Allá por 2018, la selección argentina caía 3 a 0 frente a Croacia en la fase de grupos del Mundial de Rusia. La derrota fue dura. Pero más duro aún fue el juicio que vino después. Las críticas apuntaron, una vez más, a Lionel Messi. Se repetía una frase que para entonces parecía haberse transformado en una sentencia: "Messi juega mejor en Barcelona que en la Selección Argentina".
Lo que Messi me enseñó sobre trabajo en equipo
Su historia en la selección enseña que el éxito no solo depende del talento individual, sino del entorno y la sinergia del equipo.

Dos años antes había anunciado incluso su retiro de la selección tras perder una nueva final de Copa América. Para muchos, el problema tenía nombre y apellido. Con el paso del tiempo, sin embargo, aquella mirada empezó a mostrar sus límites.
Recuerdo una reflexión del periodista español Emilio Pérez de Rozas que, en medio de aquellas críticas, señalaba algo evidente: "(…) se le reprocha a menudo que su rendimiento en el Barça es muy superior, unas críticas muy injustas que esconden maliciosamente la obviedad de que en la selección no tiene ni los compañeros ni el sistema de juego adecuado a su talento".
La observación parecía simple, pero encierra una verdad profunda. Los deportes de equipo funcionan como sistemas. Y los sistemas tienen una característica particular: el resultado colectivo no depende únicamente de la calidad de sus integrantes. De la misma manera que funciona el cuerpo humano: órganos y sistemas.
Un equipo puede reunir talento, experiencia y capacidad técnica. Sin embargo, si las piezas no logran complementarse, si los objetivos no están alineados o si el contexto no favorece el desarrollo de las personas, el rendimiento aún de los mejores termina siendo malo.
Años después, el mismo Messi que había sido señalado como responsable de todos los males levantó la Copa del Mundo en Qatar. ¿Había cambiado radicalmente como jugador? Difícilmente. Lo que había cambiado era el entorno. Había un grupo unido, roles claros, liderazgo compartido, una idea de juego consistente y compañeros que potenciaban las fortalezas de los demás.
Lo diría Jim Rohn, el famoso filósofo empresarial: "Somos el promedio de las cinco personas con las que más tiempo pasamos". Por eso la historia de Messi deja una enseñanza que trasciende al fútbol. Con frecuencia evaluamos a las personas sin detenernos a observar el sistema en el que actúan.
Cuando alguien no alcanza los resultados esperados, la explicación más fácil es atribuir el problema a sus capacidades. La más difícil -y muchas veces la más acertada- es preguntarnos qué está ocurriendo alrededor.
Después de más de diez años liderando equipos de trabajo, estoy convencido de que una de las principales responsabilidades de quien conduce personas consiste justamente en eso: crear las condiciones para que el talento pueda expresarse.
Porque el desafío no es solamente reunir buenas individualidades. El verdadero desafío es construir un entorno donde esas individualidades puedan convertirse en equipo y de esa manera, el que mejores condiciones tiene, más brilla. En definitiva, incluso el mejor jugador del mundo necesita un equipo que lo potencie para alcanzar su mejor versión.











