Atrapar el sentido de la música es un cometido harto difícil. Mientras ella nos abraza, no podemos más que rendirnos a su cautiverio; mas luego parece que no podemos volver a su esencia. Algunos hablan de armonía matemática e incluso de un orden cosmológico; otros, de ruido organizado.
"Música latinoamericana, cultura accesible"
El Cuarto Festival Latinoamericano Más Música 2026 reunió a más de cien músicos en un evento abierto y gratuito que celebró la diversidad cultural de la región. Una experiencia que trasciende el espectáculo para convertirse en un espacio de encuentro y aprendizaje colectivo.

Desde la mitología, Orfeo, con su lira, resiste a la muerte. Pareciera, pues, que el ser humano puede escapar a su destino mundano cantando. Esa mística y ese ritual convocante, que nos sustrae de un tiempo de frialdad cotidiana, se hicieron presentes en el Cuarto Festival Latinoamericano Más Música 2026.
Adriana Quaglia (Sonando Asociación civil), Miguel Ángel Rojas Hevia (Naturaleza Musical de Brasil) y Victoria Díaz Geromet (Somos Música), organizadores y creadores del Festival, hicieron que bajo una premisa tan sencilla como profunda, "Música latinoamericana, cultura accesible", más de cien músicos ocuparan la escena para construir algo que, por momentos, parecía exceder al propio espectáculo.
Porque cuando más de cien personas se reúnen para hacer música, lo que sucede no puede reducirse solamente a la suma de instrumentos, voces y partituras. Hay algo que excede la matemática. Cada sonido trae consigo una historia. Cada canción carga una memoria.
Cada intérprete llega desde su propio mundo para aceptar, por un momento, el desafío de escuchar al otro. Y acaso sea allí donde la música comienza verdaderamente: no en la primera nota, sino en ese instante anterior, cuando el silencio todavía contiene todas las posibilidades.
Antes del concierto
La música no comenzó en La Redonda ni cuando más de cien músicos ocuparon el escenario, había comenzado antes. En los ensayos, en las salas, en las conversaciones, en las manos que aprendían un ritmo y en las voces que buscaban su tono. Había comenzado en ese paciente ejercicio de repetir, equivocarse, volver a empezar y aprender a escuchar al que está al lado.
El sábado 15 de agosto, el Liceo Municipal abrió sus puertas para la apertura del Festival y un ensayo general abierto al público. Durante tres horas, el público pudo asomarse a ese territorio que habitualmente permanece oculto detrás del espectáculo: las pruebas, las repeticiones, las entradas que todavía necesitan encontrarse, las miradas que buscan una señal y el paciente trabajo de hacer que muchas voces encuentren un mismo pulso.
No era todavía el concierto. Y, sin embargo, la música ya estaba sucediendo. Tal vez porque un ensayo abierto permite descubrir algo que el resultado final suele ocultar: la maravillosa fragilidad del proceso. Ninguna gran obra aparece de pronto. Antes hay incertidumbre, hay errores, hay intentos. Hay que volver a empezar. Hay que esperar al otro.
Al día siguiente, el Festival desplegó otra de sus dimensiones. En el Club Candioti, durante la mañana del domingo, músicos, docentes y participantes compartieron la Metodología del Más Música, una experiencia de formación e intercambio que contó con invitados provenientes de Río de Janeiro.
Carolina Faria de Oliveira, cantante y musicoterapeuta; Miguel Ángel Rojas Hevia, organizador del Festival, musicoterapeuta y exintegrante de las Orquestas Escuela de Venezuela; y Wallace Vargas Martins, músico y musicoterapeuta, llegaron para compartir sus experiencias junto a Adriana Quaglia y Victoria Díaz Geromet, representantes de Sonando Asociación Civil y Somos Música de Santa Fe.
Porque antes de subir a un escenario hay que aprender a escuchar. Y acaso esa sea una de las enseñanzas más profundas de toda experiencia colectiva: ninguna orquesta, ningún coro, ninguna murga puede existir si cada uno decide interpretar solamente su propia canción. La música exige algo que nuestro tiempo parece olvidar con frecuencia: escuchar el ritmo de los otros.
