El 29 de agosto de 1810 nacía en Tucumán quien sería con el tiempo uno de los espíritus más elevados que haya producido nuestra patria, Juan Bautista Alberdi, aunque las circunstancias y la época en que vivió hayan sido poco propicias para él: las pasiones y el acaloramiento de una lucha continua hicieron que no se lo comprendiera ni se lo tratara como merecía.
Juan Bautista Alberdi y los abogados
En el Día del Abogado, recordamos a un hombre de una visión extraordinaria, aquel que imaginó e ideó la Constitución Nacional que, desde el exilio, sentaría las bases de la Argentina moderna. Su increíble legado sigue vigente en la lucha por la justicia y la equidad social, valores que los abogados deben honrar hoy más que nunca.

Jurisconsulto, publicista, diplomático, hombre de letras, Alberdi representa, dentro de nuestros arquetipos, a la conciencia constituyente argentina. También refleja, como tal, la instancia creadora dentro del proceso constitucional argentino, su fase fundacional y la del alumbramiento de la Constitución Nacional, nuestra Carta Magna. Así sentó las bases institucionales de la Argentina moderna.
Y por eso mismo el tiempo, que acaba siempre por reducir el término de sucesos y cosas a sus naturales límites, colocándolos en el lugar que les corresponde, va iluminando cada vez más la figura de este brillante y hondo pensador, que será considerado en el porvenir como una de las glorias más legítimas de nuestro país.

Es decir, como uno de aquellos hombres que, sin intervenir jamás en la política activa, le marcaron, no obstante, rumbos fijos y luminosos desde la soledad.
Ciudadano del exilio
Alberdi fue el gran ausente, el ciudadano del exilio, que vivió intensamente en la patria habitando en el extranjero. Y propuso un modelo liberal para organizar el país. Para él, el sistema rentístico y económico de la Confederación Argentina es una expresión de fe en el trabajo, la constancia y la sobriedad.
Condenaba sin reservas el emisionismo, la ociosidad y el lujo, considerando que el problema era de producción y que este era el pilar sobre el que se sustentaba el bienestar. En su estudio sobre la crisis de 1874 condena el enriquecimiento repentino.
Tomar capitales a préstamo -dice allí- para reemplazar los capitales destruidos por la crisis no es remediar la pobreza sino agravarla; la riqueza de otro no es la riqueza del país, solo el trabajo y el ahorro son las fuentes naturales de la riqueza, y los gastos insensatos y el abuso de los empréstitos conducen fatalmente a la pobreza, al descrédito y a la decadencia.
Como dice Carlos Fay en el homenaje a Alberdi que le hace la Corte Suprema de Justicia:
"A Alberdi le corresponde el mérito de haber adivinado, en medio del oleaje de las pasiones que suelen oscurecer las mentes, en una época de caos, de amargas convulsiones, de desorbitadas rivalidades, la ley inexorable que orientaba la vida de su patria (...)".
"(...) Es el intérprete de nuestras necesidades y su influencia, superior a la de los hombres de su época, es la inteligencia creadora que ajusta los factores reales de poder y las necesidades sociales a las exigencias del presente y del futuro de la vida institucional argentina. Alberdi está en la Constitución con la fuerza determinante de sus postulados y axiomas".
Justamente, en el Día del Abogado, designado en su homenaje, cobran renovada actualidad las palabras del propio Alberdi:
"Reconociendo que la riqueza es un medio, y no un fin, la Constitución Argentina propende, por el espíritu de sus disposiciones económicas, no tanto a que la riqueza pública sea grande, como a que esté bien distribuida, bien nivelada y repartida (...)".
"Porque solo así es nacional, solo así es digna del favor de la Constitución, que tiene por destino el bien y la prosperidad de los habitantes que forman el pueblo argentino, no de una parte con exclusión de la otra (...)".
"Ella ha dado garantías protectoras de este fin social de la riqueza. Dar utilidad a los unos y excluir de ella a los otros sería contrario a la moral cristiana. La Constitución no intenta hacer del país un mercado, de la república una bolsa de comercio, de la nación un taller".
Un peligroso clima depresivo
Sus ideas están hoy más vigentes que nunca. Creía en la igualdad de oportunidades, sin excluir la jerarquía impuesta por el mérito, la virtud y la inteligencia. Lo conmovió la suerte de los grandes patriotas de América Latina que entraron en la política y sacaron de ella la miseria, el cadalso, la proscripción, la ignominia. Como lo indignaba la de aquellos otros que entraron pobres y salieron ricos, célebres, llenos de títulos y dignidades.
Consternados, hoy observamos cómo la sociedad se encuentra inmersa en un peligroso clima depresivo, propicio para que los enemigos de la libertad, los demagogos o los aventureros aparezcan nuevamente para pedir soluciones mágicas e inmediatas.
