El reciente vuelo de Artemis II reavivó el interés por la exploración espacial y volvió a colocar a la Luna en el centro de la escena científica.
Artemis II: desde el CODE explicaron el impacto de la misión lunar
La histórica misión de la NASA retoma los viajes tripulados hacia la Luna con tecnología renovada. El director del CODE, Jorge Coghlan, explicó los detalles del recorrido, los avances y lo que viene en la exploración lunar.

A diferencia de las misiones Apolo de hace más de medio siglo, este nuevo viaje no solo representa un hito tecnológico, sino también una etapa clave en el camino hacia el regreso humano a la superficie lunar.
Según explicó Jorge Coghlan, director del CODE, se trata de un “hecho épico” que combina innovación, experiencia acumulada y nuevos objetivos.

Un viaje distinto
Coghlan destacó que Artemis II marca una diferencia importante respecto de las históricas misiones Apolo. En aquel entonces, 27 astronautas —todos estadounidenses y de ascendencia europea— viajaron a la Luna, aunque solo 12 lograron caminar sobre su superficie. Aquellas misiones incluían distintos vuelos de prueba y etapas de preparación, además de los viajes destinados a la exploración directa.
Una de las principales diferencias radica en el modo de desplazamiento. En el programa Apolo, las naves utilizaban un motor que se encendía dos veces: primero para ingresar en órbita lunar y luego para salir de ella y regresar a la Tierra. En cambio, en Artemis II se emplea una dinámica distinta, aprovechando la gravedad lunar como parte central del recorrido.
Para abandonar la Tierra, la nave debe alcanzar una velocidad de 11,1 kilómetros por segundo, equivalente a unos 40.000 kilómetros por hora. Luego de una primera órbita terrestre, se realiza una maniobra de impulso que permite iniciar el trayecto hacia la Luna. Si no se alcanza esa velocidad mínima, la gravedad terrestre haría que la nave regrese.

A medida que se aproxima al satélite natural, la nave pierde velocidad. En este caso, los astronautas no ingresaron en órbita lunar mediante motores, sino que utilizaron la gravedad de la Luna para describir una trayectoria elíptica. Llegaron a ubicarse a unos 7.000 kilómetros de la superficie, desde donde la propia atracción lunar los impulsa de regreso hacia la Tierra.
Este tipo de maniobra también modificó la experiencia visual de los tripulantes. Mientras que en Apolo los astronautas viajaban de espaldas y veían la Luna recién al entrar en órbita, en Artemis II lo hicieron de frente, con una perspectiva completamente distinta del espacio.
Nuevos descubrimientos
Uno de los aspectos más destacados de la misión es el avance tecnológico. “Cambió muchísimo en medio siglo”, resumió Coghlan. Mientras que en las misiones Apolo los astronautas dependían de numerosos controles físicos, hoy predominan las pantallas digitales, lo que facilita la operación y mejora la interacción con los sistemas de la nave.

La experiencia en el espacio también ofrece una percepción única del entorno. Sin la presencia de atmósfera, los astronautas se encuentran en una especie de “burbuja” donde las estrellas se observan como puntos de luz fijos, sin titilar. Este fenómeno, imposible de percibir desde la Tierra, refuerza la sensación de inmensidad del universo.
Durante la misión, además, se registraron observaciones inesperadas. En la cara no iluminada de la Luna, los tripulantes pudieron presenciar hasta cuatro impactos de micrometeoritos. Estos objetos, que viajan a velocidades cercanas a los 130.000 kilómetros por hora, impactan directamente contra la superficie lunar debido a la ausencia de atmósfera que los frene.
En la Tierra, en cambio, este tipo de fragmentos suele desintegrarse antes de llegar al suelo. Por eso, lo observado en Artemis II representa una oportunidad única para estudiar fenómenos que generan nuevos cráteres y modifican la superficie lunar en tiempo real.

Otro punto relevante es la zona elegida para futuras misiones. A diferencia de Apolo, que se concentró en áreas ecuatoriales, el programa Artemis apunta a regiones polares. Allí no solo hay una mayor riqueza mineral, sino también presencia de agua congelada. Este recurso es clave, ya que el hidrógeno que contiene podría utilizarse para producir combustible.
Regreso a la superficie lunar
Más allá de su impacto inmediato, Artemis II cumple un rol fundamental como misión de prueba. El objetivo principal es validar el funcionamiento de los sistemas y preparar el terreno para futuras expediciones tripuladas.
Según explicó Coghlan, la próxima etapa incluirá nuevas pruebas del módulo lunar en órbita terrestre. Luego, hacia 2026, se avanzaría en misiones más complejas, con la meta de concretar descensos en la superficie lunar alrededor de 2028.
El regreso a la Tierra también implica desafíos técnicos significativos. La nave reingresa a la atmósfera a velocidades cercanas a los 40.000 kilómetros por hora, en un ángulo muy preciso y paralelo al suelo. Durante este proceso, el escudo térmico alcanza temperaturas de aproximadamente 2.500 grados, mientras la nave reduce progresivamente su velocidad.
Finalmente, el amerizaje se realiza en el océano Pacífico. A diferencia de las misiones Apolo, donde los astronautas eran rescatados uno por uno, en Artemis II se recupera la cápsula completa mediante un helicóptero, que luego la traslada a un portaaviones.














