Allá, donde el paisaje se recuesta sobre las barrancas y el silencio apenas es interrumpido por el murmullo del agua, vive don Manuel. Nacido y criado en La Paz, Entre Ríos, conoce cada recodo de la costa como la palma de su mano.

En La Paz, ciudad entrerriana abrazada por las barrancas del Río Paraná, don Manuel jura que una noche de viernes, bajo la luna llena, se topó con el mítico lobizón. Solo, con su perro Pulga como testigo y el rumor del agua de fondo, asegura que no fue un sueño: las huellas quedaron marcadas en la tierra húmeda.

Allá, donde el paisaje se recuesta sobre las barrancas y el silencio apenas es interrumpido por el murmullo del agua, vive don Manuel. Nacido y criado en La Paz, Entre Ríos, conoce cada recodo de la costa como la palma de su mano.
Su rancho, sencillo y firme, se levanta lejos del ruido del pequeño poblado, casi pegado al monte y al río, como si el destino lo hubiera empujado a convivir con la naturaleza en su estado más puro.
Trabajador incansable, de esos hombres que saben de todo un poco, se gana la vida haciendo mantenimiento en casas de familia. Pintura, albañilería, arreglos eléctricos, composturas varias: lo que haga falta.

“Mientras haya ganas, siempre hay algo para hacer”, suele repetir. De día anda de aquí para allá con su caja de herramientas; de noche regresa a su rancho, prende el farol a querosene y descansa con la tranquilidad que solo se consigue cuando el cuerpo termina rendido por el esfuerzo.
La pesca también forma parte de su rutina. En esa ciudad del noroeste entrerriano, asentada sobre la margen izquierda del Río Paraná y en la confluencia con el arroyo Cabayú Cuatiá, el río no es solo paisaje: es sustento, es identidad y es compañía.
Allí, entre árboles frondosos que parecen centenarios guardianes del tiempo, Manuel pasa largas horas con su línea al agua y el mate a un costado.
Aquella vez fue un viernes. Como tantos otros, podría decirse. Pero no era un viernes cualquiera: la luna llena se había adueñado del cielo y la claridad plateada se filtraba entre las ramas, dibujando sombras largas y caprichosas sobre la tierra.
Pasada la medianoche, cuando el silencio se vuelve más profundo y el monte parece contener la respiración, Manuel escuchó un ruido extraño.
No era el chapoteo habitual del río ni el crujir de alguna rama vencida por el viento. Era un sonido más áspero, un grito desgarrado que helaba la sangre.
Se incorporó despacio, apagó el farol y, calzándose las alpargatas, llamó a Pulga, su perro inseparable. El animal, mestizo y leal, movió la cola sin ladrar, como si entendiera que la situación requería cautela.
Con su bastón de madera —tallado por él mismo en tardes de invierno— y el perro a su lado, caminó hacia el galpón que da a la costa. La luna iluminaba el sendero con una claridad inquietante. El rumor del agua seguía su curso, indiferente, pero el grito volvió a escucharse, más cercano.
Manuel apretó el bastón con fuerza. No era hombre de asustarse fácil. Había pasado tormentas, crecientes y noches cerradas en el monte. Sin embargo, aquello tenía algo distinto. Pulga, lejos de mostrarse nervioso, avanzaba firme, olfateando el aire.
A pocos metros, recortado contra la claridad lunar, un animal de tamaño inusual los observaba. Su figura era extraña, mezcla de perro grande y algo más salvaje. El lomo erizado, la mirada fija, el cuerpo tenso. Manuel sintió un estremecimiento que no era exactamente miedo, sino incredulidad.
Recordó de golpe las historias de su niñez, contadas al calor del fogón: el séptimo hijo varón, las transformaciones bajo la luna llena, el aullido que anuncia desgracias. El lobizón. Ese personaje de la tradición popular que siempre le pareció parte del imaginario campesino, un cuento para asustar chicos.
Manuel no retrocedió. Tampoco avanzó. Se quedó quieto, respirando hondo, con Pulga a su lado. El perro no gruñía ni mostraba temor; parecía, incluso, distendido, como si supiera que se trataba de un animal más del monte.
El lobizón —o lo que fuera— los miró unos segundos eternos. Después giró con un movimiento ágil y se perdió entre los árboles, rumbo a la costa.
El silencio volvió de golpe. Solo el río, eterno y paciente, siguió su canción nocturna.
“¿Quién me va a creer mañana?”, pensó Manuel mientras emprendía el regreso al rancho. No sentía pánico, sino una certeza extraña. Había visto algo fuera de lo común. Algo que no encajaba en la lógica cotidiana.
En cuestión de minutos, ya estaba de nuevo en su cama. Pulga se acomodó a los pies, como siempre. La luna siguió su recorrido por el firmamento y la noche terminó por deshilacharse en un amanecer tibio de febrero.

Al clarear, Manuel regresó al lugar. La luz del día suele disipar fantasmas y ordenar las ideas. Caminó despacio hasta el galpón y luego hacia el punto exacto donde había visto al animal. No estaba. El monte parecía el de siempre.
Pero en la tierra húmeda, cerca de la orilla, había marcas. Huellas grandes, más profundas de lo habitual. El pasto, aplastado en un círculo irregular, como si algo pesado hubiera permanecido allí unos instantes.
Se agachó, tocó la tierra y miró alrededor. No encontró explicación sencilla. Podría haber sido un perro cimarrón, tal vez un animal extraviado. Sin embargo, en su interior, la convicción ya estaba instalada.
En La Paz, donde la naturaleza convive con las tradiciones y el río guarda secretos antiguos, las leyendas siguen respirando. Don Manuel no busca convencer a nadie. Solo cuenta lo que vio. Asegura que aquella noche de viernes, bajo la luna llena de febrero, el viejo mito dejó de ser cuento para hacerse carne a orillas del Río Paraná.
Y mientras acaricia a Pulga y observa el agua correr, repite en voz baja, casi como una confesión: “El verdadero cuento se hizo realidad”. Que no parezca poco.