I
Libertad de prensa: de Roca a Milei
El gobierno actual prefiere comunicarse solo con periodistas afines, limitando el acceso a información crítica y generando un entorno de control mediático.

Los periodistas acreditados en la Casa Rosada tienen prohibida la entrada. Flamante decisión del gobierno de los hermanitos Javier y Karina Milei, que siguen aconsejando que es necesario odiar a los periodistas dulcemente calificados como "ratas repugnantes". La orden de echar flit a los periodistas ha sido dada. Ni Jorge Videla ni Cristina Fernández de Kirchner se animaron a tanto.
Milei y el sueño del poder sin controles. No más conferencias de prensa, no más preguntas incómodas. Un Ignacio López en la perspectiva de Milei es una afrenta. Raro. Videla soportó que le preguntaran por los desaparecidos. Interrogantes de ese tenor para Milei son ofensivos, cuando no constituyen un acto de desacato.
Alguien dirá que las comparaciones son desproporcionadas. Por lo que nos toca vivir en tiempo presente, la única desproporción son los anatemas y vulgaridades del señor presidente de la nación.
II
El planteo oficial es sencillo. Cuando el presidente necesita decir algo llama a sus periodistas ensobrados que le preguntan exactamente lo que él quiere. Y si por alguna casualidad el periodista se sale del libreto, inmediatamente se corta la escena como ya lo hemos visto. Recordemos que para el gobierno, solo el cinco por ciento de los periodistas son personas decentes.
El resto chapotea en las cloacas. Sería interesante conocer el nombre de esa ilustre minoría de periodistas que merecen la estima del régimen libertario. No quiero ser mal pensado, pero intuyo que la calaña moral de esos colegas no debe ser más elevada, por ejemplo, que la que en el campo de la Justicia el kirchnerismo le exigía a los jueces, cuyo paradigma ilustre era el excelentísimo Norberto Oyarbide.
III
El sueño del pibe de la claque libertaria pareciera ser un mundo sin periodistas. ¡Viva la libertad, carajo! La libertad para ellos. Que nadie los moleste, que nadie se ponga indiscreto, que nadie averigüe lo que no debe. Felicidad plena. Hacemos lo que se nos da la gana, el resto queda a cargo de "la mano invisible". Y si las cosas se ponen incómodas corremos a pedirle ayuda a mister Donald Trump.
Buena gente. Me dice un amigo: "Pero yo quiero que al gobierno le vaya bien". Suena linda la frase. Pero nada más. Yo en realidad lo que quiero es que a los argentinos nos vaya bien. Si el gobierno ayuda en esa dirección, bienvenido. Hago la aclaración, porque históricamente ha sido posible que a un gobierno, es decir, a un proyecto de poder, le haya ido bien, pero a los gobernados le fue como la mona.
De todos modos, comparto. Ojalá al gobierno le vaya bien, con la salvedad de que esa virtud depende en primer lugar de él. Le irá bien si gobierna bien para la mayoría de los argentinos. Así de simple y así de complicado ¿Y qué significa que le vaya mal? En principio, que en las próximas elecciones no lo voten. ¿Qué tan grave es la sanción? No, no es grave, es democrática.
IV
Milei pondera a la generación del Ochenta. A Julio Roca, a Carlos Pellegrini. Tal vez a Domingo Faustino Sarmiento, pero no sé si con el sanjuanino hace buenas migas. Probablemente Joaquín V. González no le guste demasiado.
Un tipo que promueve un proyecto de Código de Trabajo y alienta un relevamiento oficial para conocer las condiciones de vida de los trabajadores no es confiable para el hermano de Karina. Tampoco es del todo confiable Roque Sáenz Peña, que tuvo la desfachatez de sancionar una ley que permitió el acceso al poder de la chusma radical en 1916.
Pero vamos a quedarnos en principio con Roca y Pellegrini. Y llegado el caso con Juan Bautista Alberdi, Bartolomé Mitre y el propio Sarmiento, que no son exactamente de la Generación del Ochenta pero seguro que son liberales y, mientras el Gordo Dan o Nicolás Márquez no digan lo contrario, no están contaminados de comunismo o algunas de esas pestes parecidas.
