España volvió a sacudir hace unas semanas la discusión sobre las regulaciones en redes sociales con el discurso de su presidente Pedro Sánchez en la Cumbre Mundial de Gobiernos en Dubai, Emiratos Árabes Unidos.

Australia ya lo aplica. España, Francia y Alemania se manifestaron a favor. La palabra de una psicopedagoga sobre lo positivo y negativo.

España volvió a sacudir hace unas semanas la discusión sobre las regulaciones en redes sociales con el discurso de su presidente Pedro Sánchez en la Cumbre Mundial de Gobiernos en Dubai, Emiratos Árabes Unidos.

El gobierno español presentó cinco grandes conceptos de intervención en entornos digitales con la prohibición para menores de 16 años a la cabeza. Esta medida es una réplica de la intención anunciada recientemente por Emmanuel Macron en Francia y la ya aplicada norma en Australia.
Dentro de las pretensiones de Sánchez, ya levemente diluidas por la Unión Europea (UE), se incluye una controversial responsabilidad penal para los directivos de las plataformas si no retiran contenidos de “odio o ilegales”. El punto provocó cuestionamientos opositores sobre cuáles son los límites subjetivos e hizo sonar las alarmas personales de los grandes magnates.
A su vez, se incluye un castigo legal para la manipulación de algoritmos y la amplificación deliberada de contenidos ilegales, la creación de un sistema de rastreo y la colaboración junto a Fiscalía para investigar y enjuiciar delitos cometidos por Grok en X, TikTok e Instagram.
La Comisión Europea ha iniciado una investigación formal sobre X por su IA Grok tras la incapacidad de la plataforma para impedir la creación de imágenes sexualmente explícitas de personas reales, incluidos niños.
Dentro de la nómina de países se encuentran Australia que ya aplicó restricciones y las manifestaciones oficiales del gobierno de Portugal y Friedrich Merz en Alemania.

El crecimiento de las manifestaciones restrictivas para internet abrió un debate que se opaca ante la imposición de los dramas comerciales, pero afecta de forma profunda y directa a un importante grupo de usuarios: ¿qué pasará con los niños y jóvenes que verán alterada su cotidianeidad?
“Las redes sociales hoy ocupan un lugar central en la construcción de la identidad adolescente”, resaltó en primera instancia la psicopedagoga Regina Sobrero en diálogo con El Litoral y agregó que no solo son herramientas de entretenimiento, “son espacios de pertenencia, validación, expresión y exposición”.

“La adolescencia es una etapa clave en la consolidación de la autoestima, la imagen corporal y el sentido de identidad. Las redes amplifican la mirada del otro y pueden convertirse en indicadores de valor personal”, comentó Sobrero y sumó: “Desde una mirada psicopedagógica, esto tiene un doble impacto. Por un lado, pueden favorecer la socialización, el acceso a la información y la expresión creativa. Pero por otro, pueden intensificar la comparación social, la presión por la imagen y la dependencia de la validación externa”.
La psicopedagoga afirmó que muchas plataformas “promueven la permanencia y la gratificación inmediata, lo cual impacta especialmente en cerebros que aún están en desarrollo en áreas como el control de impulsos y la regulación emocional. Ofrecen estímulos breves, cambiantes e inmediatos y su uso intensivo favorece una modalidad atencional fragmentada, con dificultad para sostener tareas prolongadas que requieren esfuerzo cognitivo, como la escucha atenta en clases, la lectura profunda o la resolución de problemas complejos”.
“Es decir, las redes no solo influyen en cómo los jóvenes se comunican, sino también en cómo piensan, sienten, esperan, atienden, se valoran y se perciben a sí mismos”.
Una de las principales salvedades establecidas por expertos y reclamos públicos de, por ejemplo, los propios jóvenes australianos, es la de una transición más controlada y menos solitaria. “La prohibición es una medida que busca protección, pero por sí sola no resuelve el problema de fondo”, expresó al respecto la licenciada en psicopedagogía a El Litoral.
“Si se prohíbe sin educar, el riesgo es que el acceso ocurra de manera clandestina, sin orientación ni herramientas para procesar lo que ven”, sumó sobre las evidentes herramientas existentes actualmente para saltearse las barreras digitales.

Sin embargo, no todo sería negativo desde la perspectiva profesional: “En el plano cognitivo, permitiría fortalecer habilidades clave como la atención sostenida, la capacidad de concentración en tareas complejas y la tolerancia a la frustración. Cuando el cerebro no está expuesto de manera constante a recompensas inmediatas, puede desarrollar mejor la espera, la planificación y el esfuerzo sostenido”.
“En el plano emocional e identitario, una menor exposición a la comparación social digital podría reducir la ansiedad asociada a la imagen corporal, la aceptación social y la necesidad de aprobación externa. Esto favorece una construcción identitaria más sólida y menos dependiente de la mirada virtual”, agregó Sobrero.
La profesional también resaltó que en los contextos escolares se ha observado que cuando se regula el uso del celular dentro de las instituciones, mejora la calidad de la atención en clase, el rendimiento académico y, especialmente, la capacidad vincular entre pares.
Sobre posibles enojos, Sobrero comentó que se pueden dar si se retira de manera abrupta y sin diálogo, dando lugar también a “aislamiento o sensación de exclusión social”, pero aclaró que si la decisión se toma “en un marco de diálogo, con límites claros y coherentes, comprensión sobre los riesgos de utilizar redes sociales a temprana edad, y acompañada por alternativas saludables, los efectos negativos pueden reducirse significativamente”.
“Lo importante no es solo retirar el dispositivo, sino trabajar previamente habilidades como la regulación emocional, el uso responsable y el pensamiento crítico. El problema no es el objeto en sí, sino el vínculo que se establece con él”, sumó la especialista.