En nuestra primera entrega –titulada "Cruzar los Andes no fue una aventura más, fue dejar a Santa Fe en lo más alto"-, expliqué detalles de mi vida junto a los caballos y pormenores de mi relación con el universo equino, respaldo fundamental de mi propuesta de cruzar los Andes a fin de emular la gesta sanmartiniana.
El cruce de los Andes a caballo, como San Martín hace más de doscientos años
El relato revive la histórica travesía por el Paso del Portillo, emulando a San Martín y destacando el rol crucial del caballo en la epopeya andina.

Hacía unos ciento noventa años que nadie pasaba por esos caminos de montaña y volver a revivir la historia es mi orgullo personal, que se agiganta al poder compartir lo hecho junto a Fernando Paraván con ustedes.
En 1817, a partir del 19 de enero de aquel año para ser más precisos, quien se abrió camino por el mismo sitio que recorrimos con Fernando a principios de 2026, lugar conocido como Paso del Portillo, fue el capitán José León Lemos, uno de los oficiales del general don José de San Martín.
Lo hizo al mando de lo que se conoce como "Columna de Lemos", el último de los destacamentos integrantes del Ejército de los Andes en dejar Mendoza, con la misión de sorprender a la guardia realista del fuerte de San Gabriel, pequeña localidad cordillerana chilena ubicada en el Valle del Cajón del Maipo.
En 1823, el propio San Martín usó esta ruta para retornar a su patria, mientras que en 1836 fue el calificado científico y naturalista inglés Charles Darwin el protagonista de un recorrido por ese camino.
Valga esta introducción histórica entonces, para volver a recordar mi experiencia en la Cordillera, ya que uno de los grandes motivos que me animaron a realizarla es poder tener el honor de compartirla con la gente. Y poder incentivar en otros la posibilidad de concretar sus sueños; que todos se animen a cruzar sus propias montañas imaginarias.
También es mi humilde propósito o intención, aportar mi granito de arena para que no nos olvidemos que hubo muchas personas que se jugaron la vida por nosotros en esas alturas, hace más de doscientos años, intentando cruzarlas.
Una de mis ideas, así como tengo la gran oportunidad de narrar mi travesía, es la de poder recorrer la provincia de Santa Fe -cuya bandera me acompañó hasta lo más alto- contando mi experiencia, sin fines de lucro y por el inmenso honor de servir de alguna manera a mi patria. Desde ya que me encantaría poder recorrer el territorio santafesino dando charlas y mostrando los detalles de la travesía.
Reconocer al caballo
El otro gran motivo que movilizó mis intenciones de cruzar los Andes fue el de reconocer debidamente la proeza del caballo. Sí, me parecía algo sumamente importante: que sean puestos en valor aquellos que forjaron la patria al igual que el acero de los valientes.
El caballo fue un pilar fundamental en el suelo argentino; fue ese héroe silencioso que sirvió como medio de transporte, arma de guerra, pionero en la agricultura y hasta el día de hoy nos da satisfacciones hasta deportivamente. El caballo no tiene que ser olvidado de la historia Fue un héroe más.
Historias para contar, muchas, hasta podría hacer una película basándose en anécdotas con caballos que me llevaría todo el día contar y que realmente llevan a la emoción.
La travesía andina tuvo tanta repercusión en los medios que mucha gente se comunicó para dejarme su mensaje de aliento. Para mí por momentos fue algo impactante el apoyo de la gente, en especial la de mi ciudad, Santo Tomé, así como de Santa Fe capital, de otras localidades santafesinas, pero también de otros lugares, "fuera de la bota".
Fue algo increíble. De hecho, aprovecho estas líneas para agradecer infinitamente a quienes me apoyaron para poder realizar este singular cruce. No me quiero olvidar de nadie y sé que ya habrá tiempo para agradecerles uno por uno, sin dejar de mencionar a la vez el respaldo enorme y fundamental de mi familia, que siempre me apoya en todo.
En algún momento, en el marco de los preparativos para intentar lo que desde ya yo consideraba como una "hazaña", recibo un llamado en particular: "Nicolás quiero acompañarte! ¡Quiero ir!". Era un santotomesino que se quería sumar a mí proyecto, contagiado de mi entusiasmo.
Pero, y esto es realmente lo que me sorprendió y mucho, con la particularidad que se trataba de una persona que nunca en su vida había andado a caballo. Pero tenía el coraje suficiente para hacerlo y lo demostró. Por eso ahora lo cuento también con el orgullo y la admiración que se merece: Fernando Paraván.
En esos días me puse en contacto con expertos en la montaña, arrieros y gente que me asesoró ya en Mendoza, puesto que allá suelen ofrecer este tipo de acompañamiento anualmente. Es algo histórico-turístico digamos, que para los mendocinos es sagrado.
Hablar de los Andes o del general San Martín es algo muy especial para ellos. Íbamos a realizar el intento en enero, pero en diciembre del año pasado me lesioné (fractura de cadera) y tuve que hacer obligatorio reposo. No quería suspenderlo, por eso me tomé un mes como pude y en febrero decidí ir como estaba, "aguantarme el chirlo" como quien dice.
Inicio terrible, muy duro
El 16 de febrero de 2026 partimos veinte personas de distintas provincias (sin incluir los arrieros), con punto de salida en el manzano histórico de Tunuyán, Mendoza. Creía estar preparado, ya que me considero una persona atlética, con buen respaldo físico; sabía que iba a ser duro, pero realmente no supe con qué respuesta me iba a encontrar hasta estar ahí.
La primera noche fue terrible; el viento me rompió la carpa al medio, pero tuve la suerte que mi papá me había hecho una lona tipo camión y la tapé con eso. Ese mismo día fue clave para preguntarme: ¿qué estoy haciendo acá? ¿Quién me mandó a hecer esto?
Sinceramente la pasamos mal. Nunca logré dormir ocho horas de corrido como estoy acostumbrado, nunca pude hacerlo. Es más si llegué a 45 minutos, fue demasiado. Así fue durante toda la travesía, aunque no solo para mí sino también para todos mis compañeros, que sufrieron no poder descansar.
Me sentí en la prehistoria. ¿Fue para tanto? Sí, sin dudarlo, a tal punto que después de esa primera noche de hecho diez personas decidieron volverse. Las condiciones climáticas eran súper extremas. Un frío que "cortaba", el viento que pegaba como "trompadas" en la cara y el sol que quemaba como brasas al fuego. Así como lo cuento, sin exagerar.
De todos modos, los que decidimos seguir continuamos el camino, aunque al segundo día no me fue mucho mejor: sufrí una descompostura, producto a mi vértigo a las alturas y al frío de la primera noche. Al borde del desmayo, no sé cómo aguanté.
Eso fue igualmente terrible para mí, como para todos. La distancia de la aventura a lo trágico estaba ahí, en un parpadeo. Aún no le encuentro explicación para entender de dónde saqué las fuerzas para soportarlo y seguir. Pero esa ya es otra parte de la historia.
Continuará.













