José Curiotto
jcuriotto@ellitoral.com / Twitter: @josecuriotto
Sería una verdadera pena que la pelea chica hubiese alcanzado el perverso poder de fagocitarlo todo. Pero el sentido común parece haberse extraviado: da igual que la discusión se genere por la poda de árboles en la Av. 9 de Julio de Buenos Aires, porque un tren ruinoso provocó la muerte de 51 personas en Once, porque el hijo de un periodista “militante” condujo 17 kilómetros con su víctima a cuestas o porque un argentino llamado Jorge Mario Bergoglio se convirtió en Francisco, el primer Papa latinoamericano de la historia.
Sería una verdadera pena que lo más importante en el país pase por la discusión y la confrontación permanentes. De qué se discute y por qué se confronta, por momentos parece lo de menos. Todo se iguala en esta lógica que para algunos es progresista pero que, en los hechos, se asemeja demasiado al conservadurismo más rancio -que vivió y sufrió el país durante largos pasajes de su historia-, en el que sólo se toleran voces monocordes y aplausos al unísono.
Mientras en la Argentina la designación del nuevo Papa se vio enredada en peleas locales, el resto del mundo celebra. Un informe publicado hoy en el diario El País, de Madrid, describe el júbilo que la noticia sigue provocando en países latinoamericanos como Brasil, Ecuador, Colombia, Chile o México. En otros rincones del globo, muchos acaban de enterarse de que en el sur existe un país que fue capaz de parir a quien desde ahora será una de las principales figuras del planeta.
Pocas horas después de la elección del nuevo Papa, escribí un artículo en El Litoral donde expresaba algunos conceptos que quisiera rescatar. Allí, decía que lo que sucedido resulta verdaderamente paradógico: Bergoglio se transformó en el argentino más importante de la historia y, al mismo tiempo, dejó de pertenecer a la Argentina. Francisco pertenece, desde ahora, al mundo.
Para uno de cada siete habitantes del planeta, este hombre será el máximo líder espiritual. Y para el resto, una figura prominente e influyente desde todo punto de vista. Más allá de credos, razas o ideologías políticas.
Es probable que algunos egos locales se sientan amenazados por la aparición de Francisco. En un país en el que el poder político se ha centralizado hasta límites insospechados y en el que celosos custodios del status quo se encargan de minar cualquier atisbo de surgimiento de nuevos polos de poder, lo ocurrido en el Vaticano seguramente incomoda.
Pero desde que este sacerdote jesuita se convirtió en Francisco, estas discusiones pasaron a representar temas menores, de vuelo rasante. Cuestiones casi pueblerinas, de una comarca habitada por una sociedad a la que nunca le resultó sencillo ponerse de acuerdo, a pesar de sus potencialidades y virtudes.
Nadie puede saber si Francisco contribuirá efectivamente a traer tiempos mejores para la Argentina y para Latinoamérica. Pero, al menos, desde ahora se trata de una posibilidad concreta y novedosa. Por eso, lo ocurrido debe ser recibido como una buena noticia para todos los vivimos en este rincón del planeta.
Sería una verdadera pena que no reparar en que, cuando las décadas pasen, continuará vivo el recuerdo de que un 13 de marzo de 2013, el primer Papa no europeo asomó desde el histórico balcón de la Plaza de San Pedro. Y se trató de un hombre que nació y creció en el mismo suelo en que nacimos y crecimos.
Sería una verdadera pena, en definitiva, que la lógica de cabotaje y la mirada corta de quienes están convencidos de que sólo la confrontación puede parir tiempos mejores, termine enturbiando lo que debe ser motivo de satisfacción para todos.



































