Nos escribe Natalia (32 años, San Miguel): "Hola Luciano, ¿cómo estás? Te escribo ya que vivo malhumorada. Siempre tengo la impresión de que todo me sale mal. Leí algo que escribiste hace poco, sobre la 'totalización' de las decepciones y me llegó, sentí que era para mí, así que por eso te escribo, me gustaría que digas algo más sobre esto, porque me serviría mucho".
Querida Natalia, muchas gracias por tu mensaje. En principio, te agradezco por leerme con regularidad y tener en cuenta ese texto anterior. La "totalización de las decepciones" me recuerda esa expresión de la sabiduría popular en la que se habla de "hacer de un pelo una soga"; es decir, se acumulan las circunstancias y se las relaciona dotándolas de una intencionalidad.
¿Viste que hay personas que también lo dicen de este modo: "Se me juntó todo"? En la consulta terapéutica es muy común. Por eso también se habla de separar la paja del trigo y, en resumidas cuentas, de aprender a no hacerse más problemas que los necesarios.
¡Ojalá fuese tan fácil como decirlo! Estamos habitualmente formateados para hacer de la preocupación un modo de vida. Así es como también se dice que es mejor ocuparse, antes que preocuparse; pero prefiero hacer la distinción de otro modo: una preocupación sana es la que permite seguir viviendo.
La preocupación no es el estado de anticipación en que se vive pensando en lo que va a pasar. La buena preocupación es la que, en cada momento, se pregunta qué se puede hacer y, si no se puede hacer nada, esperar. Distintos filósofos han dicho que muchas más veces nos hacemos sufrir por cuestiones imaginarias que, luego, no ocurren.
¿Por qué nos pasa esto? Creo que el principal motivo es un rasgo personal y no tanto un aspecto de la realidad. Me refiero a lo que llamaré "autocompasión". En este punto, cabe una aclaración. Con este término menciono una actitud en la que alguien se ensimisma y se queda regodeándose en la situación en la que está.
La autocompasión no es la piedad que se puede tener por uno mismo cuando se pasa un mal momento. Tampoco se relaciona con la capacidad para perdonarse ciertos yerros más o menos inevitables. Uno no puede ser más severo con uno mismo que con los demás, aunque parezca paradójico decir esto.
No se trata, entonces, de que sea excesivamente rígido con los otros. Al contrario. Si es el caso de otro refrán, podríamos decir que "Nadie es profeta en su propia tierra". Aplicado a este argumento es como decir que acostumbramos a ser más bondadosos con los otros sobre aspectos en los que nos pegamos con un caño.
Pero no nos vayamos del tema que nos convoca, querida Natalia; pensemos la pregunta que tan amablemente me proponés y, para eso, te propongo que pensemos en una situación cotidiana, aquella en que ocurre algo (por ejemplo, se rompe el teléfono, se queda el auto, el colectivo demora más de lo habitual, etc.) e inmediatamente ese efecto recae sobre nuestra persona y decimos "Me arruinó el día".
¿Te pasó alguna vez? Seguro que sí. En ese momento no solo se trata del hecho, sino de su impacto. Lo vivimos como el tipo de desgracias que nos ocurren (solo) a nosotros. Así es que surge el síndrome de la nube negra o, como dice el saber popular, afirmamos: "Estoy pillado por los perros".
Es interesante notar que, en este punto, pasamos del hecho a la sucesión de episodios, ya que cualquier traspié cotidiano se vuelve otro incidente en la construcción de nuestro destino funesto. Seguramente aquí algunos cognitivistas hablarían de "sesgo confirmatorio", en la medida en que cualquier mínimo episodio es suficiente para ratificar que está todo mal.
Los psicoanalistas hablaríamos de "posición subjetiva". Pero,... ¿qué es una posición subjetiva? Una matriz de interpretación, por la que pasa a importar menos lo que ocurre que el modo en que se lo padece, la manera en que nos ubicamos respecto de lo ocurrido; en este caso, de forma autocompasiva.
Sin duda hay una autocompasión de la buena y otra de la mala. La primera es la que permite tomar distancia respecto del superyó (instancia psíquica que encarna la severidad) y su exigencia, para decir: "Bueno, estas cosas pasan". Mientras que la otra, la autocompasión maligna, es la que enfatiza: "Esto me pasa a mí por ser quien soy".
El problema de esta última formulación es que -si la leemos finamente- plantea que para ser es preciso sufrir desgraciadamente. En efecto, la autocompasión puede ser una de las maneras en que se expresa el masoquismo moral.
Esta es una cuestión sobre la estuvimos conversando con colegas en estos días, a partir de la supervisión de diferentes casos, nuestros y de otros, que nos hicieron pensar que en algunos tratamientos es preciso trabajar durante un tiempo para conmover esa corteza (certeza) autocompasiva, para que el conflicto subjetivo adquiera luego toda su dimensión.
La pregunta maldita "¿Por qué me pasa esto a mí?" dice mal la pregunta que motoriza el análisis "¿Qué puedo hacer con lo que me toca en este asunto?". Ahora bien, para eso es que se necesita salir de actitud autocompasiva de decir "Pobrecito yo". ¿Por qué no me podía pasar? ¿Quién tiene una vida sin contratiempos?
Querida Natalia, de regreso en el inicio de tu mensaje, pregunto: ¿es que todo nos sale mal, o que de antemano esperamos las malas noticias? ¿Vivimos malhumorados porque hay motivos para perder la alegría, o porque el malhumor nos exime de tener que preocuparnos de manera saludable?
Este es uno de los temas más delicados de la psicoterapia, porque expone ese punto en que hay un cruce entre la realidad y la actitud que uno asume. Como se pregunta el personaje principal en el inicio de una película: ¿Estoy triste porque escucho canciones tristes o escucho canciones tristes porque estoy triste?
En nuestro caso esa será la pregunta del final del artículo y, para complementar el filme, vamos a recordar la frase de la canción de Gustavo Cerati que afirma: "Ponés canciones tristes para sentirte mejor".
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