"Las cataratas conducían sus ojos sin brillo hacia una ceguera. EL general tuvo que agacharse para levantarla y comprobar, con asombro, que efectivamente era una de sus condecoraciones. Hacía mucho tiempo ya que sus dos nietas jugaban con ellas (...)"
Un alma noble y valiente lejos de su amada patria
El general José de San Martín vivió sus últimos años en Francia, rodeado de su familia y amigos, pero marcado por el olvido de los dirigentes su tierra natal.

"(...) La primera vez que se las había dado Merceditas lloraba en un día de lluvia. Su madre escandalizada le había proferido una dulce recriminación. Pero el general le respondió encogiéndose de hombros: ¿para qué sirve la gloria si no alcanza para detener las lágrimas de una chiquilla?"
Así nos relata Jorge Fernández Díaz, en su maravilloso libro "La logia de Cádiz" (Editorial Planeta, 2009), los últimos años del general José de San Martín. Vivía en Francia rodeado de su familia y su mejor amigo, el poderoso banquero Alejandro Aguado, lo presentaba a personalidades de la sociedad como el libertador de media América.
Pura verdad. Sin embargo, nuestro prócer sobrellevaba el espíritu abatido por el olvido de sus compatriotas. Y las calumnias y amenazas a su persona porque al volver a Buenos Aires, luego de su gloriosa gesta, se había negado a participar de las guerras civiles que ensangrentaban nuestro suelo.
Eligió el exilio en Francia con su hija Mercedes, con infinita pena pero intactos los principios de su alma noble:"Mi sable nunca saldrá de su vaina por cuestiones políticas y sólo para luchar contra los enemigos de la América del Sur".
Con esos sentimientos envejeció lejos de la tierra amada y era común ver su tristeza cuando de ella recibía malas noticias. Murió el 17 de agosto de 1850 y como esos amigos que no pueden separarse aún guardaba el sable morisco, que de joven había comprado en Londres y fue su compañero de lucha por la libertad de los pueblos.
Hoy guardan y resguardan con devoción ese sable en el Regimiento de Granaderos. Deberían llevarlo junto al catafalco de su dueño, el general San Martín, en la Catedral de Buenos Aires, donde descansa el corazón valiente de nuestra libertad.












