La seguidilla de amenazas de presuntos tiroteos en escuelas, que estarían vinculados a desafíos virales que circulan en redes sociales, disparó múltiples respuestas tanto en Santa Fe como en todo el país. Para el médico psiquiatra por la Universidad Nacional de Rosario (UNR), docente universitario y autor de libros, Lucas Raspall, el fenómeno es "muy grave" y expone una dificultad más profunda: la falta de articulación entre familias y escuelas para acompañar a chicos y adolescentes en un entorno digital que funciona las 24 horas.
Amenazas: "No alcanza con culpar a las redes, hace falta más vínculo entre familias y escuelas"
En medio de la preocupación por mensajes de tiroteos, el especialista llama a no simplificar el problema. "La respuesta es colectiva y se construye con más presencia adulta", indica el psiquiatra y docente.

En diálogo con El Litoral, plantea que no hay soluciones simples ni únicas, y que el eje debe correrse del control hacia la educación y el acompañamiento de los chicos y adolescentes en lo cotidiano.
-A partir de estos casos, ¿cómo leer este fenómeno de amenazas que parecen replicarse entre estudiantes como una suerte de imitación de los que sucedió en San Cristóbal? Porque para ser una broma, es grave.
-Es muy grave. Pero la primera reflexión que nos toca como madres, padres y educadores es no buscar una causa única. Tendemos a simplificar diciendo "el problema son las redes" o "son los desafíos virales", porque eso nos da una sensación de control. Y quizá el fondo de la cuestión y lo que más nos inquieta es justamente que no tenemos control sobre estas situaciones.
Esto incluye desafíos virales, redes sociales -las que conocemos y las que no- y también algo clave: muchas veces no sabemos qué está pasando porque no estamos acompañando. Nos quedamos en una pretensión de control, cuando en realidad la vía es el acompañamiento y la educación, sin que esto tampoco garantice nada. Es una realidad incómoda, pero es real.

-En las escuelas se están dando o están previstas charlas, incluso con abogados que explican consecuencias penales de estos hechos a los adolescentes. ¿Por dónde debería ir el abordaje?
-Que la escuela participe es fundamental, es necesario y está muy bien que lo haga. Pero a mí me inquieta más que las familias no lo estén tomando. Hay una especie de delegación: "esto le corresponde a la escuela". Y no es así. A mí eso me da la impresión de una imponencia velada. Si lo pudiéramos decir desde la humildad ("no sé cómo hacerlo"), habría una oportunidad de pensar juntos. Pero muchas veces aparece esta idea de que lo que pasó en una escuela es problema de esa escuela, por ejemplo, con el caso de San Cristóbal. Es un delirio pensarlo así.
-Porque además las redes funcionan 24/7, exceden el tiempo escolar.
-Las redes funcionan 24/7. El teléfono lo compra la familia, lo paga el padre, la madre. Entonces no podemos no estar. Yo no veo que exista esa unión entre las dos instituciones más relevantes, que son la escuela y la familia. Entonces, está muy bien que la escuela lo tome, que lleve abogados para mostrar las consecuencias de los actos, sobre todo a partir de que hoy también menores de dieciséis son punibles, o que lleve a personas que tengan alguna formación específica para hablar sobre el uso de redes sociales; está muy bien. Pero si en la escuela se habla del tema y después en casa no pasa nada, ese mensaje queda incompleto.

Educar "en comunidad"
-¿Qué rol deberían asumir concretamente madres y padres?
-Primero, estar. Parece obvio, pero no lo es. Y después, entender que no alcanza con lo individual. Podés poner controles parentales, prohibir cosas, pero si el dispositivo está muy restringido, el chico va a usar el de un amigo. Por eso hacen falta acuerdos comunitarios entre adultos. Si creemos que podemos cuidar a nuestro hijo de manera aislada, estamos equivocados. Si no hacemos nosotros acuerdos comunitarios entre las personas adultas que somos responsables de generar los ambientes en los que los chicos, las chicas se desarrollan, no estamos haciendo lo que tenemos que hacer.
Por eso apunto siempre a este paradigma de la complejidad, que busca resortes que tienen miles de variables. Y en esto de que probablemente no hay solución al tema, hay herramientas de intervención para disminuir las probabilidades de que ocurran eventos absolutamente negativos, tragedias como las que vivimos, y están en la educación.

-Algunas familias plantean medidas más extremas, como revisar mochilas. ¿Eso sirve?
-Claramente no se puede y no es la solución. Son respuestas desde la desesperación, comprensibles, pero no efectivas. No se trata de llenar las escuelas de mecanismos de control, como detector de metales, como si eso resolviera el problema de fondo. Esto pasa también en otros ámbitos, cuando los adolescentes salen un sábado a la noche, por ejemplo. La tentación es controlar todo, pero el eje debería ser otro.
"Estar cerca, involucrarse"
-En ese sentido, ¿la educación es la principal herramienta?
-Sin dudas, no hay una solución definitiva, hay herramientas para disminuir riesgos. Y la principal es la educación. Incluso quienes trabajamos en esto estamos aprendiendo todo el tiempo. Yo acabo de publicar un libro junto con Carlos Vigo, donde revisamos la evidencia de los últimos 10 años en el mundo sobre educación digital, el territorio de la escuela y las interferencias en el desarrollo. Y aun así es imposible actualizar porque esto cambia todo el tiempo; aparecen aplicaciones nuevas constantemente.
Hoy incluso los docentes están aprendiendo sobre esto, igual que las familias. No hay manuales cerrados. La respuesta no viene solo de la academia, viene de estar cerca, de lo cotidiano, de escuchar qué hacen o qué no hacen, de involucrarse.
-Usted insiste en la necesidad de un trabajo conjunto familia y escuela. ¿Esa es la clave?
-Hay una tensión más de parte de la familia hacia la escuela. La escuela no sabe ya cómo buscar en la familia un socio, cómo hacer para convocarla. Y la familia no sabe cómo hacerse cargo de algo que siente que no maneja. Pero ahí está la clave. Necesitamos corrernos del enfrentamiento y pasar a una lógica de cooperación porque los chicos crecen en un entramado.









