Leí, en el diario del domingo, un clasificado muy particular que decía: "Ayudo ante la muerte, nada se cobra". Ofrecía un teléfono de contacto en Buenos Aires y nada más. Luego de pensarlo unos días me decidí. Mandé un mensaje escueto por Whats App diciendo que no era mi caso, al menos por ahora, que solo era un curioso que escribía sobre la muerte y sus circunstancias.
III. Ayudo ante la muerte, nada se cobra
La inesperada conexión entre un anuncio peculiar y una experiencia personal lleva a un hombre a asistir a otros en sus momentos finales, guiado por enseñanzas tibetanas.

A los pocos días un mensaje de voz respondió. De ahí en más nuestros diálogos, siempre virtuales, se sucedieron. De esos diálogos, este extracto:
En primavera de 1999 regresé a casa luego de dos años en Benarés. Mi padre agonizaba y, aunque nunca tuve un trato afectivo con él, la intuición me ordenó que debía acompañarlo. En mi práctica budista había leído muy por arriba "El Libro Tibetano de los Muertos" (1). Algo recordaba sobre sus enseñanzas y supuse que sería una manera adecuada de asistir a mi padre en sus últimos momentos de vida.
En el tedioso viaje de regreso a la Argentina volví a leerlo. Llegué a su casa justo para intercambiar algunas palabras. Creo que alcancé a mencionar que planificaba ayudarlo a morir en paz y que usaría el libro tibetano. Mi padre era un hombre muy culto y, aunque no dijo nada, me di cuenta que entendió y de alguna manera accedió. Luego entró en coma.
Durante nueve días, de mañana y de tarde me acercaba a su lecho y al oído le mencionaba su situación. Hablé de la muerte, de su muerte, y lo invité a recordar sus vidas pasadas. Le comenté de los seis elementos que se irían apagando de su cuerpo, uno por uno, tal como lo menciona el Libro tibetano.
La tierra se retira primero llevando consigo la fuerza de los músculos; luego el agua que le hará pensar que flota en un océano; el fuego cuya falta le generará un calor intenso y, al final, el aire, que dificultará su respiración. Recién después el espacio y la consciencia…
Entiendo que esto puede sonar hasta cruel, pero según los tibetanos en esta instancia (bardo) reconforta el saber que lo que sucede es perfectamente normal y la muerte llega nuevamente, recordando que siempre estuvo cerca, que esa experiencia a todos nos termina resultando familiar. Hemos muerto muchas veces. Todo humano ha muerto miles de veces…
Al oído le aseguré que tendríamos otra ocasión para zanjar nuestras diferencias de esta existencia y que lo buscaría y que él me buscaría. Pronto, muy pronto, ya que el tiempo es cosa solo de humanos en el plano material. ¡Juro que lo vi gesticular una sonrisa! Complaciente, profundamente amorosa. Luego simplemente falleció.
Tal como lo dice "El Libro Tibetano de los muertos", durante tres días su cuerpo etéreo deambuló por los lugares que quiso en este turno de vida. Así comprendí que mi padre era un apasionado por la vida ya que, como dice el libro, le costó aceptar que había muerto. Intenté, con poco éxito, explicarle esto a sus seres queridos.

Tocó mi hombro el día del velorio, apareció en los sueños de su esposa para indicarle dónde había dejado ciertos papeles del banco y abrazó una tarde al menor de sus nietos, el hijo de mi hermano Raúl, que inexplicablemente estuvo dos días llorando y sin dormir reprochándose no haber llegado a tiempo.
Mi padre se llamaba Héctor Miguel González, falleció el 15 de octubre de 1999 a los 82 años, en su casa de Balvanera, provincia de Buenos Aires. Estoy seguro que en ese encuentro final ambos nos perdonamos. Y fue mejor así. Fue estupendo.
Varios años luego, cuando comenzaba a alejarse el recuerdo de aquellos días intensos en que falleció mi papá, viví un episodio similar. Y entendí el guiño que me hacía el universo.
Un amigo manifestó una extraña enfermedad terminal, era uno de los pocos a quien le había comentado algo de aquellos momentos. Seguramente por eso me pidió que lo acompañe en sus últimos días con la lectura del viejo libro del Tíbet. Lo desempolvé de mi biblioteca, releí lo subrayado y volví a hacerlo. Desde entonces nunca más pude separarme de ese, mi karma en este turno de vida.
Cada tanto, cuando la intuición me lo sugiere, publico el anuncio que usted leyó: "Ayudo ante la muerte". En más de veinte años tuve muchos llamados, asistí casos parecidos, pero cada uno con sus particularidades. Hombres y mujeres, desde niños hasta ancianos, vi gente que quería morir, hasta otros que se aferraban con fuerza a la vida.
Y también me he negado a ayudar a otros, siguiendo siempre mi intuición. Hoy tengo 67 años, dos hijos y seis nietos, me jubilé hace algunos meses y mi vida transcurre con total normalidad. Son pocos, muy pocos, los que conocen esta secreta actividad.
Solo mi mujer sabe que cuando voy a la biblioteca y saco un ajado libro de tapas amarillas, me ausentaré de casa por varios días y volveré exhausto, pero satisfecho de haber cumplido con el precio de estar vivo, como dicen en el Tíbet, mi karma.
Aclaración
(1) "El Libro Tibetano de los Muertos" es una guía que un monje budista lee para orientar al alma en su transición hacia el renacimiento o la liberación. El libro aborda la importancia de seguir las enseñanzas budistas y practicar la atención plena para alcanzar la iluminación.
Se compone de seis secciones: un recordatorio del bardo de la realidad, los versos raíz de los seis bardos, la liturgia religiosa de la autoliberación de las latencias kármicas, las visiones de la autoliberación, una introducción al bardo del devenir y una oración para solicitar la ayuda de los Budas y Bodhisattvas de las Diez Direcciones.
El libro también explica las tres etapas de la muerte y detalla lo que el alma debe experimentar para alcanzar la liberación o transitar por el ciclo del renacimiento.
Atención
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