Con esa innata capacidad de generar metáforas de fácil comprensión para el gran público, Diego Armando Maradona dijo en 2001, en referencia a su doping positivo en el mundial de 1994: “La pelota no se mancha”. Esa frase encarnaba su sentimiento hacia el fútbol y separaba su desliz de la esencia del juego. Expresó textualmente: "Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha". Defendía al fútbol a pesar de su error personal, el deporte de la redonda se mantenía impoluto, tanto como la pasión que le sirve de combustible. Aquel alegato a favor del fútbol, resuena fuerte en medio de la ciénaga de negocios que hoy se constelan en torno a un juego que es pasión de multitudes, que se ha extendido al planeta entero y mueve contratos y apuestas por cifras millonarias en dólares y euros.
Hay, por lo tanto, un riesgo cierto de que este contexto de intereses devore al núcleo; que el redivivo circo romano se coma el corazón del deporte. El negocio de las apuestas lo corroe todo, más allá de las advertencias del carismático Emiliano “Dibu” Martínez a los menores de 18 años para que no incurran en esa práctica.
Las denuncias de las interferencias de directivos de AFA sobre el desarrollo de los partidos, han encendido desde hace años las alertas, que ahora se han puesto rojas con la creciente incidencia de Claudio Tapia y Pablo Toviggino en ese ámbito. Es que el presidente y el tesorero de la asociación madre del fútbol argentino, han logrado los sugestivos “milagros” de promover a primeros planos a los equipos de Barracas Central y Central Córdoba, instituciones antiguas pero menores que, asociadas con ellos, crecieron de golpe en los últimos años.
Claudio Fabián "Chiqui" Tapia, titular de la AFA. Foto: Archivo
El estadio del primero, que lleva el nombre de Tapia como homenaje, resulta revelador en sí mismo, tanto como el meteórico ascenso de Central Córdoba de Santiago del Estero, impulsado por Toviggino, al punto de haber obtenido la Copa Argentina en 2024, y su consiguiente incursión en el escenario internacional.
De modo concomitante con este proceso ascendente, Santiago del Estero logró que el Estado nacional financiara, durante el mandato de Alberto Fernández, la construcción del moderno estadio Madre de Ciudades, campo de juego que, pese a las inocultables dificultades logísticas de acceso desde otras provincias, se ha convertido en recurrente lugar de disputa de finales de distintos torneos nacionales, y de partidos internacionales.
En estos días, Pablo Toviggino, principal dirigente del fútbol santiagueño, referente insoslayable de las relaciones de AFA con los clubes del interior (red de apoyo que amplió el poder de Tapia) y gestor destacado de los intereses de Central Córdoba en su nueva dimensión deportiva, está en problemas.
Y no se trata de problemas menores. Sus ostentaciones de poder y riqueza lo han puesto en el foco de la mirada pública y las actuaciones de la Justicia. El nombre de este dirigente, sobre el que pesan numerosas denuncias y sospechas, está muy ligado con el del exgobernador Gerardo Zamora, quien ha desempeñado ese cargo en cuatro períodos, los dos últimos como sucesor de su mujer, Claudia Ledesma Abdala (cualquier semejanza con la definición de nepotismo no es pura coincidencia).
Los entrecruzamientos del fútbol, nuestra principal pasión popular, y la política, fueron inevitables desde el principio. El cálculo político apuntó de entrada a un juego que atraía grandes concurrencias de espectadores y movilizaba sentimientos como ningún otro.
Pablo Toviggino.
En lo personal, tengo al respecto el testimonio temprano de mi bisabuelo Juan Sambarino, nacido en Montevideo y arribado a esta ciudad a fines del siglo XIX por un contrato con el Ferrocarril Santa Fe. Escribe en uno de sus libros acerca de un partido disputado en la alborada del fútbol, en 1887, que el gobernador fue invitado a dar el puntapié inicial, expresión retórica y acción práctica que lo llevó a concluir que el fútbol y su marco social corrían el riesgo cierto de ser colonizados por la política. Falta poco para que se cumplan 140 años de aquella observación; entre tanto, la oscura mancha de la corrupción no ha hecho más que extenderse en el mundo del fútbol.
Diversos antecedentes y sentencias judiciales lo prueban. En el caso que tiene en la mira a Tapia y Toviggino, las indagaciones están en marcha. Mientras tanto, indicios concurrentes permiten sospechar que una grave amenaza se cierne sobre el juego limpio, la imparcialidad de los árbitros, la competencia leal de los jugadores y el aliento genuino de las hinchadas. Si se consolida la manipulación, y se deja de creer en las esencias de este deporte, su final, como lo hemos conocido, estará próximo.
Las investigaciones en curso sobre presuntos ilícitos en el manejo financiero de la AFA, manipulación de árbitros (incluidos los del VAR) para lucrar con las apuestas y mejorar las chances de los apadrinados; defraudación al fisco por retención indebida de aportes, contratos de intermediación bajo sospecha, enriquecimiento de directivos en desmedro de los clubes, maniobras cambiarias habilitadas por funcionarios públicos y cuevas vinculadas con personajes de la política para obtener ganancias extraordinarias; probable lavado de activos, despliegue de conductas opulentas y exhibicionistas, empleo de personas carecientes en la compra de inmuebles caros y bienes de lujo, y la urgida reacción de las defensas para sacar las causas en trámite de las manos de jueces que investigan y transferirlas a magistrados signados por su alineamiento político con el kirchnerismo, componen una matriz repetidamente usada en las últimas décadas. El olor a podredumbre se siente desde lejos.
Las instituciones del fútbol juegan a la mancha venenosa en un campo de complicidades. Y, en medio de ese partido innoble, vale rescatar aquella frase de Maradona: “La pelota no se mancha”, divisora de aguas entre la sustantividad del deporte y las conductas, muchas veces reprochables, de sus actores de carne y hueso. Que aquel dicho de Diego, tantas veces caído y levantado, ilumine de nuevo la escena y separe la luz de las sombras.