Matar y morir por dos pesos
La vida de un joven criminal terminó abrupta y desgraciadamente en el mismo barrio donde había comenzado su carrera delictiva. Con un historial de crímenes desde la adolescencia, su muerte en las calles revela un ciclo de violencia y de soledad que marcó su existencia. Un destino sellado por sus propias acciones.

No lo mató la policía, no lo mató un pariente o el amigo de algunas de sus víctimas, mucho menos una mujer. Cuando murió, le faltaban unos meses para cumplir treinta años. Doce años antes cometió su primer crimen, muerte que no pagó porque la ley dice que los menores de edad son inimputables, una consideración que muchos jueces toman en serio.

Las casualidades suelen estar presentes en estos raids criminales. En el año 2012 lo mataron a pocas cuadras de dónde había cometido su primer crimen. También hubo coincidencias temporales. El hombre mató y lo mataron en pleno verano y al borde de la madrugada.
Mucho más de la biografía del personaje no se conoce. Desde la adolescencia hasta el filo de los treinta su biografía fue el robo y la muerte. No se disponen de datos que permitan matizar ese itinerario.
II
No hay noticias de que su muerte haya despertado en alguien un gesto de compasión o una lágrima. Tampoco se sabe mucho de sus padres o de una madre conmovida por la muerte del hijo. Sin exageraciones dramáticas podría postularse que siempre estuvo solo. Solo, más por destino que por elección. No sé si alguna vez la vida le presentó una opción diferente.
Vivió sus años como una bestia feroz o un animal herido. Es probable que la piedad, la ternura y la compasión le hayan resultado sentimientos extraños o, lisa y llanamente, nunca haya sabido nada de ellos. Sus enemigos tampoco le tuvieron compasión.
Lo mataron de un balazo y se perdieron en la oscuridad. Como alimañas, se disputaron entre ellos los restos de un botín miserable. Al lado del muerto quedó un reloj barato con las agujas detenidas en el número cinco.
III
Esa noche del sábado los tres compartieron copas en un bodegón perdido entre el rancherío. Puede que en algún momento hayan robado una moto y cerca de la medianoche se hayan entreverado en una bailanta con ritmo de cumbia. Mucho más no se sabe. El desenlace que importa ocurrió casi a la madrugada. Cayeron como pirañas sobre un pobre muchacho que a esa hora volvía a su casa.
Lo golpearon, le robaron plata, un reloj, un celular y una mochila. A él lo golpearon pero no lo mataron. Lo dejaron tirado en la calle y para todos, incluso para la víctima, resulta un misterio indescifrable preguntarse por qué no lo mataron.
La víctima quedó tirada en el asfalto y desde esa singular posición presenció los detalles como quién evoca un sueño o las escenas de una película con la cinta empañada.
IV
En realidad, mucho para interpretar no había. Las tres sanguijuelas empezaron a discutir entre ellos. La disputa por el botín era mezquina, al punto que muy bien podría decirse, o por lo menos sospecharse, que tenían más ganas de matarse entre ellos que en disfrutar de los beneficios del robo que acababan de perpetrar. El singular testigo solo registra que escuchó algunas voces y un disparo.

Sus ojos registran algunas sombras y la luz vacilante del farol de la esquina. Cuando llegó la policía, el muchacho de la moto estaba semiinconsciente. Y en la vereda, a no más de diez metros, el muerto. El muerto asesinado por sus ocasionales compinches, de quienes nunca se supo nada. Mataron y se perdieron en el callejón.
Mataron por un reloj barato que quedó tirado en la calle al mismo personaje que doce años antes había matado al hijo de un reconocido dirigente político, "por dos pesos".
V
Aún recuerdo el momento en que un amigo que, al mismo tiempo, era algo así como mi productor periodístico, me llamó por teléfono. Deben haber sido las siete u ocho de la mañana de ese mes de febrero o marzo de 1999. "Lo mataron", me dijo. ¿A quién?, pregunté. "Al hijo de….". En el acto me hice las preguntas del caso.
¿Una venganza contra el padre? ¿Un ajuste de cuentas? El muerto era conocido por el perfil de su padre, pero también por su adicción a la droga. El crimen ocurrió en la zona roja de la ciudad, en esa frontera donde el delito, el sexo y la cocaína campean impunes. Estaba solo. Después se supo que el auto fue detenido por tres o cuatro sabandijas.
¿Un transa? Imposible saberlo. El conductor intentó acelerar y el personaje que doce años después iba a morir en una zona parecida y asesinado por sus amables compañeritos, disparó, según se dice, con una escopeta recortada. La víctima murió en el acto. La policía no demoró mucho en dar con el asesino, detención impotente porque recuperó la libertad a las pocas horas gracias a sus diecisiete años.
VI
Estuve con el padre de la víctima en el velorio. Nos conocíamos desde hacía más de veinte años. No éramos amigos, pero sosteníamos una buena relación. Puedo asegurar que estaba deshecho. Me abrazó y dijo: "Me lo mataron… me lo mataron… hice todo lo posible para protegerlo, pero me lo mataron lo mismo".
Las palabras que cito son textuales y cada uno las puede interpretar como mejor les parezca. Pero, ojo, cabe una observación pertinente: palabras eran verdaderas. Palabras nacidas del dolor y la impotencia; tal vez de la culpa. El muerto, el hijo, tenía treinta y seis años, meses más, meses menos. Varias veces intentó salir de la droga, pero no pudo hacerlo.
El padre movilizó recursos e influencias para salvarlo, pero no fue posible. El hombre que se presentaba como la encarnación misma del poder, no pudo ejercerlo para salvar al hijo. No pudo hacerlo o, es muy probable, que cuando intentó hacerlo, ya era demasiado tarde. El pibe, dicen que dicen, que no era mal tipo.
Es más, quienes lo conocieron ponderan sus bondades y no falta algún adversario político que considera al hijo un muchacho avasallado por la personalidad del padre. Sus modales eran los de un chico criado en los salones del poder, pero se notaba que esa suerte de distinción para él era más una carga que un privilegio.
Mentiría si dijera que lo conocí. Hablé dos o tres veces con él, pero fueron conversaciones ocasionales. De casualidad, de pura casualidad, casualidades que en el mundo de la noche son más frecuentes de lo que estaríamos dispuestos a consentir. En esos trajines nocturnos, alguna vez conocí a una chica, una de esas chicas que se ganan la vida ejerciendo el oficio más antiguo de la humanidad.
"Era mi cliente y mi amigo. Jamás me tocó un pelo. En la cama anónima de esos cuartos de hotel él se acostaba vestido y fumaba. Fumaba y hablaba. Yo trataba de entenderlo, pero no más que eso". Después ella me dijo: "Me enteré de su muerte y me puse algo triste. Y, aunque no lo creas, a veces lo extraño".
Palabras dichas por una mujer de la noche, una mujer que por esos extraños avatares de la vida fue la tía, y algo más que la tía, del asesino.












