Decía en mi entrega anterior que el cruce de los Andes me dio la satisfacción y el orgullo de haber cumplido con el desafío que me había propuesto, emular de alguna manera la epopeya del general don José de San Martín, proyecto que pude concretar junto a Fernando Paraván, mi compañero de equipo.
El cruce de los Andes, mucho más que una aventura en la montaña
La expedición por la cordillera requirió de una preparación exhaustiva, donde la falta de oxígeno y la adversidad climática marcaron la pauta del desafío.

Por eso quise que también me acompañe con su testimonio personal, para que la gente pueda conocer lo que sintió él en esta travesía. La montaña nos sorprendió con todo tipo de clima. Hay lugares en los que no hay un árbol ni por casualidad –como decimos comúnmente-, mientras pasábamos de piedras chicas a piedras más grandes y a rocas gigantes, de diferentes colores.
De la nada surgía un paisaje con nieve, o encontrábamos algún arroyo, o verdes llanuras y abundantes flores. Cruzar el río Tunuyán, por ejemplo, fue algo dramático… por su profundidad y por la velocidad con la que corre el agua.
Fuimos preparados con elementos para cocinar, comida, algunas bebidas en botellas plásticas, pero después era todo supervivencia, y al extremo. El agua la tomábamos del arroyo, helada (de noche se congelaba si la dejábamos a la intemperie).
Arrancábamos la rutina temprano, a las 7. Armar y desarmar el campamento era tremendo, por la falta de aire, el cansancio… solo agacharte equivalía a correr como una hora; eran cosas difíciles de afrontar y mantener la calma, con la cabeza "fría" para que los nervios no nos traicionen.
No poder respirar se vuelve algo drástico. Estábamos en la nada misma, sin señal de móvil, fuimos preparados con elementos de emergencias pero si algo grave pasaba, un helicóptero no podía aterrizar. Fue una gracia de Dios que todo saliera bien.
Ahí comprendimos que si bien pasaron doscientos años de la gesta sanmartiniana, la montaña siguen siendo las mismas. Y que es la historia –justamente- la que acerca las épocas.
En todo este contexto narrado, llegar a Chile fue un suspiro y en ese suspiro poder decir: ¡Llegué, lo logré! Después de todo lo que pasó no es poco. Fue el alivio de haber cumplido un sueño y el desafío de rendirles debido homenaje a los héroes de nuestra patria.
Y agradecerles infinitamente. Que hago extensivo a todos los que nos apoyaron y nos mandaron su aliento, sus fuerzas y sus buenas energías. A quienes nos estaban esperando. No solo fue llegar, fue levantar a Santa Fe en lo más alto de la cordillera.
De todas formas, la llegada implicaba una vuelta, y eso ya daba de preocupar de nuevo. Fue tan duro que ahí mismo tres personas decidieron quedarse en Chile y regresar en micro. Solo siete, incluyéndome a mí y a Fernando, regresamos a Mendoza.
Volvimos más unidos y cuidándonos entre todos. Pisar suelo argentino fue sentir que estábamos en casa, fundirnos en ese abrazo de lágrimas y alegrías que llegamos a nuestra patria, fue voltear y ver nuevamente la montaña y admirar la historia silenciosa que solo está guardada ahí... es pura emoción.
Los caballos y mulas que utilizamos eran del lugar. Están adaptados al clima y a la vida de montaña. Se cuidó su salud en todo momento, con chequeos de sanidad veterinaria previa a la salida y posteriormente al regreso. Eso fue prioridad, indiscutible, por encima de todo. Las horas de cabalgata fueron normales sin exigir la salud de los mismos, ni forzarlos.
Una empresa dedicada a la salud y el bienestar de los equinos se ocupó de que nuestros caballos estén en óptimas condiciones de salud y sanidad, para poder emprender esta difícil travesía tranquilos. De allí que también agradezca profundamente al doctor José Cavallo.
