Hace un par de años recibí un curioso mail de un señor que había leído mi novela "El reencarnacionista, testigo del viaje del alma". Puede decirse, bien puede decirse, que ahí comenzaron a escribirse estas notas que hoy me atrevo a compartir. El correo decía lo siguiente:
II. No hay dudas, Dios existe. Pero… ¿y la vida eterna?
La ciencia moderna, desde la física cuántica hasta la relatividad, reevalúa la existencia de una inteligencia creadora, acercando la fe a la razón.

Estimado señor:
Mi nombre es Edgar Morantes Sola, soy médico, asisto e investigo desde hace más de diez años en la Universidad de Cornell de New York; tengo la suerte de trabajar cerca del Dr. Sam Parnia (1) quien, como seguramente usted sabe, se ha dedicado los últimos años al estudio de las ECM: Experiencias Cercanas a la Muerte. Hablo a diario con él y concurro infaltable a sus charlas. También soy latino, nací en Guatemala y, en consecuencia, católico practicante de crianza.
Le escribo para comentar ciertas novedades que, en virtud de su novela, estimo puede resultarle interesante. Desde el conocimiento académico hoy en día no hay dudas: la inteligencia suprema, el gran ordenador, la consciencia universal como lo llama Parnia, o simplemente el Dios de las religiones abrahámicas existe. De lo que se duda es de la vida después de la muerte. En este punto neurálgico está concentrada la investigación científica por estos días.
Entiendo que esto parece un sinsentido, los católicos, y seguramente los fieles de todas las religiones, siempre dieron por hecho que una cosa tiene que ver con la otra. Aún más, en su origen las religiones son creaciones humanas surgidas para atenuar el miedo a la muerte. Después, en todo caso, se convirtieron en reguladoras de comportamiento humano o prácticas de convivencia para la vida en sociedad, pero en el origen está el humano terror al fin, a la nada.
Le comento:
Desde el surgimiento de la ciencia moderna, hace cuatro siglos, hubo muchos e importantes avances en conocimientos científicos. Se ha convencido a gran parte de la humanidad que la existencia de Dios no era un tema decisivo; casi todo se puede explicar a partir del método científico y lo que no, no existe. Sin embargo, los descubrimientos científicos del siglo XX cambiaron la lógica.
Max Planck (2), desde la física cuántica, y Albert Einstein (3), desde la relatividad general, fueron los precursores. En definitiva, no hicieron más que confirmar la visionaria frase de Louis Pasteur (4): "Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia nos acerca". Lo cierto es que hoy en día lo intuitivo ha quedado en el campo del pensamiento materialista y lo racional es sostener que existe una inteligencia creadora que dio origen al universo y a la vida.
Hace medio siglo, el premio nobel ateo Jacques Monod (5) sostenía que la explicación científica chocaba con tres fronteras insuperables: el segundo previo al Big Bang, el origen del sistema nervioso central humano y el origen del código genético. Pues bien, hoy las fronteras de Dios se ampliaron más aún con el concepto del ajuste fino.
El ajuste fino justifica a Pitágoras (6), que sostenía el universo en clave matemática, una pequeñísima variación en la composición evolutiva de la física, la química o la biología hubiese tornado absolutamente imposible la vida e, incluso, el universo que conocemos. En síntesis, antes la ciencia nos alejaba de la existencia de Dios, hoy nos acerca a él.
Es que en estos tiempos los científicos van por una nueva frontera: la vida después de la vida. Muchas universidades y fundaciones privadas en todo el mundo están estudiando, con criterios científicos, las citadas ECM. Si bien no existe certeza, le puedo asegurar que ha habido avances significativos que pronto se darán a conocer.
Los recuerdos de vidas pasadas, que usted aborda en su novela, supongo de manera intuitiva, es uno de los objetos de estudio, junto con las experiencias cercanas a la muerte y el contacto extrasensoriales con personas fallecidas.
La consciencia se ha convertido en la gran clave, los investigadores comienzan a probar que el cerebro no la produce, sino que la capta de algo superior, que llaman la supra conciencia, otro sinónimo de Dios.
