Recientemente escuché una conversación que estaba sucediendo entre dos amigos, en la mesa de café contigua a la mía. Más o menos podría reproducirla de la siguiente manera:

El tiempo transcurre igual para todos, pero su valor radica en cómo lo utilizamos para aprender y crecer, más allá de esperar beneficios automáticos.

Recientemente escuché una conversación que estaba sucediendo entre dos amigos, en la mesa de café contigua a la mía. Más o menos podría reproducirla de la siguiente manera:
- ¿Qué vas a hacer con la nueva propuesta de trabajo que tenés? ¿Te vas a cambiar de empresa?
- Honestamente no lo sé. En la empresa actual tengo mucha antigüedad, y eso representa una buena parte de mi sueldo.
La conversación siguió y yo intenté concentrarme en mis asuntos, pero me quedó resonando esa palabra: antigüedad. A raíz de ello me surgieron algunas reflexiones.
¿Cuándo fue el momento en que, como sociedad, dimos un valor al simple paso del tiempo, sin importar el contenido? ¿Qué es lo que buscamos premiar? ¿Constancia, lealtad, capacidad? El paso del tiempo por sí solo,... ¿debería generar derechos?
Busqué algunos ejemplos de la vida cotidiana para aclarar mis ideas, y recordé experiencias propias. La carrera universitaria que elegí estaba proyectada en el plan de estudios para ser realizada en seis años. Sin embargo, simplemente por cursar y por más que pasaran los años, no se avanzaba hacia la meta si no se iban adquiriendo conocimientos y dando cuenta de ellos en cada examen.
De hecho, algunos compañeros demostraron tener una mayor capacidad de aprendizaje y han logrado reducir ese plan de estudios a tan solo cuatro años. Recordé también cuando hace unos años aprendí una práctica deportiva nueva. Los primeros movimientos eran lentos, pensados y lógicamente con muchas equivocaciones. Estaba ensayando la técnica.
Pasado un tiempo, gracias al entrenamiento y la capacitación, pude hacer los mismos movimientos en tiempos mucho más acotados; al punto que luego el objetivo era reducir los tiempos, logrando sincronizar todo. Operó allí, además de la perseverancia, un conocimiento cada vez mayor de la técnica necesaria que permitió hacer más (o al menos lo mismo) en menos tiempo.
También pensé en algunas personas mayores de las cuales he aprendido mucho. Veía como característica común en ellas el haber logrado extraer aprendizajes de las situaciones que tuvieron que enfrentar. En esos casos, el tiempo actuó cimentando la experiencia.
Sin embargo, recordé también el caso de algunas personas que, a pesar de haber aquilatado muchos años, han perseverado en algunos errores, como si ciertas "lecciones" no hubieran sido aprendidas.
En definitiva, concluí que el tiempo es inexpresivo. Simplemente está, y transcurre para todos por igual. Sería una pretensión de nuestra parte esperar que nos otorgue beneficios por sentarnos a verlo pasar. Pienso que está en nosotros que ese tiempo pueda ser nuestro aliado y que rinda cada vez más, cuantos más conocimientos tengamos.
Si para hacer una tarea alguien demora dos horas y otra persona, por tener más conocimientos sobre ese asunto, demora media hora... ¿dónde está la causa de esa hora y media extra que la segunda persona dispone para ocupar en otras cosas? En el conocimiento, sin dudas.
Llevado a la vida. ¿Cuántas vidas podrían vivirse en el transcurso de una misma, si logramos reflexionar y aprender de cada experiencia, sin esperar simplemente "la madurez de los años"?
Gracias a esa conversación que involuntariamente escuché en el café, y luego de algunas reflexiones, pude concluir que la mejor manera de aprovechar el tiempo es aprendiendo lo que no se sabe, en todas las áreas de la vida.
Cuánto más valor podría adquirir uno en su vida teniendo presente ese pensamiento y descartando la exigencia de pretender beneficios simplemente por haber visto el tiempo pasar, como si fuera algo externo a uno mismo.