Testimonio en primera persona (*)
"Me enteré de esta travesía a través de Nicolás, quien fue el mentor de todo esto. La vi en los medios y no lo dudé: me puse en contacto con él y le dije 'quiero ir, quiero acompañarte'. Al otro día ya me había mandado toda la información… y ahí empezó el desafío. (…) La verdad, no sabía bien con qué me iba a encontrar. Nico me había contado algo, pero había un detalle clave: yo jamás había andado a caballo. ¿Por qué elegí ir a los Andes? Porque necesitaba hacer algo más allá de mis límites… ver hasta dónde podía llegar".
"A pesar de no haber dudado en tomar dicha decisión, ya la primera noche –ahora lo digo entre risas- me quería volver. Quería abandonar. Pero gracias a Nico y al grupo… había una energía especial. De esas que te empujan a seguir, que no te dejan bajar los brazos. Esa primera noche el viento me destrozó la carpa, y desde ahí en adelante compartí con Nico, que siempre estuvo atento, cuidándome, acompañándome. Pasé por todos los estados. Pensé mucho… Incluso hubo momentos en los que me preguntaba '¿Qué hago acá?' Y me reía, pero en el fondo era real".
"La travesía es hermosa… pero así como es hermosa, también es peligrosa. Entre la aventura y la tragedia hay un hilo muy fino. Estar a milímetros de precipicios es algo muy fuerte. (…) Tengo imágenes que no me voy a olvidar nunca. Por ejemplo, el descenso del Paso del Portillo fue extremadamente peligroso… y haberlo logrado fue increíble. O cuando volvíamos de Chile y nos agarró una tormenta: la nube nos envolvió completamente, no teníamos visibilidad… fue algo que jamás había vivido".
"Ver la montaña desde abajo o desde un avión no tiene nada que ver con estar ahí adentro. Eso en la ciudad no se ve. La naturaleza es algo que hay que respetar… no desafiar. Por eso, en el marco de todo ese contexto de montañas, no podía dejar de pensar en José de San Martín. Pensar que él, junto a su ejército, pasó por algo como lo que vivimos nosotros… pero mucho más extremo aún. Es imposible no sentir admiración y respeto".
"Desde los 18 años entreno y compito en maratones. Hago pilates, tango, folclore, teatro… Siempre me he considerado preparado físicamente. Pero allá adentro, eso no alcanzó. La falta de oxígeno era durísima. Agacharme para armar la carpa o caminar unos pasos era como volver de correr tres maratones. Así de exigente era. Me temblaban las piernas, el terreno era inestable, lleno de rocas… hasta ir a un arroyo implicaba miedo".
"Fue supervivencia pura, tanto física como mental. Sin dudas, podría decirles que me parece que es mucho más fácil correr una maratón de 42 kilómetros. También tuvimos suerte. La fecha original era el 5 de enero, pero por una lesión de Nico la pasamos a febrero. Después nos dijeron que había caído tanta nieve que hubiera sido mucho más peligroso".
"Todos sabían que me iba: mi familia, mis amigos, mi grupo de running… todos preocupados, porque allá no teníamos señal. Pero al volver, recibí una cantidad de mensajes y felicitaciones impresionante. Fue algo muy gratificante. Que te reconozcan por algo que no es común, por animarte a una locura así… y haberlo logrado. Estoy muy feliz con lo que hice".
"Creo que hay que revalorizar estas cosas. Esto nos une como argentinos. Admirar lo que lograron San Martín y su ejército. Él podría haberse quedado en Europa, seguir su carrera militar… pero eligió su sueño: liberar un continente del imperio español. Y después de vivir algo así, aunque sea en una mínima parte, uno entiende el sacrificio que hicieron. Imaginar lo que ellos vivieron… no tiene precio".
(*) Fernando Javier Paraván, santotomesino, 58 años. Compañero de viaje de Nicolás Simonutti.










