¿Alguna vez sentiste que la vida de los demás parece más exitosa, más feliz o perfecta que la tuya? En tiempos de redes sociales, esa sensación es cada vez más frecuente. Gianna Gatti Gambino, licenciada en Psicología de la Universidad Católica de Santa Fe (UCSF), explica por qué la comparación constante puede convertirse en una fuente de ansiedad.
Era digital: cuando la comparación genera ansiedad
Cómo la exposición permanente a versiones idealizadas de la vida de los demás deriva en insatisfacción, ansiedad y angustia.

Aunque la tendencia a compararnos con otras personas no es nueva -ya fue estudiada por el psicólogo social León Festinger en la década de 1950-, hoy las plataformas digitales intensifican este fenómeno al exponernos de manera permanente a versiones idealizadas de la vida de los demás.

El problema aparece cuando esa comparación se vuelve injusta: enfrentamos nuestra realidad cotidiana con imágenes cuidadosamente seleccionadas que muestran solo los momentos más exitosos o felices.
"Hoy vemos millones de personas de las que no conocemos realmente sus vidas. No vemos cuando están tristes o angustiadas; vemos sus viajes, su cuerpo y las vidas equilibradas que parecen tener. El cerebro procesa primero la vida del otro como si fuera la realidad y, en contraste, percibe en uno mismo todo lo que cuesta: estudiar, trabajar o sostener una rutina. Esto genera una insatisfacción constante y la sensación de estar siempre en deuda con una vida ideal que, en realidad, no existe", analiza Gatti Gambino, egresada de la Facultad de Psicología de la UCSF.
Autoconcepto y autoestima algorítmica
La comparación no siempre es negativa: puede inspirarnos a incorporar hábitos o perseguir metas. Sin embargo, el desafío es dejar de mirar permanentemente "la vida del vecino" para empezar a cuidar la propia. "Siempre que miramos la parcela del otro, desde lejos, se ve más prolija y perfecta de lo que realmente es. No vemos el esfuerzo, las dificultades ni todo el proceso. La nuestra también tiene ese recorrido y vale la pena reconocerlo", ejemplifica.

La comparación constante también influye en la imagen que construimos de nosotros mismos. Gatti Gambino distingue el autoconcepto -las creencias que una persona tiene sobre sí misma- de la autoestima, que es la valoración que hace de esas características.
En las redes sociales, esa percepción suele verse atravesada por los "me gusta", comentarios y visualizaciones, que funcionan como un termómetro del valor personal.
La autenticidad y la libertad quedan condicionadas señala Gatti: "Dejo de ser yo quien usa la red social y pasa a ser la red social la que me usa a mí. Ya no comparto algo porque me representa, sino pensando en cómo será recibido. Sin darme cuenta, entrego el timón de mis decisiones a una lógica externa. Ya no actúo desde mi propio criterio, sino en función de una aprobación".
Señales y herramientas
Tanto los adolescentes -que otorgan un gran valor a la opinión de sus pares en la construcción de su identidad- como los jóvenes adultos -que atraviesan una etapa de incertidumbre y definición de su proyecto de vida- pueden verse especialmente afectados por estas comparaciones.
Entre las señales más frecuentes aparecen el chequeo compulsivo del teléfono tras publicar contenido, la dificultad para desconectarse, la necesidad de pedir aprobación antes de subir una foto o la comparación permanente de "me gusta" y visualizaciones.
"A nivel cognitivo aparecen pensamientos autocríticos y rumiación sobre las propias publicaciones. Esto suele derivar en ansiedad, angustia e irritabilidad. Cuando sucede, es momento de empezar a trabajarlo", señala.

Como primer paso, la especialista recomienda trabajar en terapia aquellas creencias nucleares que sostienen la comparación constante, como los pensamientos de "no soy suficiente" o "valgo según lo que muestro".
"El valor de una persona no se mide: no hay un número que pueda capturar quién es, lo que luchó, superó o lo que tiene para dar. Esa parte de uno es la más real y, sin embargo, casi nunca aparece en las pantallas. Una autoestima sana nace de conocerse, aceptarse y tratarse con la misma compasión con la que trataríamos a alguien que queremos mucho".
Además, propone realizar una "limpieza digital: generar espacios sin pantallas, borrar Instagram durante los días hábiles o dejar de seguir aquellas cuentas que nos generan malestar. Lo principal es sostener vínculos cara a cara. Invertir tiempo en esos vínculos también es una forma de fortalecer la autoestima".
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