Continúa diciéndonos Bekes que “si hay algo que surge de la relectura de Horacio es que su ansiado y recomendado “justo medio” (aurea mediocritas) no es algo que se le dé espontánea y naturalmente, sino el fruto de una ardua labor sobre sí mismo: de un arte de vivir cuya herramienta no es otra que el verso, la escritura de poesía. Hay en Horacio una múltiple tensión, o mejor, una “armonía de tensiones opuestas, como la del arco y la lira”, para usar la frase famosa de Heráclito. No se privó él, desde luego, de crear para esto su propia fórmula: es la concordia discors, la “concordia discorde”. Es tensión entre ataraxia y angustia, entre firmeza y volubilidad, entre sensatez y desenfreno, entre fervor cívico y ansia de goces, entre libertad y acatamiento, entre emoción lírica y risotada satírica, entre el imperativo de un orden lúcido y la tendencia irreprimible a lo grotesco y aun a lo monstruoso. Tal entramado de tensiones es lo que sin duda da vida perdurable a su verso, tan vario en temas como en ritmos, tan terso siempre y tan memorable”.