“La pelota, la pelota, señor, la pelota”, pedían un conjunto de chicos que hasta hacía un momento jugaban del otro lado de la verja. Se los veía ansiosos por recuperar aquello que les pertenecía, por seguir jugando con la pelota en la escuela.

Pleno de algarabía, lleno de vida en noviembre y diciembre, el patio escolar languidece en enero y febrero mientras los chicos miran en las pantallas una vida que no es así.

“La pelota, la pelota, señor, la pelota”, pedían un conjunto de chicos que hasta hacía un momento jugaban del otro lado de la verja. Se los veía ansiosos por recuperar aquello que les pertenecía, por seguir jugando con la pelota en la escuela.
El señor en cuestión, que pasaba casualmente por la vereda de la Escuela Roca, entendió de inmediato el mensaje y la urgencia de la situación, y a la vez vió la oportunidad de ser una buena persona, sobre todo sensible a la necesidad ajena, y se dispuso a devolverles la pelota.
La Escuela Roca debe su nombre a quien fuera responsable del genocidio conocido como la Campaña del Desierto (1878-1885) y del expolio que le siguió, y del cual todavía se benefician sus herederos. Dos veces presidente de los argentinos, gobernó de manera fraudulenta, antidemocrática y oligárquica. No parece, en consecuencia, el nombre más adecuado para una escuela infantil.
Serían alumnos de primer grado, homogéneos por la edad pero heterogéneos por el aspecto. Jugaban con una pelota en el jardín de adelante de la escuela cuando, dada la intensidad y el entusiasmo del juego, la pelota saltó del recinto, pasó por arriba de la reja y cayó en la vereda justo en el momento en que pasaba aquel señor.
El señor la levantó del suelo. Pero la carne es débil, sobre todo para quienes tienen la pelota en la mano, la vaca atada o la sartén por el mango. Era una pelota de plástico, ya un poco desinflada, barata de comprar pero valiosa a la hora de jugar.
Los alumnos se dieron cuenta de que estaban a punto de recuperar la pelota gracias al buen gesto de aquel señor, que ya se disponía a tirarles la pelota por arriba de la verja. El entusiasmo, la ilusión se hizo entonces casi palpable en la cara de aquellos niños, ajenos a la basura.
Unos días después se sabría, gracias a los medios de comunicación, que por detrás de la Escuela Roca crecía sin respeto ni disimulo otro basural a cielo abierto. Y se quejaban los vecinos de que venían de más allá para tirarles la basura, incluso animales muertos, justo detrás de la escuela.
La carne es débil, en efecto, y para algunos es fácil caer en la tentación de dejar la basura, al sol, en verano, detrás de una escuela, sin considerar que por allá pasan chicos antes y después de clase, y que durante el patio respiran miasmas y malos olores, y se exponen a las moscas.
El señor, ajeno a la basura, aquella mañana de primeros de diciembre, con un calor que anunciaba más calor, comenzó una maniobra histriónica, teatral, narcisista, mediante la cual pensaba impulsar la pelota para que pase por arriba de la verja y caiga en el jardín de la escuela, donde los chicos la esperaban con ansias. Fue entonces cuando sintió el mordisco de la corrupción.
Poco después, el último día de enero, sabríamos que en Argentina aumentó la tasa de mortalidad de bebés menores de un mes. Se mueren muchos, más que en otros países. La carne, en efecto, es débil, y cae con facilidad en la tentación de reducir el gasto en salud materno-infantil.
Los vecinos reclamaban a unos que por favor no tiren basura donde no se puede tirar basura, y a la autoridad municipal que cumpla con la obligación de retirar las basuras, incluso animales muertos, de la parte de atrás de las escuelas.
Pero, como ya sabemos, la carne es débil y cae con facilidad en la tentación de no saber, o de olvidarse, o de dejarlo para el lunes o martes porque hoy es viernes. Bien sujeta la pelota con una mano, el señor aquel dirigió el brazo hacia atrás a fin de tomar más impulso, y con ímpetu juvenil luego impulsó el brazo hacia adelante.
