Carlos A. Aldao abrió al conocimiento argentino los textos de los viajeros que recorrieron el actual territorio nacional en los comienzos de nuestra vida independiente.
Carlos Aldao, las reflexiones de un viajero
Con una pluma aguda y comparaciones constantes con el suelo patrio, el jurista santafesino retrató paisajes y costumbres de diversas culturas de todo el orbe. El diplomático santafesino recorrió el planeta a comienzos del siglo XX y plasmó su lúcida mirada en un libro que merece ser redescubierto.

A través del sello editorial La Cultura Argentina, que dirigía José Ingenieros, publicó magníficas traducciones, acompañadas de enjundiosos y descriptivos prólogos, que introducían a los lectores en los antecedentes de aquellos viajeros y de sus recorridos.
Pero Aldao fue en sí mismo un viajero, que en el año 1907 publicó, con el atrayente título de "A través del mundo", sus experiencias como tal. En esa tarea lo precedían, en orden cronológico: Domingo Sarmiento, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Miguel Cané y Pastor Obligado, que llevaron al papel lo que habían contemplado sus ojos.

El volumen de Aldao, de 382 páginas, agotó su primera edición a poco de llegar a las estanterías de las librerías y al año siguiente alcanzaba tres reimpresiones, lo que habla del interés del público.
El autor había nacido en Santa Fe el 5 de mayo de 1860, después de estudiar en el Colegio de la Inmaculada de su ciudad natal, obtuvo su título de abogado en la Facultad de Derecho porteña e ingresó en la magistratura, como juez y luego camarista. En 1892 fue enviado como secretario de la Legación Argentina en Washington.
El diplomático
Estaba al frente de nuestra representación el reconocido internacionalista Carlos Calvo, que a su muerte fue sucedido por Estanislao S. Zeballos, ambos dedicados por aquel entonces a la cuestión del arbitraje sometido al presidente Grover Cleveland sobre Misiones, por la disputa que tenía nuestra nación con el Brasil.
Aldao fue un eficaz colaborador y viajó a España y Portugal para recabar en los archivos de dichos países los antecedentes primeros de la cuestión, que luego completó con visitas a Francia y el Reino Unido.
Así fue como quedó vinculado con Zeballos, a tal punto que cuando publicó el libro de viajes fue uno de los primeros en comentarlo, y aunque la obra tenía "varias herejías comulgaba con ellas" y "aplaudía el valor cívico de quien sabía ver las cosas como son y decirlas como las veía".

