En Argentina se conocen grandes autores que supieron ver mucho más allá del momento que les tocaba vivir, aventurándose a "pronosticar" que todo en el mundo seguiría igual, y que la sociedad no cambiaría o, de cambiar, sería para peor.
Entre la Biblia, el calefón y el mundo del revés
Autores visionarios como Discépolo y Sabina capturan la esencia de una humanidad que se resiste al cambio, reflejando un legado atemporal en sus letras. La tecnología redefine la interacción humana, mientras la distancia física y emocional crece.

Uno de ellos, obviamente, fue Enrique Santos Discépolo, con su profético y mítico "Cambalache" (1934), pero también Joaquín Sabina con "La Biblia y el calefón" (1999), o el brasileño Raul Seixas, ya fallecido, al que poco se cita o menciona, pero de quien Paulo Coelho supo decir: "Raul no es pasado… ¡Es presente! ¡Es futuro!".

Ellos dejaron en sus obras letras asertivas, que bien pueden ser consideradas como un legado eterno. Pero el Hombre, entiéndase como una generalidad de la humanidad y no como discriminación alguna hacia la Mujer (género al cual pertenezco y a mucha honra), tiene una "deficiencia" -por llamarla de alguna manera- diría que hasta asumida: cuando quiere, o cuando le conviene, escucha, observa y habla.
Pero, cuando ve que alguna situación puede perjudicar sus intereses, recurre a esa "deficiencia" y es entonces cuando su egoísmo se refleja en el clásico "sálvese quien pueda".
Es probable que no todos tengan una Biblia en la mesita de luz o un calefón –no está de más recordar que millones en este planeta se higienizan calentando agua sobre un brasero-, y también es poco probable que "cualquiera sea un ladrón".
O que algunos niños, miles y cientos de miles de niños, por más que "lloren, mamen", por lo que creaciones como la del gran Discepolín (estrenada originariamente por "La Negra", Sofía Bozán), la de Sabina (cortina musical del programa televisivo del recordado Jorge Guinzburg), o las inspiradas por el nombrado Seixas, seguirán teniendo sus dosis de absoluta actualidad y contemporánea certeza.
Muchas frases nos identifican y reflejan lo que somos, como muy bien lo deja en claro con su trabajo de análisis de discurso el escritor, docente y profesor Charlie López, autor del libro "Somos lo que decimos" (2022), donde cuenta la historia, secretos y curiosidades detrás de unos trescientos dichos cotidianos de uso muy común entre los argentinos.
Y también nos identifica María Elena Walsh, que nos transportó hacia un mundo en el que nada es como lo conocemos, "El mundo del revés" (1963), donde "un año dura un mes".
Claro, si nos remontamos a la infancia, todo es posible. Pero aunque podamos imaginar que los miles de "chorros" tienen conciencia del equivocado rumbo que tomaron, es obvio que queda en la imaginación infantil y en un deseo de adultos.
Lo cierto y palpable, es que sea cual fuese nuestra edad, lugar de residencia, condición social, religión o ideología, la esperanza por un mañana mejor es evidente que se va diluyendo con el paso del tiempo y el acontecer de los hechos.
Es así como nacen la duda, el miedo y la decepción, que dan lugar a un tímido mea culpa, que nos hace reflexionar e indagar si no haber logrado alguna meta que nos propusimos fue por decisiones propias o ajenas. El resultado, que está a la vista, termina siendo muy distinto al que esperábamos.
En Argentina, como el resto del planeta Tierra, la tecnología se apoderó de nuestras mentes. Un vidrio que nos separaba de alguien que nos recibía, en pandemia, permanece, obligándonos a alzar la voz, pasar billetes por una pequeña abertura y hacernos sentir esa distancia, mientras que antes una sonrisa sin reparo material nos acercaba.
Hemos llegado al punto que hasta para enterarnos de una desgracia vivida por un ser querido, o si cesó la guerra entre países que creíamos que eran "hermanos", dependemos de este invento llamado Internet… siempre y cuando no se corte.
También dependemos de una computadora, un celular, de cualquier pantalla o alguna conexión virtual, porque hasta las líneas fijas han sido reemplazadas por los avances digitalizados.
Lo mismo ocurre con las facturas de servicios. Ya no hay entrega a domicilio, con la excusa del cuidado del medioambiente llegan por correo electrónico o a través de las "App", de las que primero tuvimos que aprender qué significaban, para luego saber que son las distintas "aplicaciones" a las que podemos –si es que podemos- acceder.
Son las vías a la que debemos estar conectados previo pago de un abono; en ellas, cuando se logran "abrir", por lo general nos sorprenden con ingratamente cifras que han aumentado demasiado respecto a consumos anteriores.
Lejos quedan las promesas de los gobiernos o de los candidatos de no producir aumentos. Al fin de cuentas, la gente seguirá aguantando hasta que se pueda, "no nos queda otra" (como dicen muchos).
Aun así, considero que, sea cual sea el destinatario del voto, creo que los argentinos no votamos mal, son los triunfadores en las urnas los que muestran una cara durante la campaña y otra muy distinta una vez que asumen. Alguna vez escribí sobre este punto en particular (*).
Muchos dirigentes políticos, en época de la "súper interconexión", están lisa y llanamente "desconectados". Sí, desconectados de la realidad concreta, la que vive la gente. No tienen capacidad para resolver los avatares de un país y apenas pueden ocultar los propios errores, a sabiendas y tranquilos de que la ley tiene para con ellos "los ojos vendados".
Y ya que estamos con las frases y dichos que nos identifican, para el "vecino de a pie", el ciudadano común, que le alcance con la popular frase: "¡Marche preso!" Claro está, con celular autorizado si es posible. En el caso de ser poco honestos, dentro de las hacinadas cárceles llegaremos a contagiarnos de los que nunca tuvieron vergüenza ni arrepentimiento, un final que quizás sea inevitable.
(*) "Sobre candidatos, Inteligencia Artificial y gestión municipal", publicada por El Litoral el 29 de agosto de 2025.












