Sin conocerla más que por escritos y retratos de ficción, esta reina detective se asemeja mucho a la auténtica en sus costumbres públicamente conocidas, pero también en sus comportamientos íntimos, reflejados por multitud de biógrafos y personas cercanas a ella, como su antigua niñera o su costurera, que han escrito libros sobre ella, así como por los detalles que sus íntimos han ido dejando escapar durante décadas. La autora ha hablado con fuentes cercanas, algunas citadas en los agradecimientos (las menos), otras (la mayoría) ocultas. En la charla, prefiere esconder su identidad con discreción. “Mucha gente es muy leal a la reina y me suplicaban que no pusiera sus nombres”, confiesa. La soberana de la ficción está harta de que le digan lo mayor que es y de que la traten entre algodones, y también se preocupa porque su generación está extinguiéndose; es pícara, tremendamente observadora, y, por supuesto, amante de los perros y de una oportuna copita de ginebra. También queda capturado el espíritu de su matrimonio, con un Felipe de Edimburgo que la chincha y no siempre está pendiente de ella, pero cuya presencia siempre sobrevuela sus necesidades y afectos. “Es muy peligroso rodearse de gente que siempre dice que sí, él le recuerda que se puede equivocar”, reflexiona la autora. Para ella, la reina es “listísima, sabe quién es todo el mundo”, algo que le desveló su padre cuando estuvo a su servicio y que ella ha comprobado con sus pesquisas.