Desde que mi consciencia despertó plenamente en esta vida, a los cuatro o cinco años, pensé la muerte. Obstinadamente pensé la muerte. Románticamente, sin miedo ni crudeza, pensé la muerte. Con el paso de los años, aconsejado por mis mayores, me fui dando cuenta que eso no era lo normal. Y lo fui confirmando…
A los chicos de mi barrio ni se les ocurría; pensaban en juegos con pelotas, en los dulces del kiosco de la avenida o en ir de pesca al río y sacar esos enormes peces dorados que los vecinos fotografiaban y los del almacén pretendían comprar. Los más avanzados, hasta en las nenas de la escuela de monjas, pero nunca en la muerte.
Incluso, quienes habían sufrido pérdidas cercanas, rápidamente la quitaban de su mente. ¡No es cuestión para un niño! Concluían mis padres ante cada pregunta que al respecto les hacía, y cambiaban de tema. Ante mi insistencia, … ¡Basta ya! Y punto final.
Pero desde mis sueños se insistía. Noche por medio, se insistía… Fue entonces que comencé a sentirme distinto. ¿A qué se deberá esa extraña obstinación? Intenté muchas veces no pensar más la muerte, pero siempre volvía a ella.
Con nueve años cumplidos, cierto día de otoño, le pedí a mi abuelo Carlos que me lleve a conocer el cementerio.
- ¡El cementerio! ¿Pero hijo, para qué?
Ante mi insistencia y como él nunca me decía que no, fuimos. Fuimos varias veces, solo observando desde afuera. El ir y venir de los coches fúnebres y el trajín de los deudos, siempre de riguroso luto, me hartó, no era lo que buscaba.
Recién después de amenazar con escaparme e ir solo lo convencí para caminar entre las tumbas.
- ¡Pero ahí no más! Por la calle de entrada y sin que se enteren tus padres (condicionó mi abuelo Carlos).
Esa fue una primera aventura inolvidable. Intenté escribirla, pero aún no me salía. No pude más que memorizar algunos de los epitafios en tumbas celebres de la avenida principal. "Aquí yace un gran hombre, esposo fiel, padre cariñoso…" "Nunca te olvidaremos…"
Hoy, cincuenta años después, recuerdo ese día claramente. Marcado en mi memoria, no por el silencio reinante, ni por las lápidas más ostentosas que mi abuelo elegía para leerme; tampoco por el olor a flores podridas. Lo recuerdo por el después, y la mirada desconcertada que me dispensaban los mayores a quienes le contaba, jubiloso, mi aventura entre las tumbas.
El reto de mi madre al abuelo, y su mirada cómplice. Siempre a mi favor. Ese episodio me frenó. No en mi obstinación - aunque quisiera, ya no lo hubiese logrado, marca de nacimiento-, pero si en la forma de trasmitirlo.
Me di cuenta que la muerte, sus interpretaciones y misterios, sería mi secreto y debía atesorar lo que fuera surgiendo. ¡Casualidad! Tenía 12 años cuando murió el abuelo. Y fue mi primer velorio, mi primer muerto cercano, doloroso.
Estuve parado frente al cajón con la mirada fija en el pálido rostro de mi abuelo por varias horas, hasta que mis padres se comenzaron a inquietar. Y fue ahí donde comenzó todo. No antes, ahí comenzó todo…
Mi tía Lala, que en la familia llamaban rara, por ser seguidora de un escritor francés de nombre Allan Kardec (1), se acercó, me tomó de la mano y me llevó a un lugar alejado del resto.
- Dice que va a volver a verte pronto (me largó casi al oído, moviendo la cabeza hacia el cajón).
Y yo sonreí. No sé por qué, pero sonreí. Inexplicablemente e intuitivamente sonreí. Observé la ceremonia mortuoria desde un rincón. La tapa del cajón, el llanto de mi abuela, de mi madre y mis tíos. Las manijas, el esfuerzo empecinado de sus amigos ancianos. Y el coche negro con su puerta trasera que se cerraba de un golpe estruendoso. Y cuando debí llorar, sonreí…
Algo en mi interior se comenzó a despertar, una respuesta. Y no se detuvo hasta que comencé a entender. Y acá estoy escribiendo sobre lo que en verdad quiero y debo contar.
Estas notas se nutren y enriquecen con historias de los lectores. Para contactar con el autor: [email protected] / ricardo.dupuy.ok / com/ricardo. dupuy.7 / https://ricardodupuy.com.ar.
(1) Allan Kardec, cuyo nombre en esta vida fue Hippolyte Denizard Rivail, había nacido en Lyon, 3 de octubre de 1804 y murió en París, 31 de marzo de 1869. Fue, hasta que se dio cuenta, un reconocido intelectual de su tiempo, traductor, profesor, filósofo y escritor.
Cierta noche fue invitado a una sesión para contactar con los muertos, fue en son de burla y terminó convencido. De ahí en más dejó todo y se dedicó a difundir un nuevo movimiento religioso llamado espiritismo.
En 2020, Ricardo Dupuy inició su serie de ciclos literarios en este medio con "Coronavirus, efectos colaterales", siguiéndole en 2021 "El Primer desembarco", la saga en torno al Fuerte de Sancti Spiritu, con el que logró el reconocimiento honorífico de la Cámara de Senadores de la provincia de Santa Fe, la realización de un documental auspiciado por la provincia, la publicación y la distribución masiva en escuelas, así como en embajadas argentinas.
En 2022 dio a conocer "Esplendor, misterio y ocaso del Edificio Plaza Ritz", que fue convertido en podcast logrando record de lecturas en varias entregas. Y en 2023 fue el turno de "Cementerios de Santa Fe", ciclo que derivó en un espectáculo artístico en el Museo a Cielo Abierto (MaCa) de la ciudad de Santa Fe.
Durante 2025, Ricardo y El Litoral se unieron para ofrecer al lector las historias de "Puerto de Santa Fe-KM 584-Margen Derecha", serie que fuera declarada de Interés por el Concejo Municipal santafesino.