En el mes de mayo celebramos el idish, lengua de los judíos askenazis, especialmente los de Europa Centro-Oriental, porque recordamos el nacimiento de Isaac León Peretz (1852-1915) y la muerte de Scholem Aleijem (1859-1916), dos de los pilares que conformaron, junto a Méndele Moijer Sforim (1836-1917), la trilogía fundacional de la literatura moderna en idish.
Celebración del idish, una identidad cultural profunda
La lengua idish, ligada a la cultura judía askenazi, representa un puente entre la nostalgia del pasado y la lucha por la dignidad en tiempos adversos.

Si Méndele fue el abuelo, fueron Peretz el padre y Scholem Aleijem el hijo, quienes crearon una vasta descendencia que dio alas a ese idioma postergado.
También es el mes del nacimiento del celebrado poeta popular Mordje Guebirtig (1877-1942), asesinado en el Ghetto de Cracovia por un matón nazi, y del fallecimiento del filósofo, escritor y activista social Jaim Zhitlovsky (1865-1943), primer presidente del Idisher Cultur Farband International (ICUF Internacional).
Un dato interesante es que todos ellos se orientaban políticamente hacia el socialismo en sus diversas corrientes.
El idish va más allá de ser simplemente un idioma; las circunstancias históricas los constituyeron en una identidad cultural profunda, de resistencia, de supervivencia y en sí mismo toda una cosmovisión única desarrollada por aquellos judíos.
Calificado peyorativamente como "el idioma de las mujeres" y el hogar, el idish es una de las lenguas del pueblo judío, según lo estableció el Congreso de Chernovitz en 1908.
Cálido, íntimo y emocional, el idish suele asociarse con la familia y los recuerdos hogareños; conmovedor, dulce y emotivo, es componente de una identidad propia, única y diferente a cualquier otra.
Se dice que tiene la virtud reír con un ojo y llorar con el otro, ya que es capaz de resumir situaciones complejas con una sola palabra, comúnmente irónica y/o a través de un nostálgico suspiro, ninguno de ellos carente de un fino humor y con capacidad de enfrentar las adversidades.
Entre fines del s.XIX y comienzos del s.XX, grandes masas de judíos emigraron desde sus pequeñas aldeas perdidas en la estepa rusa (el shtetl) o los oscuros callejones urbanos hacia el continente americano, especialmente Estados Unidos y Argentina.
En esos países, el idish se convirtió en una herramienta de resistencia para conservar su identidad ante un universo que les era absolutamente ajeno y muchas veces hostil. Por eso, muchos señalan que el idish es inteligente porque sabe cuándo callar.
Debido a que la gran mayoría de los judíos askenazis vivían en un tiempo y una región de fronteras cambiantes (hoy prusiana, mañana polaca, más adelante rusa o austro-húngara), se fue formando como una mixtura insólitamente fascinante, condimentada por el antiguo alemán, hebreo, arameo y lenguas eslavas (ruso, polaco).
Por eso, no es de extrañar que haya generado una conciencia flexible, abierta, dúctil y cosmopolita, tendiente a resolver una cuestión respondiendo preguntando, lo cual insinúa un tipo de pensamiento complejo, dialéctico, reflexivo.
El idish es la lengua de ese pueblo, de la feria, el taller y de la cocina, del ama de casa y del obrero, del mercader, del campesino, del estudiante, del joven; era la "lingua franca" de las calles, la protesta, los chistes, los chismes.
Era la manera de comunicarse entre aquellas personas que no compartían la lengua hegemónica y que facilitaba todo tipo de intercambios económicos, culturales, afectivos, sociales. Era la lengua del amor, del cariño, de la queja, de la acusación, de la lucha. Estaba en canciones, manifiestos, contratos, poemas, periódicos, libros, paredes.
Lejos de la sinagoga -donde imperaba el hebreo, que se recitaba, pero que muchas veces no se comprendía su significado- era la lengua laica, democrática y popular que todos hablaban, aun aquellos que no sabían leer ni escribir.
Tanto Méndele como Peretz y Scholem Aleijem supieron captar -en su profundidad y sencilla complejidad- el alma de ese pueblo sufrido y perseguido para llevarlo a la literatura, el periodismo y la poesía. No fueron neutrales.
Y por eso se comprometieron con su tiempo en las causas de la emancipación social y la libertad, describiendo de manera amorosa la vida azarosamente cotidiana de la gente común, de sus pequeñas historias diarias de supervivencia en entornos difíciles, de intensas transformaciones económicas, políticas, ideológicas de un mundo que se derrumbaba y amanecía algo absolutamente desconocido.