Una obra hecha de canciones
A las cinco de la tarde, La Redonda recibió finalmente el Gran Concierto. Abierto, gratuito y accesible. Más de cien músicos en escena. Pero quizás decir "más de cien músicos" sea todavía insuficiente. Porque lo que allí se puso en juego no fue solamente una cantidad. Fue una multiplicidad. Distintas edades. Distintas historias. Distintas maneras de acercarse a la música.
Y un repertorio capaz de construir, canción tras canción, un pequeño mapa de nuestra identidad latinoamericana. La obra comenzó con "Todos juntos", como si desde el primer acorde el Festival quisiera anunciar aquello que constituía su propia razón de ser. Todos juntos. No como una consigna vacía, sino como una forma concreta de hacer música.
Después llegó "Seguir viviendo sin tu amor", de Luis Alberto Spinetta, y con ella esa particular melancolía que el rock argentino supo convertir tantas veces en belleza.
Luego, "Zona de promesas", de Gustavo Cerati, abrió otro paisaje emocional, uno de esos lugares donde la música parece capaz de nombrar aquello que todavía no sabemos decir. La obra continuó recorriendo territorios. "También a mí" sumó otra voz al viaje.
Y entonces apareció "Luna la Paloma", en una intervención donde las infancias tuvieron también su propio modo de habitar la escena. Una estrella hecha de papel acompañó ese momento, pequeña y luminosa, como esas cosas que parecen sencillas, pero terminan quedándose en la memoria.
Después llegó "Cosechero", y con ella el folclore, la tierra, el trabajo y esa memoria profunda que ciertas canciones conservan, aunque pasen los años. Pero el viaje no se detuvo allí. Brasil apareció con "Samba de una nota sola", y la música volvió a recordarnos que Latinoamérica no es una frontera sino una conversación permanente entre pueblos, ritmos y culturas.
Llegaron luego "Tataralí" y "Qué será que es", canciones que acercaron nuevamente la experiencia a ese territorio donde la música, el juego, el movimiento y la infancia parecen encontrarse naturalmente. Y finalmente, para cerrar la obra, "Cancioncita", de La Delio Valdez. Una última canción. O quizás una última invitación a seguir cantando.
Porque un repertorio también puede ser una manera de contar una historia. Y este repertorio parecía hacerlo: Argentina, Brasil, el rock, el folclore, la murga, las infancias, la memoria y la música popular encontrándose en un mismo escenario. No había un único género. Había una identidad hecha de muchas identidades.
Las Chicharritas
En ese entramado apareció también la Murga Las Chicharritas. Con la presencia de la profesora Eugenia Zorzi y quien esto escribe, siempre juntos y acompañando con todo su corazón. Una murga nacida en Santa Fe desde el corazón de las infancias y para ellas, que llegó al escenario de Más Música con una historia propia, construida mucho antes de que comenzaran las luces del concierto.
Porque para una murga de niños y niñas, tocar no es solamente tocar. Es encontrarse. Es aprender a sostener un ritmo colectivo. Es descubrir que el propio sonido importa, pero que también importa el sonido de quien está al lado. Es aprender a esperar. A entrar cuando corresponde. A escuchar. A equivocarse sin que el error sea una derrota. Y, sobre todo, a ocupar un espacio.

Las Chicharritas llevaron a La Redonda algo que no puede medirse únicamente en minutos de escenario: llevaron la experiencia de unas infancias que se reconocen como protagonistas de la cultura. No estaban allí como espectadores. No estaban allí para que los adultos hablaran en su nombre. Estaban allí haciendo música. Y esa diferencia es enorme.
En un tiempo donde muchas veces pensamos a las infancias desde aquello que todavía les falta, la escena permitió invertir la mirada. Los niños y las niñas no estaban esperando convertirse en artistas. Ya estaban haciendo arte. No estaban esperando algún día participar de la cultura. Ya eran parte de ella.
La accesibilidad como forma de encuentro
El Festival llevó desde su propia definición una idea fundamental: cultura accesible. Y la accesibilidad, cuando se vuelve experiencia concreta, deja de ser una palabra administrativa para transformarse en una pregunta profundamente política y cultural: ¿Quiénes pueden estar? ¿Quiénes pueden participar? ¿Quiénes pueden crear? ¿Quiénes pueden ocupar un escenario?