Gran parte de la responsabilidad de este estado de cosas recae indudablemente sobre dirigentes que no asumen sus deberes como tales, olvidando que la democracia es el mejor sistema de gobierno, pero es el que obliga en mayor medida a quienes representan la voluntad del pueblo.
La indignación es la justificada reacción que provoca constatar que las instituciones de la república se ven directamente cuestionadas o sospechadas de corrupción, a tal punto que las leyes no parecen ser el producto de la discusión, del debate de ideas o del consenso, sino la resultante de la compra de voluntades.
A ellos, que parecen creerse propietarios de la democracia y no simples mandatarios, les cabe la frase del poeta: juegan con cosas que no tienen repuesto. Los abogados hemos sido partícipes directos de la historia de la Nación. Nada de ella, ni de lo bueno ni de lo malo, nos ha sido ajeno.
Desde la misma fundación de la patria, los abogados argentinos hemos honrado nuestro compromiso con la libertad, la justicia y el estado de derecho.
En este mes, en el que se han cumplido 176 años de la muerte del más grande de todos los argentinos, es nuestra obligación, más que nunca, recordarlo y recordar a la vez que nuestro país se forjó con su espada, para que el derecho, la justicia y la libertad reinaran para siempre.
Porque fue el sable del general José de San Martín el que impulsó las ideas de abogados como Mariano Moreno y Manuel Belgrano, y de sus victorias amaneció la Nación, a la que Alberdi modeló en la Constitución.
Por eso hoy se nos impone a los abogados la responsabilidad de ser dignos del ejemplo de esos abogados, con nuestras únicas armas, que son las más limpias y por eso las más valiosas y nobles.
Sobre el camino que traza el derecho se constituye la grandeza de un país, y el grado de acatamiento de una sociedad al mismo marca el nivel de civilización alcanzado, porque revela también su adhesión a la regla moral.
El tradicional enemigo de la democracia, el totalitarismo en todas sus variantes, ha sido reemplazado por uno más insidioso y más mortífero, porque es silencioso y, como un virus maligno, ataca a las instituciones y corroe a todo el cuerpo social.
Función social de la abogacía
La corrupción constituye hoy el instrumento de destrucción de las libertades más peligroso, porque genera su propia inmunidad, con su secuela de descreimiento y escepticismo. En ese contexto, cuando los sistemas judiciales se encuentran en crisis, el papel del abogado es el de ser un actor preeminente en las modificaciones que se requieren.
Quedarnos en la queja o asumir resignadamente que las cosas no pueden mejorar constituyen actitudes impropias del abogado, y su propia negación como operador del derecho y líder de los cambios sociales.
En medio de la guerra civil que desgarra a España, su patria, el destacado abogado, jurista y decano del ilustre Colegio de Abogados de Madrid, Ángel Ossorio y Gallardo (1873-1946), reprochaba a los abogados gran parte de la responsabilidad de la tragedia, por haber perdido su sentido de clase.
No la clase concebida como división de patrimonio o de privilegios de cuna, sino aquella marcada por la elevación de los valores espirituales, la preeminencia de la moral, la autoridad del intelecto. La clase como conjunto de deberes de cada grupo social y como actitud de servicio abnegada hacia los demás.
Por eso proclamo: "No basta que cada abogado sea bueno: es preciso que, juntos, todos los abogados seamos algo". Y en ese sentido, nuestro Colegio de Abogados, que este mes ha cumplido 100 años de su creación, merece que se le rinda homenaje por haber marcado un hito de la abogacía en el país que nos hace sentir orgullosos.
Su accionar estuvo destinado a propender el mejoramiento de la administración de justicia y al progreso de la legislación; velar por la observancias de las reglas de ética profesional; defender los derechos de los abogados en el ejercicio de la profesión; fomentar el espíritu de solidaridad, la asistencia y la recíproca consideración entre los abogados; estimular la ilustración de los mismos.
Su legitimidad y prestigio institucional provienen también de la función social de la abogacía, con la defensa de los derechos de los ciudadanos y con la administración de justicia.
Ha intervenido en cuestiones institucionales,defendiendo los valores republicanos, bregando por ende,por la separación de poderes, la independencia judicial, el acceso a la justicia, la defensa en juicio, sin que esto implique política partidaria.
Es decir, su razón de ser fue y es la independencia y la dignidad de la abogacía, para que esta siga siendo, como quería Henri François d'Aguesseau, canciller de la Orden de Abogados de Francia, "tan antigua como la magistratura, tan noble como la virtud, y tan necesaria como la justicia".
Y volviendo a Alberdi, podemos decir que su obra no es hija de la oportunidad ni de la casualidad. Las contingencias de la primera, o los acasos de la segunda, son enemigos implacables de toda inmortalidad. Alberdi vive entre nosotros.
El autor es abogado.