Al llegar al punto exacto en que debía liberar la pelota de las garras de su mano para que, gracias al impulso, saliera hacia quienes la esperaban, mantuvo en cambio los dedos aferrados y la pelota que debía salir, no salió. Había caído, el señor, en la tentación de retener la pelota para sí, dado que su carne, antes fuerte, había caído de pronto en una súbita debilidad.
El desencanto fue mayúsculo, y todo el grupo emitió un grito de reclamo. Mil voces infantiles reclamaron lo que les pertenecía, y seguro que sintieron rabia e impotencia, porque los chicos todavía no entienden qué quiere decir aquello de que la carne es débil, ni conocen aún el viejo truco del sí pero no.
Pero los chicos aprenden rápido y pronto descubren que la excusa de la debilidad de la carne argumenta no pocas tropelías, y el truco del sí pero no lleva a ya no creer más nada de la palabra de según quiénes.
Entonces el señor sintió el mordisco del desengaño, de la estafa, de la palabra que no se cumple. Y comprobó en un segundo cuánto daño hace el gesto teatral, la palabra vacía, la promesa que no se cumple, el abuso de poder, la demora, el discurso oportunista, la burocracia, el fin de semana, el sí pero no.
Y sin perder ya más tiempo, sin teatro ni gestos prometedores, les mandó la pelota por arriba de la verja y los chicos la recibieron con plena algarabía y retomaron felices aquel juego que una pelota perdida había interrumpido. Para que el sí, al menos en la infancia, sea sí de verdad.
Si de mordiscos hablamos y en Carnaval estamos, recordemos que los días de Carnaval, según la tradición, son para liberar la carne de sus ataduras y darle rienda suelta al impulso, porque al día siguiente comienza un período de penitencia, de rigor, de cenizas, de Cuaresma.
Alguien podría entonces sentir, en sus propias carnes, el poderoso mordisco, el poderoso impulso de la carne, y luego podría dejarse caer en la tentación, y esto no es teoría ni es metáfora sino una realidad.
El señor que comentaba continuó su camino. Y pensaba cómo es de fácil acceder a los alumnos de una escuela, y darles o negarles algo. En efecto, hoy en día es imprudente, peligroso, nada responsable, arriesgado permitir que unos alumnos jueguen en la escuela ante la mirada de quien pase por la vereda, y de cuyas intenciones nadie puede asegurar nada.
La carne es débil, y las cosas pasan aún pensando que nada puede pasar, y cuando pasan es que ya pasaron, y ya es tarde para llorar sobre la leche derramada.
La algarabía del jardín de adelante de la Escuela Roca, aquella calurosa mañana de diciembre, contrasta con el silencio, con la soledad, con el abandono del mismo jardín durante los largos días de enero y febrero. Las ratas del basural de atrás podrían disfrutar impunes en dicho entorno escolar, y hacerlo ante la mirada de todo transeúnte que acierte a pasar por allí.
Un jardín, un patio cerrado en verano, y los chicos afuera, enganchados a las pantallas, enfermos por las redes, es una herida que sangra, y que debería avergonzar a muchos. Después las cosas pasan, y no son pocos los que, ante la leche derramada, se rasgan en público las vestiduras y prometen el oro y el moro, o incluso amenazan con hacer algo.
El argumento mil veces repetido de que no hay presupuesto ni personal para atender a las necesidades de la infancia en enero y febrero hace tiempo que perdió toda credibilidad.
Y ahora es todavía menos creíble porque resulta que tenemos generoso presupuesto y tenemos suficiente personal para organizar unos Juegos Suramericanos que no son necesarios, que no son más que pan y circo. Pero no hay presupuesto ni personal para salvaguardar la dignidad de las escuelas, ni de la infancia.