-Siempre leí y siempre sentí que tenía que poner mucho empeño para ser buena arquitecta y suelo decir que a la arquitecta la tuve que construir y a la escritora la dejé salir. Me gusta mucho ir a la obra y por eso estudiaba cuestiones que tienen que ver con física, química o procesos de una parte lógica de la construcción que a mí me gusta y disfruto, porque es el lugar en donde todo eso que vos pensaste y lo dibujaste, crece y se hace concreto. La paso bien con los albañiles, mejor que con los clientes. Creo que eso se lo debo a mi infancia en Casilda, de haber crecido en unas veredas muy democráticas donde yo era la hija del doctor, pero mi mejor amiga Adriana Gavito, era la hija del comisario y era mi hermana. Estaba entre gente que no tenía el mismo tipo de educación que la mía porque me mandaban a inglés, a danza, como una especie de otro nivel de vida y, sin embargo, en la vereda éramos todos iguales. Nosotras dos éramos las dos únicas mujeres y estábamos siempre con los varones, por eso sé jugar a las bolitas, escalar árboles, las figuritas. Y ahora de grande no sé bordar, ni coser, pero sé usar el taladro, la sierra caladora y la moladora. Recuerdo que el primer cuento que escribí fue la historia de Don Tomate Cardoso, redondo, rico y sabroso. La maestra había pedido escribir un cuentito para el Jardín de Infantes y casi sin darme cuenta había juntado muchas historias que no dejaron de salir más. Después de que me separé de Luis, mi compañero, tuve que sobrevivir de otra manera. Me levantaba a las 5 de la mañana, me iba a trabajar a Casilda. Tenía 18 obras a mi cargo, volvía a casa, me bañaba, perfumaba, me ponía los zapatos de taquito e iba al negocio de Florencia Balestra a vender libros de arte. Al establecerme en mi nueva vida de mujer separada tomé a la literatura de otra manera, porque ninguna separación es alegre y canalizaba escribiendo. De hecho, se me morían todos los personajes, no quedaba uno vivo, todo era triste. La primera publicación fue Batón y Poder, un folletín de barrio que sale de una conversación con el constructor de una de las obras. Me dijo: “hoy vengo de pelearme en otra obra que tengo. Me peleé con una mujer que es puro Batón y Poder”. Le pregunté qué significaba eso y contesta: “las minas esas de barrio, que, si se ponen el batón, les faltan las charreteras y te empiezan a encarar”. Y me quedó esa frase que termina siendo mi primera novela publicada; en la contratapa le agradezco a Oscar Palma, el constructor.