V
Me esfuerzo por encontrar alguna semejanza entre Milei y aquellos caballeros de fines del siglo XIX. Y a decir verdad, tengo la sensación de que mis manos están vacías y como un ciego, camino a los tropezones por los laberintos de la política. Roca y Pellegrini se definían en primer lugar como estadistas.
Para ellos, y para toda esa generación, el Estado era un desafío, una aspiración y una necesidad. Aristóbulo del Valle, otro hijo de esa generación, exclamó cuando sus adversarios lo acusaban de estar a favor de un golpe de Estado: "No doy golpes de Estado porque soy un hombre de Estado".
Me cuesta imaginar a MIlei aplaudiendo esa frase. Yo lo siento por él y por sus ilusiones, pero todo lo que hicieron estos hombres, desde 1853 en adelante, tuvo como objetivo la construcción del Estado. ¿Alguien lo imagina a Milei atravesando por esas peripecias y movilizado por esos ideales? Yo no.
VI
No terminan allí las diferencias. No hay Generación del Ochenta sin leyes laicas y sin educación pública. En estos temas, Milei, ausente sin aviso. Tampoco hay Generación del Ochenta sin obra pública y salud: ferrocarriles, hospitales, diques, cloacas. Aquellos hombres eran liberales, defendían la propiedad privada como nadie, pero acariciaban el sueño de una nación.
Y para ellos una nación era mucho más que una jugarreta macroeconómica. Su realismo político era descarnado, pero ello no les impedía estar abiertos a las novedades del mundo. Roca, conservador y militar, asiste a la inauguración de la estatua de Giuseppe Garibaldi, en tiempos en que ese nombre era mala palabra para integristas y ultramontanos.
Dicho sea al pasar, en la ciudad de Santa Fe no hay una plaza, una calle, una placa, un busto que recuerde a este gran hombre. Volvamos a Roca. Rompe relaciones con el Vaticano por las leyes laicas y diez años después las normaliza. Habilita al docente y constructor Juan Bialett Massé para su estudio sobre la situación de la clase obrera y sus asesores son jóvenes socialistas.
En 1908 llega a Buenos Aires Enrico Ferri, una lumbrera del socialismo italiano. Dicta una conferencia en el Teatro Victoria y entre los asistentes está Julio Roca. ¿Se imaginan a Milei en esa platea?
Por último. Joaquín V. González, ministro de Roca, promueve una reforma electoral que entre otras consecuencias permite que por primera vez en América un diputado socialista ocupe una banca en el Congreso: Alfredo Palacios se llamaba. Cruz diablo.
VII
No todas eran rosas en la Generación del Ochenta. Hay fortunas que nunca se explicaron, hay episodios de corrupción que son una vergüenza. Las elecciones eran fraudulentas; la mujer no votaba. Pero con luces y sombras se forjó una gran nación. Un país en el que se logró que haya lugar para todos. Las libertades individuales se respetaban.
Y no solo las de la propiedad. También la libertad de criticar a los gobiernos. Los diarios y revistas de entonces, El Mosquito, Don Quijote, Caras y Caretas, entre otras, se hacían un picnic con las caricaturas, los aguafuertes y las columnas de opinión contra Sarmiento, Mitre, Roca, Pellegrini. Y que yo sepa nunca los clausuraron, nunca los censuraron y nunca los insultaron desde el poder.
Las censuras, las persecuciones, comenzaron en 1930 con la dictadura de José Félix Uriburu, continuaron con Juan Domingo Perón y salvo honorables excepciones siguieron hasta 1983. Entonces pregunto:
¿Es mucho pedir que en materia de libertad de prensa, los hermanitos Milei tomen como ejemplo a Roca, Pellegrini, Mitre y Sarmiento? ¿O está más cómodo con Uriburu, los coroneles nazis del 43 o los Onganía y Videla de turno?












