En ciertas instancias de la vida, una realidad difícil de asumir suele aplastar sin dar tregua. La reacción, inmediata, será conjeturar en torno a si lo que sucede es fruto de la mala fortuna o de la propia conducta. Pero el padecimiento instará, al alma doliente, a tomar consciencia de la imposibilidad de soportar semejante peso y, al prójimo, que no es esperable que aquel pueda solo.
Diversas circunstancias aprietan al hombre de tal manera que, sin ayuda, no puede seguir adelante. Nadie está exento de que le suceda. El filósofo Emmanuel Lévinas expresó con claridad la condición del hombre, “el Yo, de pies a cabeza, hasta la médula de los huesos, es vulnerabilidad” (en “Humanismo del otro hombre”, año 1972).
Lo trascendente en esta delicada situación, sin lugar a dudas, es dar un paso para pedir o aceptar el amparo necesario y redentor. Hay desesperación y se está deseoso de hallar un respiro, pero no es sencillo acercarse al prójimo o permitir que se involucre cuando él toma la iniciativa.
En el poema “Confesión” (publicado en el libro “Tala” del año 1938), la poetisa chilena Gabriela Mistral describió al detalle ese momento: “-Pende en la comisura de tu boca,/ pende tu confesión, y yo la veo:/ casi cae a mis manos.// Di tu confesión, hombre de pecado,/ triste de pecado, sin paso alegre,/ sin voz de álamos, lejano de los que amas,/ por la culpa que no se rasga como el fruto.//”.
La aflicción, el peso existencial, está dado aquí por un pecado, pero podemos no limitarnos a él e imaginar otras circunstancias que den la presión corporal y moral suficiente para dificultar la vida. Desde incomprensiones afectivas a dilemas éticos, pueden ser variados los motivos que generan angustia y encierran al hombre en un laberinto sin salida.
Pero, incluso, el pecado no debe dar rienda suelta, con facilidad, a un juicio moral. La ejemplaridad en la vida, enseñó el filósofo Javier Gomá Lanzón, no hay que tomarla de modo episódico, sino que importa una evaluación biográfica de toda una vida (autor de “Universal concreto. Método, ontología, pragmática y poética de la ejemplaridad”, año 2023).
El ensayista español advirtió que “la gente no ha nacido aprendida y tiene derecho a equivocarse”. Destacó que la ejemplaridad más importante es la de toda una vida de la persona, de ahí que el hombre es una “lenta gestación del ejemplo póstumo”. Y, añadió Gomá Lanzón, que la imagen de la vida que se deja al morir incluye errores, inicios fallidos o reinvenciones (entrevista La Nación, 2023).
Ya lejos, entonces, de cuestionar el origen de la carga, no por indulgencia sino por la evidente debilidad humana y su necesaria evaluación biográfica, cabe ahora esperar el encuentro con esas personas únicas, esos seres dispuestos al sacrificio por el prójimo. Es necesario advertir, igualmente, que estos requieren de ciertas cualidades y circunstancias en su vida.
Así lo entendió y recitó Gabriela Mistral: “Tu madre es menos vieja/ que la que te oye y tu niño es tan tierno/ que lo quemas como un helecho si se la dices.// Yo soy vieja como las piedras para oírte,/ profunda como el musgo de cuarenta años,/ para oírte;/ con el rostro sin asombro y sin cólera,/ cargado de piedad desde hace muchas vidas,/ para oírte.//”.
Una vida con una maduración llena de misericordia y conmiseración. Sin una connotación religiosa, estamos ante quien siente piedad como un reconocimiento y cuidado de la vulnerabilidad ajena. Es una piedad representada en un rostro especial, sin estupor ni enojo para facilitar el traspaso de un peso que podría avergonzar. Un acto de delicadeza.
No es cualquier peso el que oprime. Es uno que desafía, incluso, a quien tiene suficientes años de vida como para absorberlo. La talla para asumirlo solo está en alguien que posee “experiencia de vida” y algo o mucho más. Personas capaces de soportar la opresión a la piel y el cuerpo, al alma y el espíritu, sin perder el sentido de la vida.
Quien está dispuesto a brindarse y ayudar al otro, a reemplazarlo sin condiciones, expresará sin dudar: “Dame los años que tú quieras darme,/ y han de ser menos de los que yo tengo,/ porque otros ya, también sobre esta arena,/ me entregaron las cosas que no se oyen en vano,/ y la piedad envejece como el llanto/ y engruesa el corazón como el viento a la duna.//”.
El peso, traducido en años de dolor del doliente, en un acto de trascendencia, quedan circunscriptos a una correlación de equilibrio en el prójimo capaz de asumirlo. Esta transacción espiritual, llena de amor y de purga moral, tiene reglas, como explicó Mistral: “Di la confesión para irme con ella/ y dejarte puro./ No volverás a ver el semblante que miras/ ni oirás más la voz que te contesta/”.
Tal es la trascendencia del favor -de esta gracia- y tanto es lo que está en juego, que debe ser el último encuentro entre ellos. De lo contrario, la deuda del doliente se convertiría en una nueva carga. Emerge, entonces, otra actitud de nobleza en quien ayuda, al apartarse hacia el anonimato y el olvido.
Hay una predicción para el alma doliente: “y volverás de nuevo a ser ligero,/ al bajar las pendientes y al subir las colinas,/ y besarás de nuevo sin zozobra/ y jugarás con tu hijo en unas peñas de oro.//”. Las consecuencias del encuentro serán evidentes. Una vez cumplido el vaticinio, el alivio y la descompresión espiritual se traducen en ligereza física.
La vida adquiere un nuevo impulso, abriéndose en un abanico de posibilidades. El laberinto inexpugnable queda atrás, lejano. “Ahora tú echa yemas y vive/ días nuevos y que te ayude el mar con yodos./ No cantes más canciones que supiste/ ni nombres los pueblos ni mientes los valles/ que conocías ni sus criaturas./ Vuelve a ser el delfín y el buen petrel/ loco de mar y el barco empavesado//”.
Pero, de igual modo, con todo el sentido y la justificación de la actitud anónima que enaltece a quien recibe la carga, deja una obligación al doliente. Se espera de él, una vez aliviado, una conducta: “Pero siéntate un día/ en otra duna, al sol, como me hallaste,/ cuando tu hijo tenga ya treinta años,/ y oye al otro que llega,/ cargado como de alga el borde de la boca./”.
“Pregúntale también con la cabeza baja,/ y después no preguntes, sino escucha/ tres días y tres noches./ ¡Y recibe su culpa como ropas/ cargadas de sudor y de vergüenza,/ sobre tus dos rodillas!”.
Encuentros de este calado no son frecuentes. Lo imposibilitan tanto el desinterés por el otro como el arraigado comportamiento narcisista actual. Hay que lamentar haber abandonado lo que Antonio Machado denominó “la incurable otredad que padece lo uno”, que nos constituye y humaniza. Las personas capaces de brindarse a quien está apesadumbrado, indudablemente, dignifican la existencia.
El nombre del ciclo corresponde a un verso del poeta Roberto Juarroz: “Un poema salva un día”.