Zeballos pensaba que "más que un libro de viajes", tiene mucho "de filosofía amena, de patriotismo comparado, de crítica zumbona, de buen humor y de optimismo". El recorrido europeo le mereció a nuestro viajero esta reflexión:
"Es ciertamente lamentable que no vengan todos los argentinos o por lo menos todos aquellos que pueden tener influencia directa y eficaz sobre la nación, a recibir las lecciones objetivas que ofrece la civilización europea. Así podrían formar a su regreso un núcleo de convencidos que mantuvieran atmósfera propicia a los altos ideales que ella sugiere y bogaran en la corriente con el fin de alcanzarlos".
Aldao participó en el país del norte de los actos conmemorativos del IV Centenario del Descubrimiento de América y de la exposición en Chicago; lo mismo que de los festejos del 4 de julio.
Le llamó la atención que "en un suelo donde se goza de libertad efectiva tan amplia y completa no se ven banderas extranjeras -si he de exceptuar algunas pocas italianas que vi en Nueva York- y, en cambio, en grandes edificios y en cabañas, en ciudades y campañas, se ve perpetuamente al tope del mástil la bandera estrellada que, lo mismo que los himnos y marchas nacionales, produce tempestades de aplausos donde quiera que aparece".
Comparaciones con la Argentina
Aldao atribuía esas manifestaciones a que "los norteamericanos nativos o naturalizados, están contentos y orgullosos de formar una nación y una raza y cuando en los teatros o calles se excita la fibra patriótica, desborda el entusiasmo". Ello lo llevaba ya entonces a esta reflexión:
"Involuntariamente comparaba este ruido y algazara, genuinamente populares, con el recuerdo de fiestas análogas puramente oficiales de mi tierra, donde a veces obtiene más aplausos la marcha de Garibaldi que nuestro himno y donde el extranjero no vive la vida nacional, no siente nuestras gloriosas tradiciones, ni tiene amor a la bandera del país que lo enriquece y lo redime".
Marchó hacia el sur y comparaba "las grandes plantaciones de algodón y tabaco de los alrededores de Richmond en un suelo rojo como el de Asunción del Paraguay", mientras que "en Florida las tierras bajas y a veces pantanosas… me hacían recordar nuestro Chaco". Marcha hacia el sur y compara a los vaqueros con nuestros paisanos:
"Entré en el estado de Texas, el país por excelencia de los grandes rodeos de vacas, de los cowboys que equivalen a nuestros gauchos jinetes. Ellos prefieren el revólver al cuchillo y es fama que hacen bailar a los nuevos en el pago disparándoles balas a los pies (...)".
"Los 'ranchs', como llaman a las estancias, término derivado de la palabra 'rancho' se ofrecen a la vista constantemente y me ha parecido que la calidad de los campos no se aproxima siquiera a nuestras praderas naturales. (...) En las vastas llanuras va disminuyendo la vegetación a medida que se sube y avanza hacia el oeste y me detengo un día en El Paso en la frontera de México".
En el viaje por el Cañón del Colorado observa que "los campos áridos y tristes se asemejan a los de nuestra Patagonia norte, sin nada que quiebre la monotonía del paisaje fuera de las plantas de yuca o grandes cactus, que semejan candelabros gigantescos".
Aldao estuvo en 1894 nuevamente en Londres y en París, y recorrió Alemania y Suiza. En 1899 recorrió Chile y cruzó la imponente cordillera. Allí contempló "el soberbio valle del Aconcagua, que fue otrora el camino de nuestra gloria, poblado de árboles y cultivos que contrastan con el aspecto árido y pedregoso de la vertiente argentina".
En su inquietud por conocer el mundo viajó nuevamente a los Estados Unidos y Europa, visitó Rusia y el ferrocarril transiberiano lo llevó a China; pasó a Japón, Hong Kong, Singapur, Ceylán, y cuando pensaba recorrer la India cambió de idea y terminó en Egipto, Atenas, Turquía, los Balcanes, Hungría y Austria.
¿Un ombú en Argel?
Deseaba recorrer Bolivia y el Perú, pero cuando llegó a la quebrada de Humahuaca ante la perspectiva de cabalgar ocho días en una mula para abordar el ferrocarril, desistió de continuar.
Londres era su punto de partida para de allí seguir a Italia, Polonia, el sur de Rusia, Crimea, el mar Negro y Turquestán, donde compara a los jinetes locales con nuestros paisanos por sus aperos "de cuero crudo con la misma cincha de argollas y correones".
En 1905 estuvo en La Habana, pasó por Dakar, Senegal, visitó el canal de Suez, y ahora sí, sacó pasaje a la India por la línea Bombay-Calcuta. El Taj Mahal lo impresionó como el "edificio más bello del mundo".
A su regreso de la India en 1906 pasó a Marsella y de ahí a Argel y, siempre con los ojos mirando la Argentina, admiró desde el tren "caballos enjaezados con el lujo gauchesco de pretales y cabezadas", y le pareció ver un ombú, cuando indagó sobre el nombre le respondieron en francés "ombre": sombra, algo que sin duda buscaban los habitantes de nuestras pampas por el reparo que ofrecía nuestra especie nativa.
El mundo le llamaba la atención y pudo contemplar esos carros altos de cuatro ruedas, que conocimos como "carros rusos" cuando los introdujeron los colonos suizos y alemanes en nuestro país. En 1906 volvió Aldao a su patria.
Mientras cruzaba el Atlántico, nació la idea de dar a conocer sus experiencias en un volumen que tituló "A través del mundo". Bueno sería reeditar esta obra de este viajero insaciable, que después se consagró a hacernos conocer a los que en iguales condiciones, desde diversas profesiones o actividades, recorrieron la Argentina.
Contenidos producidos para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos. El autor es miembro correspondiente de la entidad en CABA.














