Durante los últimos dos siglos, la edad de inicio de la pubertad en las niñas descendió de manera sostenida. Si en la década de 1840 la primera menstruación ocurría, en promedio, entre los 16 y 17 años, hoy se sitúa alrededor de los 12.

Cada vez más niñas comienzan la pubertad a edades más tempranas. Se trata de un fenómeno multicausal, en el que interactúan factores biológicos, ambientales y sociales. Esto puede tener consecuencias físicas, emocionales y sociales a corto y largo plazo.

Durante los últimos dos siglos, la edad de inicio de la pubertad en las niñas descendió de manera sostenida. Si en la década de 1840 la primera menstruación ocurría, en promedio, entre los 16 y 17 años, hoy se sitúa alrededor de los 12.
Pero lo que más preocupa a la comunidad médica no es solo ese cambio histórico, sino que en las últimas décadas el proceso volvió a acelerarse, con signos puberales que aparecen incluso antes de los ocho años.
Los especialistas coinciden en que se trata de un fenómeno multicausal, en el que interactúan factores biológicos, ambientales y sociales. Entre ellos, la obesidad infantil emerge como el motor más consistente.

El aumento global del sobrepeso infantil acompaña de cerca el adelanto de la pubertad. A nivel mundial, la obesidad en niños y adolescentes pasó del 2% en 1990 al 8% en 2022, mientras que en países como Estados Unidos ya supera el 20%.
El vínculo biológico se explica, en gran parte, por la leptina, una hormona producida por las células grasas que informa al cerebro sobre las reservas energéticas del cuerpo. Aunque no inicia la pubertad por sí sola, su presencia es fundamental para que la cascada hormonal avance.
Estudios con más de 130.000 niños confirmaron una asociación clara entre un índice de masa corporal elevado y la aparición temprana de signos puberales.

El peso corporal no actúa en soledad. El estrés psicológico —derivado de pobreza, violencia, abuso o discriminación— puede potenciar su efecto. Investigaciones muestran que las niñas con IMC alto y altos niveles de estrés desarrollan senos, en promedio, siete meses antes que aquellas con bajos niveles en ambos indicadores.
La pandemia de COVID-19 reforzó esta hipótesis: en distintos países se observó un aumento marcado de las consultas por pubertad precoz y una progresión más rápida del proceso, lo que los especialistas atribuyen al impacto emocional de ese período.
Otro foco de investigación son los disruptores endocrinos, sustancias químicas capaces de interferir con las hormonas naturales. Entre ellos se incluyen los ftalatos (presentes en plásticos), las PFAS —conocidas como “sustancias químicas permanentes”— y las fragancias sintéticas.
Estos compuestos pueden imitar o alterar la acción de hormonas como el estrógeno, pero la evidencia científica sigue siendo inconsistente. El interés creció tras observarse, por ejemplo en Dinamarca, un adelanto en el desarrollo mamario sin cambios significativos en el IMC, lo que sugiere que otros factores ambientales podrían estar influyendo.

El inicio temprano de la pubertad no es solo un cambio cronológico. Está asociado a mayor riesgo de obesidad persistente, enfermedades cardiovasculares y cáncer de mama en la adultez, debido a una exposición hormonal más prolongada.
En el plano emocional, las consecuencias pueden ser inmediatas: ansiedad, depresión, ataques de pánico y sentimientos de marginación, especialmente cuando el cuerpo madura antes de que la niña esté preparada para procesar esos cambios. La discriminación y el trato diferenciado refuerzan un círculo de estrés que preocupa a pediatras y especialistas en salud mental.