El Gran Concierto fue abierto, gratuito y accesible. Pero quizás la verdadera accesibilidad comenzó mucho antes, en la posibilidad de encontrarse, aprender, ensayar y formar parte. El Festival fue organizado por Somos Música, Sonando Asociación Civil y Naturaleza Musical de Río de Janeiro, con el acompañamiento de instituciones y organismos vinculados a la cultura, la accesibilidad y las políticas públicas.

Participaron también estudiantes del Instituto Superior de Música, bajo la conducción de Lía Zilli; integrantes de Asociación Nueva Cultura; cantantes y artistas invitados como Tatiana Escobar y Martín Peña; y Natalia Cravero y Betiana Gorosito, quienes sumaron sus intervenciones.
Detrás de una experiencia semejante hay siempre una trama que pocas veces aparece en la fotografía final. Personas que organizan. Docentes que ensayan. Músicos que viajan. Familias que acompañan. Instituciones que abren sus puertas.
Alguien que consigue un instrumento. Alguien que prepara un escenario. Alguien que se ocupa de que todos puedan estar. La cultura también se construye con esos gestos silenciosos.
Cuando la ciudad canta
Quizás por eso La Redonda no fue simplemente el lugar donde ocurrió un concierto. Durante unas horas fue otra cosa. Fue un territorio común. Allí convivieron generaciones, experiencias, músicas y recorridos diferentes. Un estudiante podía compartir escena con un músico experimentado. Una niña podía encontrarse con una melodía que había escuchado muchas veces.
Una murga podía integrarse a una experiencia latinoamericana más amplia. Y entonces la música volvía a mostrarnos algo que sabemos pero que olvidamos con demasiada frecuencia: que nadie hace música completamente solo. Una voz necesita de otra voz. Un tambor necesita escuchar el silencio que lo precede. Una melodía necesita del acompañamiento.
Y una comunidad necesita aprender a escuchar sus diferencias sin intentar hacerlas desaparecer. La música no elimina las diferencias. Las organiza. Las pone en relación. Las convierte en posibilidad. Quizás eso fue Más Música. Una manera de reunir aquello que normalmente aparece separado. Una manera de recordar que la cultura puede ser accesible, compartida y colectiva.
Una manera de decir que la música latinoamericana no está solamente en los libros ni en los escenarios profesionales: está también en las escuelas, en los barrios, en las murgas, en los cuerpos de los niños y niñas, en los patios, en los ensayos y en la memoria de quienes cantan.
Después de la última nota
Luego, como ocurre siempre, el concierto terminó. Los instrumentos volvieron a sus estuches. Las luces comenzaron a apagarse. Las familias emprendieron el regreso. El escenario quedó vacío. Y, sin embargo, algo permanece. Quizás sea esa la verdadera dificultad de atrapar el sentido de la música. Mientras sucede, nos rendimos a ella.
Nos dejamos llevar por una melodía, por una voz, por un ritmo que logra, aunque sea durante unos minutos, suspender el peso del mundo cotidiano. Después queremos explicarla. Queremos saber qué fue aquello que sentimos. Pero la música ya se ha ido. O quizás no. Quizás continúa en quien vuelve a su casa tarareando una canción.
En quien recuerda el momento en que un niño subió por primera vez a un escenario. En la amistad que nació durante un ensayo. En la familia que vio a su hijo o hija tocar junto a otros cien músicos. En Las Chicharritas guardando nuevamente sus instrumentos. En quienes ya están pensando en el próximo encuentro.
Desde la antigua historia de Orfeo hasta una murga de niños y niñas de Santa Fe, el ser humano parece insistir en lo mismo: cantar contra el silencio, tocar contra el olvido, reunir sonidos para decir aquello que las palabras no alcanzan. Tal vez nunca podamos atrapar completamente el sentido de la música. Pero podemos reconocer aquello que ocurre cuando ella nos reúne.
Podemos reconocer el instante en que una multitud deja de ser multitud y se convierte en comunidad. Podemos reconocer ese momento en que más de cien músicos respiran juntos antes de comenzar. Podemos reconocer a una niña sosteniendo un instrumento. A un niño esperando su entrada. A una murga ocupando un escenario.
A una ciudad escuchándose a sí misma. Y entonces quizás comprendamos que la música no siempre necesita ser explicada. A veces alcanza con dejarla suceder. Y cantar. Todos juntos.