A las tradicionales exclusiones a que se veían sometidos por el solo hecho de ser judíos, se sumaban las propias de un feroz y voraz capitalismo que arrasaba con lo consagrado y causaba nuevas tensiones, tanto individuales como colectivas, tanto personales como sociales.
El genocidio perpetrado por el nazifascismo entre 1939 y 1945 (Jurbn en idish, Shoá en hebreo: catástrofe) eliminó en la práctica a la gran mayoría de los idishparlantes. De los 6.000.000 de judíos asesinados por las matanzas nazis, la generalidad hablaba el idish.
Esta es una de las causas de su virtual desvanecimiento como instrumento comunicativo. Si a eso le sumamos la decisión política de los gobernantes del estado de Israel de imponer el hebreo por sobre las demás lenguas habladas por los judíos (además del idish, el ladino, por ejemplo), podremos entender los motivos de que hoy el idish se haya convertido casi -digo casi- en una lengua muerta.
De todas formas, el idish no puede ni debe ser vinculado a la tristeza ni el duelo. Su vínculo es con la memoria de algo que fue y que no será, algo que suena nostálgico y agradable, pero también de resistencia y lucha por la dignidad.
Los combatientes antinazis de ghettos, pantanos, bosques, ciudades y campos de exterminio peleaban en idish; los militantes sindicales de gremios (textil, madera, metalúrgico) luchaban en idish; periodistas, trovadores, poetas, escritores, cantantes lo hacían en idish; Raquel Liberman y las "polacas" engañadas y secuestradas insultaban a sus proxenetas de la Zvi Migdal en idish…
Aunque perseguido y despreciado, pero nunca olvidado, el idish sobrevive como baluarte y refugio de la cultura judía alternativa, laica, no religiosa, una suerte de conexión entre un pasado -ciertamente romantizado e idealizado- y la actualidad.
Es, al decir de Peretz, "di goldene keit" -la cadena de oro-, un puente, una manera de comprender e interpretar el universo, un conjunto de valores y conceptos desde, lo comunitario, el sarcasmo, la fortaleza ante las dificultades y lo popular. El idish era un país... un país sin territorio, sin ejército, sin policía, sin moneda, sin gobernantes… era/es puro pueblo.
Hoy existen algunos valientes reservorios en los que se cultiva: grupos idiomáticos (por ejemplo, en la Asociación Peretz de Santa Fe), coros (Guebirtig de CABA, Freilej de la Asociación Peretz), otras organizaciones, redes y demás formas de resiliencia activa.
En idish existe una expresión muy común, usada por todos; es un saludo que dice "Scholem Aleijem", a la cual se responde "Aleijem Scholem". Tiene que ver con denotar armonía y tranquilidad, pero en realidad se traduce como "La paz sea contigo".
La voracidad y ferocidad del capitalismo es infinita: intervencionismo militar y diplomático, bombardeos, amenazas hambrunas, bloqueos, manipulación informática y comunicacional.
Estamos viviendo una guerra de nuevo tipo, híbrida, fragmentada, proxy y asimétrica, que está desatada a escala mundial como vemos en la Franja de Gaza, Líbano, Yemen, El Sahel, Irán, Mar de la China, Venezuela, Cuba, Ucrania. La presenciamos por redes, por televisión y por cualquier sistema, pero la vemos ya digerida y esterilizada según algún algoritmo que indica qué y cómo mirar.
En definitiva, no vemos la verdad verdadera, sino la "verdad" que se nos quiere mostrar, formateando nuestro pensamiento y adelantando conclusiones. Entre otros motivos -la mayoría de ellos afectivos- por el que reivindicamos al idish es porque se trata de un idioma que no tenía palabra para "arma" ni para "ejército".
En ese contexto, decimos y repetimos ¡Scholem Aleijem!, esperando que recíprocamente nos respondan ¡Aleijem Scholem! Porque queremos y trabajamos por la paz.
No es la paz de los cementerios, ni la "pax americana" impuesta "manu militari", ni la paz del sometimiento. Nuestro camino es otro: es esa paz laboriosa, confusa, compleja y difícil del respeto a las diferencias, de la convivencia democrática, del pluralismo y la colaboración con "el otro". ¡Scholem Aleijem!












