¡Felices Pascuas! En esta oportunidad escribo, no a partir de la consulta puntual de un lector, como solemos hacerlo, sino en función de la fecha que nos concierne: el domingo de Resurrección. Entiendo que mis lectores no son necesariamente católicos ni cristianos, ni siquiera tal vez religiosos; por lo tanto, quisiera escribir sobre el sentido de esta celebración, de un modo que incluya a todos.
Perdón y gracias
La pasión de Cristo simboliza el dolor del amor verdadero, que se transforma en una experiencia personal, más allá de posesiones y egoísmos.

Como ocurre con la Navidad, aunque no siempre tenemos presente su mensaje, todos la festejamos. Con la fecha de hoy ocurre algo semejante. Así que, si les parece, compartiremos una reflexión, sin intención dogmática, con vocación de diálogo. La Pascua se anticipa con la cuaresma y una invitación a la conversión.

¿Por qué hasta quienes están convertidos, los creyentes, igualmente tienen que volver a vivir ese pasaje? Un modo simple de entenderlo podría estar en decir que la vida se olvida de sí misma. ¿Qué quiere decir esto último? Cuanto más nos acordamos de nosotros, de los intereses mundanos y egoístas, más nos olvidamos de la vida que habita en nosotros.
Convertirse no es suscribir a un dogma, sino volver a abrirse al misterio de la vida. ¿Para qué nacimos? ¿Qué hacemos en este mundo? Cuando el Yo se afirma demasiado, se vuelve arrebatador y posesivo, quiere tener más y más cosas para llenar su vacío. Así es que confunde lo estable con lo seguro y desconfía de la exterioridad.
La vida necesita revelarse (también rebelarse). Cada tanto ocurre que algo nos despierta del automatismo cotidiano y nos damos cuenta de que estamos vivos. Estamos vivos, sin ser los dueños de la vida. Podríamos decir que la vida nos vive, que vive en nosotros. Este es el principio en que se asienta la conversión. Cualquiera que se reencuentra con la vida, experimenta el llamado a la conversión.
Ya no puede seguir siendo el mismo. Ahora bien, el tránsito de la conversión lleva a la pasión (de Cristo). ¿En qué consiste la pasión? En que hay una experiencia del sufrimiento por la que la vida, además de revelarse, se transforma en propia. Que la vida sea propia no quiere decir que sea de uno.

Una vida propia no es mi vida. Es la vida que acepté vivir, con el sufrimiento que me acompaña, con el peso de una cruz en la espalda (diferente de una mochila en los hombros). Hace poco un hombre me contó que tuvo una linda conversación con su ex-esposa, en la que esta le dijo que él no se había dejado amar. Él se quedó pensando, ¿en qué consiste dejarse amar?
Cuántas veces queremos ser amados, pero ¿para qué? A veces alguien busca ser amado para obtener un beneficio narcisista, o para ejercer un dominio sobre el otro. Ser amados, en cambio, es la fuente de una gran responsabilidad. A veces, ser amados es que no nos amen bien, que no nos quieran como queremos. Es todo un desafío ser amados, como lo es dejarse amar.
La pasión es la tragedia de un hijo amado, que también se dejó amar, hasta la traición. Se dice que Jesús vino a salvarnos, a librarnos del pecado, ¿qué quiere decir esto? La de Jesús es más que la muerte de un inocente como un chivo expiatorio. Se trata del dolor infligido a través del amor.
Nosotros,... ¿vamos a dejar que el amor nos duela? Y en lo injusto de ese dolor, somos perdonados. En el fin de una relación que no cuidamos; en una reacción que lastima, etc.; pero de la misma manera, al revés: pensémonos como ese Cristo que tiene que tolerar y soporte el dolor de aquellos que deberían haberlo amado.
No olvidemos que lo traicionó uno de sus discípulos. Y otro lo negó tres veces. Y los demás huyeron con miedo. ¿Nos dejaremos amar hasta ese punto? La cruz es el amor que nos duele. ¿La llevaremos con dignidad? La cruz es el amor que nos perdona.
Si se dice que Dios envió a su hijo a que redimiera el mundo, es porque trajo un nuevo amor, uno desconocido hasta ese momento. Salva de los pecados, porque enseña una manera inédita de amar. En la experiencia de la pasión se trata de ser amados sin garantías. Los vínculos crecen en la diferenciación. Si los niños no traicionaran a sus padres no crecerían. Si no les mintieran de vez en cuando tampoco.
Están perdonados, a pesar de sus pecados, por el amor. Por eso la pasión concluye con una Resurrección. Esta última representa el acceso a una nueva vida, a través del misterio del amor. Ya no solo será la vida revelada, sino la vida que se vuelve propia y, además, salvada. En este punto, el perdón cede a la gratitud.

En un domingo como este, descubrimos un estatuto del perdón que no se queda en el nivel de perdonar a quienes nos lastimaron, sino que avanza un poco más: somos perdonados por amar con dolor; por no haber sabido amar y por no habernos dejado amar hasta el fin.
Este es un misterio, el del perdón que no se basa en la compensación del agravio, en el señalamiento del verdugo ni en el acto maldito, sino en la paciencia, en la pasión de un amor que nunca antes se había sentido.
Jesús se convierte en culpable-inocente y perdona a los pecadores, que no lo son por alguna transgresión, sino por no haber sabido amar y por no haberse dejado amor, como él los amó. Con la manifestación de ese amor, el perdón deviene gratitud.
Espero que esta breve reflexión transmite, al menos parcialmente, algo del mensaje de la Pascua como celebración de un renacimiento y oportunidad de reconciliación. Esta fiesta no es solo para quienes creen; tal vez sea para empezar a creer.
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