"He leído muchas veces sus últimos relatos. He pensado mucho antes de escribir estas líneas. Mi condición de pastor de la iglesia pentecostal supone o, mejor dicho, podría suponer un impedimento para hablar sin tapujos de los temas que usted aborda, pero creo necesario contarlo. Solo pido que, al menos por ahora, se mantenga mi anonimato.
VII. Volver, volver…
La carta de un pastor revela cómo la intuición y las "corazonadas" han guiado su vida, especialmente al reconocer a su nieto como la reencarnación de su padre.

Fui muy unido con mi padre. Desde niño, y fue un vínculo que se acentuó fuertemente en mi adolescencia y más aún en mi adultez. Teníamos una relación que iba mucho más allá de lo común entre padre e hijo, de hecho, yo tengo cinco hermanos y ellos siempre reconocieron y consintieron que nuestro vínculo era muy diferente.

Si bien discutíamos seguido y nos distanciamos más de una vez por cuestiones de la vida, algo muy fuerte, inexplicable, siempre prevaleció entre nosotros. En el momento de su muerte, sufrió un accidente de tránsito en septiembre de 1982, yo estaba fuera del país.
Y, muy a mi pesar, no pude llegar a despedirlo pese a que padeció una larga agonía en el Hospital Dr. Ramos Carrillo de la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña, en la provincia de Chaco, Argentina.
Muchas veces analicé si ese desgarro intempestivo me traumatizó, pero no, estoy seguro. La cotidianeidad sobrevino con sus avatares y poco a poco fui aceptando su partida, su muerte, acostumbrándome a su ausencia. Después de todo así es la vida, sentía la obligación de encarar su falta con valor porque era yo quien, muchas veces, contenía a los fieles de mi comunidad. Debía dar el ejemplo.
Después de varios años, no digo que logré olvidarlo, pero sí que superé su ausencia. Como siempre sucede, llegaron a mi vida nuevas personas, mi mujer (tuve un segundo matrimonio), la familia política, mis tres hijos, nuevos amigos. Hoy tengo 69 años, enviudé hace más de siete y hasta perdí uno de mis hijos, el episodio más triste de mi vida, sin lugar a duda.

Tengo cinco nietos a quienes adoro a todos por igual. Pero hay uno. Uno de mis nietos del que quiero hablarle. Tomás, el mayor de ellos, cumplió 14 años hace unos días y desde su nacimiento me di cuenta que se trataba de la reencarnación de su abuelo. Mi añorado padre.
Usted quizás no, pero sus lectores seguramente se preguntarán, cómo puedo afirmarlo de esta manera tan categórica, más aun siendo creyente y pastor comprometido con la iglesia y su dogma.
Le cuento, y a sus seguidores, que he tenido muchas señales, desde sueños al momento de su nacimiento, hasta comentarios que Tomás me ha hecho muy, muy significativos, pasando por un episodio que, no puedo contarlo en estas líneas (lo estaría exponiendo demasiado) pero si puedo asegurar que fue tremendamente emotivo.
Creo firmemente en la intuición. Yo, como le dije, pertenezco a la iglesia evangélica y me considero un hombre de fe, nunca dejé de serlo. Pero me he interiorizado sobre el valor y el sentido de la intuición y, humildemente, puedo decir que he estudiado el tema en profundidad. Como pocos, como casi nadie en estos tiempos.
Estoy convencido que la intuición es, como sostienen las religiones orientales, la forma que tiene Dios de comunicarse. Y no es patrimonio de pocos, sino una virtud que todos los humanos tenemos. Todos la tenemos al alcance de nuestras posibilidades, no hace falta ser ningún iluminado.
Cuando uno afina la intuición logra una manera formidable de entender la realidad, y yo, en algún sentido, creo haberlo logrado o, al menos, estoy en eso. Lo de Tomás es solo un caso que traigo a su conocimiento- y en caso que usted crea conveniente a la de sus lectores- ya que me movilizó una nota de hace dos semanas.

Pero, le aseguro que tengo muchos ejemplos para contar; viví muchos episodios donde el valor la intuición me ha llevado por el camino correcto, no siempre por el mejor, pero siempre por el debido. Mi padre se llamaba Pablo, mi nieto se llama Tomás. Mi padre, hombre de campo, a su manera, creía en lo que él llamaba “corazonadas”, y mi nieto conoce intuitivamente lo que significa “presentir”.
No pretendo convencer a nadie y sé que muchos pensarán que se trata de un delirio de un viejo pastor, pero sentí la necesidad de comunicarlo. Usted sabrá si vale la pena publicarlo. Intuyo, sí, sí, bien digo intuyo, que habrá alguien que lea estas líneas y le pueda resultar útil".
Atención
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