Nuestra época parece haber sustituido la idea de una sociedad compartida por una sucesión de trincheras donde cada grupo busca definir al otro como responsable de todos los males. Como si los “otros” y los “males” estuviesen dictados por alguna divinidad, por el fanatismo.
Agostina mucho más que “una menos”
"Imagine all the people living life in peace..." La frase de John Lennon parece hoy más lejana que cuando fue escrita. No porque la violencia haya desaparecido, sino porque cada vez nos resulta más difícil imaginar una comunidad humana que no esté organizada alrededor de identidades enfrentadas, que se expliquen en su “opuesto”.

La enciclopedia de los bandos
Jorge Luis Borges advirtió algo parecido cuando citó aquella famosa enciclopedia china en la que los animales se dividían entre "pertenecientes al Emperador", "sirenas", "embalsamados" o "los que de lejos parecen moscas". La ironía de Borges revelaba una verdad profunda: las clasificaciones no sólo describen la realidad, también la construyen.
Cada vez que una tragedia toca el nervio social, asistimos a una nueva clasificación. Hombres de un lado. Mujeres del otro. Los opresores y las víctimas. Los culpables y los inocentes. Y aunque esas categorías contienen elementos de verdad, también pueden ocultar aspectos esenciales del problema.
La muerte de Agostina ha generado una conmoción transversal. Sin embargo, junto con el dolor, reaparece una tendencia a la que, quien suscribe, se revela: la transformación de una tragedia humana en la confirmación de una narrativa de enfrentamiento permanente entre géneros. Como si el asesinato de una niña de 14 años pudiera explicarse únicamente por la pertenencia biológica del ser ¿vivo? que perpetró tamaña bestialidad imposible comprender,
Cuando la explicación se vuelve demasiado cómoda
La violencia machista es una expresión del abuso de poder que cruza a la sociedad desde su conformación como tal, aunque el bicho humano en sus más terribles matanzas, genocidios y guerras globales no ha discriminado entre las víctimas.
El problema surge cuando una explicación necesaria pretende convertirse en la única explicación posible.
Edgar Morin advertía que el pensamiento simplificador fragmenta la realidad hasta volverla irreconocible. Los fenómenos sociales son complejos porque intervienen múltiples factores simultáneamente: historias personales, contextos familiares, consumo, modelos culturales, desigualdades económicas, crisis institucionales y formas de socialización que atraviesan a los pueblos.
Reducir esa complejidad a una guerra entre hombres y mujeres puede resultar movilizador y efectivamente simplificador, pero difícilmente ayude a comprender las raíces profundas de la violencia extrema y fatal.
La paradoja de las causas justas
Paradójicamente, algunas de las críticas más lúcidas a esta simplificación han surgido desde el propio feminismo. La filósofa Nancy Fraser ha cuestionado la tendencia contemporánea a reemplazar las demandas universales por conflictos organizados exclusivamente alrededor de identidades. Cuando la política se limita a la confrontación entre grupos, advertía, muchas veces quedan fuera de discusión las estructuras sociales más amplias que producen la desigualdad y la violencia.
También nuestra Rita Segato ha sido crítica de las respuestas puramente punitivas. Para la antropóloga argentina, la ilusión de que el castigo por sí solo resolverá la violencia de género termina ocultando los mecanismos culturales que la producen y reproducen. El problema no se agota en identificar culpables; consiste también en comprender por qué determinadas formas de violencia siguen siendo posibles dentro de una sociedad.
El riesgo de fabricar enemigos
La crítica al feminismo punitivista no implica relativizar la gravedad de los femicidios ni minimizar el sufrimiento de las víctimas. Por el contrario, supone reconocer que ninguna transformación profunda puede lograrse únicamente mediante la lógica del castigo o la construcción de enemigos colectivos.
La escritora y teórica feminista Bell Hooks insistía en que el feminismo debía ser una lucha contra todas las formas de dominación y no una batalla de mujeres contra hombres. Su advertencia conserva plena actualidad: cuando una causa emancipadora adopta la lógica del enfrentamiento permanente corre el riesgo de reproducir la misma cultura de la dominación que pretende combatir.
Después de todo, la historia está llena de conflictos que comenzaron identificando un enemigo absoluto y terminaron olvidando la complejidad de los problemas que buscaban resolver. Transformando a los “liberados” en nuevos opresores
Agostina y lo que nos dice el espejo
Quizás allí radique uno de los desafíos más importantes que deja la muerte de Agostina. No permitir que el dolor sea utilizado para profundizar divisiones que terminan absolviendo a otros actores sociales de toda responsabilidad. Porque cuando el problema se reduce a un conflicto entre géneros, la sociedad deja de preguntarse por sus propias prácticas culturales, por sus formas de violencia cotidiana, por la indiferencia, por la fragmentación comunitaria y por las condiciones que permiten que determinadas tragedias ocurran.
Contentos quienes, desde la altura del Poder real, aprovechan la fragmentación social, toman una bandera y obtienen la impunidad que los tiene como responsables.
La violencia no nace en una identidad. Nace en una trama social.
Y las tramas sociales nunca pertenecen a una sola mitad de la población.
Ni una menos, nadie de más
Ni Una Menos se convirtió en una de las consignas más poderosas de la Argentina precisamente porque logró trascender las identidades particulares para interpelar a toda la sociedad. Su fuerza original no estaba en señalar enemigos colectivos sino en afirmar que ninguna muerte debía resultar tolerable para una comunidad democrática.
Tal vez por eso, frente a la muerte de Agostina, la pregunta más importante no sea qué género es víctima y cual victimario cual si fuese un ballotage de lo que “queda.
Lennon imaginaba un mundo donde las fronteras que separan a las personas comenzaban a desvanecerse. Borges se burlaba de nuestra obsesión por clasificarlo todo. Entre ambos tal vez exista una enseñanza sencilla: las categorías pueden ayudarnos a entender una parte de la realidad, pero cuando se convierten en trincheras terminan impidiéndonos verla.
Y ninguna mujer menos será posible si seguimos creyendo que el problema pertenece solamente a una mitad de la humanidad.
Tal como refirió Virginia Wolf desde su humanismo “no binario” que la caracterizaba:
"En lugar de matar o castigar por la patria, hagamos que nuestras vidas sean una ofrenda por la paz. Y esto no implica la pasividad, sino la acción más audaz y valiente"








