A menos de 24 horas de haber reclamado públicamente por seguridad, una familia que tiene un pequeño comercio en Colastiné Norte volvió a ser víctima de un robo. Esta vez los delincuentes arrancaron una reja que había sido reforzada apenas unas horas antes y volvieron a ingresar por el mismo sector.
Una familia decidió cerrar su almacén tras sufrir tres robos en cinco días
A menos de 24 horas de haber reclamado públicamente por seguridad, los delincuentes volvieron a ingresar al comercio y arrancaron una reja que había sido reforzada apenas unas horas antes. La familia, agotada por los ataques y por las pérdidas económicas, resolvió bajar las persianas definitivamente.

No hubo tiempo para reponerse. Tampoco para recuperar el sueño ni para volver a poner en su lugar todo lo que los ladrones habían dejado patas para arriba.
Con este nuevo episodio ya son tres los robos sufridos por el comercio en apenas cinco días. El último golpe terminó de quebrar la voluntad de las víctimas. Hastiados, cansados y con la sensación de que trabajan para los delincuentes, resolvieron cerrar definitivamente el negocio.
La historia había sido contada por El Litoral apenas un día antes. En aquella oportunidad, la familia relató cómo dos robos consecutivos habían puesto en jaque la continuidad del almacén ubicado en inmediaciones de Quiloazas y Madreselva. Pero mientras todavía se hablaba de aquel reclamo, los delincuentes volvieron.
Arrancaron la reja
Después de los episodios anteriores, la dueña del local tomó una decisión concreta: reforzar el acceso que los delincuentes venían utilizando para ingresar.
Un herrero colocó nuevos barrotes en la ventana. La intención era sencilla: cerrar definitivamente el paso. No alcanzó.

Durante la madrugada, los ladrones regresaron y encontraron la nueva protección. En lugar de desistir, la arrancaron. "Aflojaron todo el costado y la de abajo para poder pasarse", relató la madre de la comerciante, todavía incrédula por lo ocurrido.
La maniobra, según explicó, dejó en evidencia que los autores debieron actuar al menos de a dos para poder remover la estructura y abrirse paso hacia el interior.

Una vez adentro, volvieron a revisar el comercio. Esta vez se llevaron lo poco que había quedado después de los golpes anteriores: aceite, bebidas y parte de las latas que todavía permanecían en las góndolas.
El resto quedó preparado para ser retirado. En una bolsa habían colocado pañales, toallitas higiénicas, desodorantes y otros artículos de higiene. En otra, masitas y mercadería. Pero por alguna razón abandonaron esos elementos antes de escapar.
La escena se repitió con una precisión que resulta difícil de asimilar para la familia. Primero fueron los cigarrillos, bebidas, golosinas y otros productos. Luego, nuevos ingresos, destrozos y más mercadería sustraída. En el segundo episodio incluso habían preparado una bolsa para llevarse productos que finalmente dejaron en el lugar.
"Se nos burlan en la cara"
La indignación se mezcló con la tristeza cuando la mujer contó un detalle que resume el absurdo de la situación.
El mismo día en que su hija había reclamado seguridad y apenas horas antes del nuevo robo, la familia había salido a comprar mercadería para volver a abastecer el negocio.
"Mi hija fue a comprar masitas y golosinas para que se las lleven anoche otra vez", contó. Y enseguida lanzó una pregunta que parece condensar toda la frustración acumulada: "¿No es una tomada de pelo esto?". Se nos están burlando en la cara.

Ya no se trata solamente de dinero. Tampoco de reparar una reja, reponer bebidas o volver a llenar una estantería. El problema es que el comercio era el sustento de la hija. Era su fuente de ingresos. Y la reiteración de los ataques terminó convirtiendo el lugar de trabajo en un sitio donde reina el miedo.
"Voy a cerrar"
La decisión aparece como definitiva. Después de tres robos en cinco días, la familia entiende que no puede seguir invirtiendo dinero y esfuerzo en un negocio que vuelve a quedar expuesto cada vez que logra recomponerse.
La situación ya había generado un fuerte desgaste. Tras los dos primeros robos, la familia había admitido que estaba "pensando en cerrar" porque sentía que trabajaba para los delincuentes. Ahora ya no lo piensa. Lo decidió.

El pequeño comercio de barrio, construido con años de esfuerzo familiar, bajará sus persianas. Y detrás de esa decisión queda algo más profundo que el perjuicio económico: la sensación de que no existen garantías mínimas para poder trabajar en paz.
Tres robos en cinco días. Una reja arrancada. Mercadería perdida. Reparaciones que no alcanzan. Y una familia que, finalmente, se dio por vencida.
La inseguridad volvió a ganar una batalla. Esta vez, detrás de una persiana que se cerrará para siempre.








