Hay problemas de la ciudad que reconocemos enseguida porque convivimos con ellos todos los días. Esperar demasiado un colectivo. No encontrar dónde estacionar. Una bicisenda que termina sin conectarse con otra. Calles donde peatones, bicicletas, motos, autos y transporte público compiten por el mismo espacio.
Cuando una obra cambia la forma de movernos
Movilidad no es solamente tránsito, es cuánto tardás en llegar al trabajo, es poder llevar a tus hijos a la escuela, es poder caminar seguro, es llegar a un hospital, en definitiva, es cómo vivimos la ciudad.

Desde hace algunos meses, en Casamar empezamos a conversar sobre movilidad porque apareció, una y otra vez, entre las preocupaciones de quienes viven Santa Fe. Hablamos con especialistas, pero también salimos a escuchar a quienes se mueven todos los días para trabajar, estudiar, hacer un trámite, llevar a sus hijos a la escuela o atenderse en un hospital.
En esas conversaciones apareció una pregunta que vale la pena incorporar a la discusión sobre la ciudad: ¿qué pasa con la movilidad cuando una nueva obra modifica la manera en que cientos o miles de personas se desplazan? Cada hospital, cada edificio, cada escuela o cada gran desarrollo modifica los desplazamientos cotidianos de cientos o miles de personas.
Anticiparse a los problemas
El desafío es empezar a pensar esos movimientos antes de que aparezcan los problemas. Cuando una nueva obra o actividad concentra a cientos o miles de personas en un punto de la ciudad, también modifica la manera en que ese sector se mueve.
Puede ser un edificio de gran escala, un establecimiento educativo, un centro de salud, nuevas oficinas, un desarrollo comercial o cualquier proyecto capaz de atraer diariamente una cantidad importante de viajes.
No cambia solamente el lugar donde se instala: también genera nuevas necesidades de circulación, transporte, estacionamiento y accesibilidad en todo su entorno. Estos movimientos necesitan calles que puedan absorberlos, transporte público, lugares para estacionar, veredas accesibles, espacios para bicicletas y condiciones seguras para entrar y salir.
Un ejemplo cercano es el nuevo Hospital Iturraspe. Por su entorno pasan diariamente más de 3.000 personas entre pacientes, trabajadores, profesionales y acompañantes. Una infraestructura sanitaria de semejante dimensión necesariamente transforma la dinámica de toda la zona y genera nuevas demandas de circulación, accesibilidad, transporte y estacionamiento.
Pero no es un problema exclusivo del hospital. Algo similar ocurre en otros grandes atractivos de viajes de Santa Fe, como el casco histórico, el Centro Cívico, Tribunales o los sectores donde se concentran establecimientos educativos.
Hay lugares de la ciudad hacia los que, durante determinadas horas, confluyen millas de personas. Por eso, tal vez la discusión sobre movilidad no debería limitarse a resolver los problemas que ya tenemos.
También deberíamos preguntarnos cómo evitar generar los problemas de mañana. Muchas veces hacemos el recorrido inverso. Primero aparece una nueva actividad, después aumenta la circulación, faltan lugares para estacionar, una calle empieza a congestionarse o el transporte público resulta insuficiente. Y recién entonces comenzamos a buscar una solución.
¿Podemos cambiar ese orden?
En distintas ciudades existe una idea que puede servir como punto de partida para la discusión: analizar la movilidad generada por determinados desarrollos. Es decir, anticipar cuántos nuevos desplazamientos puede producir una obra, de qué manera se realizarán y qué necesitará su entorno para recibirlos. Eso abre muchas preguntas.
¿Es necesario realizar algún tipo de estudio previo para determinados emprendimientos? ¿Debería incorporarse mirada esta a la planificación urbana? ¿Las exigencias deben variar según la dimensión o el tipo de proyecto? ¿Hay otras herramientas que permitan anticipar esos impactos sin sumar burocracia innecesaria?
No tenemos una respuesta cerrada. Y creemos que no deberíamos tenerla todavía. Un estudio previo de movilidad puede ser una alternativa, pero seguramente no sea la única.
Antes de transformar una preocupación en una norma o en un mecanismo concreto es necesario conocer experiencias, escuchar a especialistas en transporte y urbanismo, arquitectos, desarrolladores, comerciantes, instituciones y, sobre todo, a quienes viven diariamente cada sector de Santa Fe.
Por eso desde Casamar vamos a continuar generando encuentros con especialistas y actores vinculados a la movilidad y la planificación urbana.
La intención es profundizar una conversación que recién comienza y construir alternativas a partir de distintas miradas. Porque anticipar los efectos de una obra no significa frenar el crecimiento. Una ciudad que planifica mejor puede crecer mejor.
Santa Fe, además, tiene una dinámica que supera ampliamente sus límites administrativos. Todos los días llegan personas desde Santo Tomé, Recreo, Monte Vera, San José del Rincón y otras localidades del área metropolitana para trabajar, estudiar, atenderse, comprar o realizar trámites.
Pensar la Santa Fe que viene exige entonces mirar un poco más allá de cada obra en particular. Cuando decidimos dónde construir, qué concentrar y cómo desarrollar actividades un sector de la ciudad, también estamos tomando decisiones sobre la manera en que millas de personas van a moverse.
El desafío es empezar a incorporar esa pregunta antes. Porque cuando una obra cambia la ciudad, también cambia la forma de llegar hasta ella.
El autor es presidente de Casamar.