Este correo con semejantes conceptos, que, para algunos, pueden resultar disparatados, a mí me ha quitado el sueño y fue su consecuencia la que me llevó a escribir estos relatos. Intenté comunicarme con el doctor Morantes Sola, pero nunca llegué a hacerlo. Falleció pocas semanas luego del envío que, en apretada síntesis, acabo de transcribir. Creo que, desde donde esté, él algo tiene que ver.
Referencias
(1) El doctor Sam Parnia es director de Investigación en Cuidados Críticos y Reanimación en la Universidad de Nueva York y autor del éxito de ventas “Resurrecciones”. Aclamado por sus contribuciones a la ciencia de la reanimación, ha sido una voz prominente en los medios de comunicación explorando el delicado umbral entre la vida y la muerte.
(2) Max Planck nació en Kiel el 23 de abril de 1858. Provenía de una familia con tradición académica y mostró gran talento para las matemáticas y la música desde joven. Estudió en las universidades de Múnich y Berlín.
En 1900, mientras trabajaba en la radiación del cuerpo negro, propuso que la energía no es continua, sino que se intercambia en cuantos de energía, introduciendo así la llamada “Constante de Planck”. Profesor en la Universidad de Berlín desde 1892 hasta 1926, fue galardonado con el Premio Nobel de Física en 1918.
Su vida personal estuvo marcada por la tragedia: perdió a su primera esposa en 1909, a un hijo en la Primera Guerra Mundial y otro hijo, Erwin, fue ejecutado en 1944 por el régimen nazi, acusado de participar en un complot para asesinar a Adolfo Hitler. A pesar de las presiones, intentó defender a científicos judíos durante el nazismo. Falleció el 4 de octubre de 1947 en Gotinga.
(3) Albert Einstein (1879-1955). Físico teórico alemán, considerado el científico más influyente del siglo XX. Su descubrimiento más importante, en 1915, fue la Teoría de la Relatividad General, con la que revolucionó la física al redefinir la gravedad como la curvatura del espacio-tiempo provocada por la masa y la energía.
Esta teoría superó la visión newtoniana, explicando fenómenos como la órbita de los planetas, la luz curvada y los agujeros negros. Formuló la famosa ecuación E=mc2.
Aunque la relatividad general es su mayor logro teórico, la ecuación es fundamental para la física nuclear, y el efecto fotoeléctrico es clave en tecnología cotidiana como paneles solares. Ganó el Nobel de Física en 1921, por explicar el efecto fotoeléctrico.
(4) Louis Pasteur (1822-1895) fue un químico y microbiólogo francés, considerado el padre de la microbiología moderna. Revolucionó la ciencia al demostrar la teoría germinal de las enfermedades, confirmando que los microorganismos causan infecciones y fermentaciones. Su hallazgo más famoso fue la pasteurización y desarrolló vacunas vitales, incluyendo la de la rabia.
(5) Jacques-Lucien Monod (1910-1976X), fue un relevante científico francés dedicado al campo de biología molecular, a la que hizo dar pasos de gigante en el estudio de las bases químicas de la vida y de la herencia. Plasmó las conclusiones de su investigación en “El azar y la necesidad”, todo un clásico de la ciencia contemporánea.
Ganador del Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1965 - compartido con François Jacob y Andre Lwoff-, “por sus descubrimientos referentes al control genético de la síntesis de enzimas y virus”.
(6) Pitágoras de Samos, fue un filósofo y matemático de la Antigua Grecia, conocido por sus contribuciones en el avance de la aritmética, la geometría y la matemática helénica, y por haber influenciado tanto a Platón como a Aristóteles.
Se lo considera como el primer matemático puro ya que esta disciplina ocupó mayoritariamente (aunque no exclusivamente) sus intereses, y aún conservamos algunos de sus teoremas y postulados, especialmente en geometría y aritmética.
Sus aportes al pensamiento occidental fueron claves y centrales a pesar de que no se conserva ningún texto de su autoría y de que resulta difícil discernir su pensamiento del de sus discípulos. Se estima que murió alrededor de los setenta u ochenta años. No existe una fecha cierta de nacimiento, ni más información certera.
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