidente hoy están en crisis, en un mundo de 8.000 millones de habitantes donde sólo una minoría es occidental y menos del 40% vive bajo regímenes democráticos.
La geopolítica redefine el mapa de la agricultura desde la Argentina
En la apertura del 34° congreso de Aapresid, Marcelo Torres explicó los desafíos de la producción en un mundo fragmentado. Tecnología, comparación con Brasil y la necesidad de sumar valor a la producción, en el análisis del presidente de la entidad.

Sin embargo, esta reconfiguración abre, a criterio del presidente de la Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa, una ventana de oportunidad para países proveedores de recursos críticos.
"En este nuevo contexto tiene más peso la seguridad alimentaria y energética que el precio", explicó. Este cambio de paradigma otorga al Cono Sur y a regiones como el Mar Negro un peso inédito en las negociaciones internacionales.

Factores como las exigencias ambientales unilaterales -por ejemplo, el Reglamento de Deforestación de Bruselas- ahora pueden discutirse bajo criterios más racionales y científicos, dado que la prioridad de los bloques compradores (en este caso Europa) ya no es abaratar costos, sino asegurar el abastecimiento.

En este escenario de "guerra de aranceles", China avanza con fuerza en Sudamérica, mientras el orden internacional asiste a la "trampa de Tucídides" -el choque latente entre liderazgos establecidos y emergentes- y a la pérdida de certezas que antes se daban por sentadas, como la libre navegación y el rol del dólar como moneda global
Así Lula como Bolsonaro
Estabilidad y un norte claro frente a la asfixia fiscal fueron aspectos que Torres destacó de la política productiva de Brasil. Uno de los núcleos más contundentes de la disertación fue la comparación de la trayectoria agroindustrial argentina con la del vecino país.
Destacó que el éxito del gigante sudamericano no es casualidad, sino el resultado de haber alcanzado consensos políticos básicos que trascendieron las banderas partidarias.

"Lula y Bolsonaro, totalmente opuestos, pero en políticas de agro han tenido un norte". Recordó que a diferencia de Argentina, Brasil no aplicó derechos de exportación, no cerró sus exportaciones y evitó los cepos cambiarios desde el año 2000.
Como resultado de esta estabilidad, Brasil multiplicó por cinco su producción de granos en el mismo período, mientras que Argentina apenas la duplicó. Recordó que desde la década de 1980, la producción de soja brasileña se multiplicó por 11 y la de maíz por 7.

Este crecimiento no solo generó divisas, sino que "rompió el paradigma de que producir más encarece la mesa de los ciudadanos", logrando que en Brasil comer carne sea hoy más barato debido a una explosión en la producción de proteína animal (la producción aviar se multiplicó por 8, la de cerdo por 4 y la bovina por 3).
En contraste, el productor argentino ha tenido que desarrollarse bajo un constante cambio de reglas y una presión fiscal extrema. Torres se basó en los datos de FADA para reseñar que el 62% de la renta agrícola termina en impuestos nacionales, provinciales y municipales.
El imperativo de la bioeconomía
El titular de Aapresid dijo que hay que pasar de exportar 60% en granos a generar proteínas y biocombustibles. El “imperativo de la bioeconomía” es, para el ingeniero agrónomo, la solución argentina que “no pasa” por seguir discutiendo los mismos esquemas de los últimos 50 años.
Habló de consolidar la bioeconomía mediante el agregado de valor en origen. El diagnóstico actual es crítico: mientras Argentina todavía exporta el 60% de su maíz como grano plano, Brasil solo exporta el 30%, transformando el resto a nivel local.
Los números mandan
"La bioeconomía es transformar los granos en carne de vaca, cerdo y pollo", ratificó. El presidente de Aapresid ilustró el impacto económico de esta transformación con una relación matemática simple: se necesitan unos 7 kilos de maíz para producir 1 kilo de carne.
Detalló que “mientras que 7 toneladas de maíz equivalen a un valor de exportación de entre US$ 1.400 y US$ 1.500, una tonelada de carne —incluso ajustada por rendimiento de carcasa— se valoriza en unos US$ 4.000, lo que representa más del doble del valor generado para el país en empleo, inversión e impuestos”

Asimismo, instó a potenciar los biocombustibles, señalando que la "vaca viva y la vaca muerta van a coexistir mucho tiempo", y que incrementar el corte interno de biodiésel y etanol —donde Brasil duplica y triplica respectivamente las tasas de Argentina— permitiría liberar saldos de combustibles fósiles para la exportación.
Los desafíos
Para Torres, más allá de la macroeconomía, el ecosistema productivo enfrenta desafíos operativos y ambientales que interpelan directamente los modelos actuales. Apuntó al cambio climático, “manifestado en olas de calor y sequías extremas”, que obliga a rediseñar las estrategias.
"El clima con eventos cada vez más extremos... nos interpela mucho de cómo, además de poder mitigar el cambio climático, tenemos que adaptar nuestros modelos productivos a este escenario".

A esto sumó en su análisis las crecientes exigencias de los consumidores globales, enfocados en la medición de huellas hídricas, de carbono y el cuidado de la biodiversidad.
En el plano tecnológico, detalló que el agro asiste a la convergencia de la inteligencia artificial, la robótica y los sensores en la toma de decisiones, al tiempo que debe resolver tensiones territoriales periurbanas y asegurar el recambio generacional, manteniendo el interés de los jóvenes en la actividad.
El "potrero" productivo
A pesar de las adversidades, Torres resaltó el carácter único y resiliente del productor argentino, a quien comparó con una de las mayores pasiones nacionales.
"Este ambiente forjó a este productor argentino único, es como el potrero de fútbol. Después, si ponemos una cancha buena, buena nutrición, lo entrenamos, pasa lo que pasa con la selección".
En su criterio, esa resiliencia obligó al productor a innovar ante la falta de infraestructura: diseñó el silo bolsa para sortear la falta de caminos transitables, y se volvió experto en finanzas, economía y recursos humanos.
Esta capacidad de adaptación explica por qué Argentina tiene un 80% de adopción de siembra directa, frente a un magro 10% a nivel global, un logro alcanzado gracias a un ecosistema colaborativo que unió a Aapresid con la ciencia del INTA y los fabricantes de maquinaria.
La exposición de Torres concluyó con un llamado urgente a la acción: Argentina se encuentra en un período de construcción de "cimientos" económicos.
No obstante -dijo- para que la estructura funcione y pueda insertarse exitosamente en el fragmentado tablero internacional, es indispensable acompañar el esfuerzo de los productores con reglas claras, inversión en infraestructura ferroviaria y una articulación público-privada inteligente que deje de ver al agro como una fuente de extracción fiscal y lo asuma como el verdadero motor del desarrollo nacional.








