Me encuentro aquí, de nuevo, frente a las escalinatas del Hospital Pirovano en la ciudad de Buenos Aires. Viajé desde mi ciudad para contarles esta historia desde este preciso lugar. Mi increíble historia. Soy consciente que muchos lectores de esta columna van a creer que es fantasía, un delirio. Pero confío que a algunos pocos les podrá resultar útil, de alguna manera.
V. El fin del miedo a la muerte
El relato de un hombre que, tras un ACV, explora la vida más allá de los sentidos, hallando en la reencarnación una nueva oportunidad de existencia.

Llegué a este hospital en un frio invierno luego de sufrir un accidente, de esos que hoy se denominan ACV. Me internaron en una sala de urgencias en el quinto piso. Ahí quedé, desahuciado por los médicos, esperando una piadosa muerte o algún milagro. Pasado un tiempo impreciso comencé a despertar. Al principio, aturdido.
De a momentos fui tomando conciencia de que estaba ahí, sin dolor y sin valerme de mis sentidos que permanecían inactivos por completo. Fui despertando poco a poco de un profundo sueño. Emergiendo de las profundidades del mar. Del mar de la consciencia.
Con el pasar de los días algo extraño comenzó a suceder. Algo que me cuesta mucho explicar con palabras. Intentaré, pero sé que resulta complicado comprender en toda su enorme dimensión. Era yo, sin dudas, con mis recuerdos, mis afectos, mi vida. Pero yo fuera de mi cuerpo; mi cuerpo que se veía como un objeto más dentro de la terapia intensiva del hospital.
Primero supuse que se trataba de un sueño, de a poco me di cuenta que esa sensación persistía incólume, pero de a ratos. No estaba muerto empero me había desconectado de mis sentidos corporales. Inexplicablemente no de mi cuerpo.
Ese hombre tirado en la camilla, aturdido y entubado era yo, pero algo mío estaba fuera de ese cuerpo. Supongo que esa sensación duraba segundos, a lo sumo minutos, aunque sinceramente no estoy tan seguro.
Con el tiempo, comencé a disfrutar de ese estado, hasta me divertía y de alguna manera me alegraba verme así. Mi barba crecida, las sábanas inmóviles, las visitas de los médicos y las enfermeras. Incluso recuerdo que logré asomarme a la ventana y ver las escalinatas, las mismas escalinatas donde hoy me encuentro.
Vi seguido a Elena, que entraba en el cuarto, tocaba mi mano, acomodaba las sábanas y lloraba en silencio. Intentaba, desde mi nube comunicarme pero nunca pude lograrlo. Quizás eso era lo único que me traumatizaba. Impotente. Tan cerca, pero incomunicados.
Sentía un olor raro, mezcla de antisépticos, alcohol, lejía y otros desinfectantes. También escuché música que llegaba desde afuera y la voz de la gente que pasaba por la calle. Percibía, sí percibía sin hacer uso de mis sentidos.
Un día como tantos volví a sentir mi cuerpo. Una voz desconocida me hizo ver que estaba llegando a su fin. Por primera vez pensé en la muerte…
- ¡Pollo, vas a volver!!! (largó la voz)
Volví al sueño profundo, pero desde mi cuerpo, con molestias musculares por la quietud, por el suero que seguía goteando, por el aire que entraba en mis pulmones, y la sed y el hambre. Toda una novedad. ¡Esa voz! Era mi abuelo, el único que me llamaba así… Pollo, lejanamente lo recordé, murió cuando yo era un niño, pero era él.
Dijo otras cosas que también recuerdo, pero prefiero guardar. Y fue así que de pronto vi a Elena sonriendo y a los médicos desenchufar los aparatos que me sostenía a la vida, y pude beber, y pude comer. Y al poco tiempo me incorporé de la cama y caminé y salí de alta bajando estas viejas escalinatas del Hospital Pirovano.
A muy pocas personas le comenté lo que hoy cuento acá, es que pensé que me tomarían por loco o algo por el estilo, en aquellos años no eran frecuentes estos casos, o bien, el que lo había pasado no solía contarlo.
Volví a ser Gregorio Murúa, pero mi vida cambió. Cuando me lo proponía podía salir de mi cuerpo y navegar por el afuera. Incluso, en ciertas oportunidades, saqué provecho de ese "don". Pavadas, cosas menores.
Siempre respeté esa apertura que Dios me había dado. Y, por supuesto, perdí por completo el miedo a la muerte. Más allá de esto, viví en adelante una existencia normal, como tantos otros. A los 78 años, en la cama de mi casa de fin de semana y junto a mi esposa, mis tres hijos y mis cinco nietos, sonriendo y dando gracias a todos me dejé morir.
Pues bien, luego de algún tiempo no muy prolongado decidí volver, y creí que sería bueno hacerlo en la misma familia donde fui Gregorio Murúa. Encarné como su nieto, el menor de la familia. El hijo de José Ignacio. Elena, la que había sido mi esposa, se dio cuenta desde el principio, no sé bien cómo, pero se dio cuenta y me ayudó a recuperar la historia que les cuento.
Aprendí que la intuición es el lenguaje de las almas, y cuando maduré me acerqué mucho a ella. Pasé muy pegado a ella sus últimos años de vida. La vi morir hace unos días, de mi mano y con una sonrisa cómplice.
Hoy es marte 15 de noviembre de 2025, cumplo en unos días 26 años y, como les dije, me encuentro parado frente a la escalinata del Hospital Pirovano en la ciudad de Buenos Aires, a 468 kilómetros de mi ciudad. Contando este secreto, la historia de mis vidas.











