¿Cuándo fue la última vez que se preguntó para qué está viviendo? No cuántos pasos dio. No cuántas tareas tachó. ¿Para qué? Hay apps para dormir, medir y gestionar todo. Casi ninguna existe para lo humanamente esencial. Conclusión anticipada: no hemos dejado de creer, solo hemos cambiado de altar.
Contentamiento y rendimiento: liturgias de la inmanencia
La tecnología redefine la espiritualidad moderna, sustituyendo antiguos rituales por métricas digitales. ¿Qué implica esta transición para nuestra existencia?

Donde antes había templos, hoy abrimos aplicaciones digitales. Donde antes había peregrinación, ahora hay métricas de rendimiento. La cultura actual ha reducido dos disposiciones existenciales a handling projects: la autorrealización y el contentamiento. La primera promete convertirnos en "nuestra mejor versión". La segunda susurra: respira, acepta, fluye.

¿Quién objetaría querer ser mejor y estar en paz? El problema aparece cuando ambas se cierran sobre la inmanencia. El yo se vuelve origen y destino de sí, y la productividad, brújula. Pero esta brújula, absurdamente, no marca el norte. El individuo, por otro lado, no quiere una vida buena, quiere vivir bien.
Conviene, entonces, distinguir autonomía de autodeterminación. La primera gestiona medios y procesos. Es la soft-skill de quién sabe cómo. La autodeterminación pregunta por los fines: cómo vivir y, sobre todo, para qué. Una médica puede cumplir todos sus indicadores y sentir que la lógica instrumental desplazó a la ética del cuidado.
El hospital funciona. La vocación, no. Cuando los medios ocupan el lugar de los fines, la autonomía se vuelve rendimiento per se. Algo semejante sucede con el contentamiento. En su versión noble, enseña ecuanimidad ante lo que no controlamos. Pero su versión actual, manipulada por el mercado, es técnica emocional, no sabiduría.
Pacifica sin orientar. Calma sin discernir si lo que aceptamos es justo, verdadero o digno. La consigna "fluye" puede ser higiene del deseo, pero también renuncia a pensar. La angustia abrió grandes preguntas durante siglos. Hoy se la trata como síntoma a aniquilar para que no interrumpa la eficiencia.
Nada de esto nace de la nada. Venimos de un largo desencantamiento. La naturaleza dejó de hablar su lengua sagrada. El yo aprendió a blindarse. La vieja quaestio, ¿qué es lo bueno?, fue sustituida por otra más pedestre: ¿qué me hace bien? No se trata de demonizar este nuevo way of life.
El problema no es la app de respiración; el problema es que esta ocupe el lugar de la pregunta por qué respiramos. El diagnóstico es claro: Dios no es negado. Es tristemente irrelevante. ¿Qué hacer? No hay receta, pero se puede empezar por no buscar el sentido de la vida en la última aplicación de Apple. Hay que abrir "ventanas".

La primera es el otro: comer, conversar o llorar con otros sin convertirlo en contenido publicable. La segunda es la gratuidad: escuchar sin calcular, contemplar sin planificar, cocinar para quien no puede devolver el favor. Lo inútil, paradójicamente, puede sostenernos humanamente.
La tercera es el límite elegido: un sabático digital, una oración diaria, una hora sin agenda. Saber decir no a algo es condición de un sí más pleno. A esas ventanas hay que añadir un ascetismo de la atención. En una economía de la distracción, mirar lo que importa es una forma de resistencia.
El color de los ojos en el rostro del otro, la obra in-útil, la belleza que no se compra: estas cosas no caben en la pantalla de un iPhone. No necesitamos una versión premium de la tranquilidad. Reabrir la pregunta por lo verdadero, lo bueno y lo sagrado no es nostalgia, es impedir que lo humano se contraiga hasta caber en un hardware.
Si volvemos el semblante con atención fiel hacia los otros, hacia la gratuidad, la autorrealización recuperará espesor. El contentamiento cederá su lugar a algo más exigente: la felicidad, que no es wellness sino eudaimonía que se recibe y no se gestiona, se habita.
La vida, para terminar, dejará de ser horizonte inmanente para la proyección de mis planes y se convertirá en promesa de paz fecunda. ¿Abrimos las ventanas?
El autor es profesor de Filosofía e investigador de la Universidad Católica de Santa Fe sede Rosario. Docente de Lenguas Clásicas, Ética y Seminario de Filosofía Contemporánea en el CCC-Licenciatura en Filosofía. Director de un proyecto de investigación para investigadores formados de la SeCyT de la UCSF.











