Salud metabólica: qué es y por qué es clave para prevenir enfermedades crónicas
Hace referencia a cómo el cuerpo procesa y utiliza la energía. Su deterioro está vinculado a un mayor riesgo de diabetes, afecciones cardiovasculares y otros problemas crónicos, según especialistas médicos.
La salud metabólica está estrechamente vinculada a la ausencia del denominado síndrome metabólico
La noción de “salud metabólica” ha ganado visibilidad en debates científicos y medios de comunicación en los últimos años. Aunque el término se ha popularizado en programas de bienestar y literatura orientada al gran público, su significado preciso es complejo.
En esencia, describe cómo el organismo gestiona la energía que proviene de los alimentos y cómo esa gestión influye en la salud a largo plazo. La comprensión de este concepto puede aportar claves para reducir el riesgo de enfermedades crónicas que, de otro modo, afectan a amplios sectores de la población.
¿Qué comprende la salud metabólica?
La salud metabólica está estrechamente vinculada a la ausencia del denominado síndrome metabólico, un conjunto de factores interrelacionados que reflejan problemas con la forma en que el cuerpo utiliza y almacena energía.
Gran parte de la población adulta muestra alguna forma de alteración metabólica.
Entre esos factores se incluyen: un perímetro de cintura elevado, niveles altos de triglicéridos, niveles bajos de colesterol HDL (“bueno”), presión arterial elevada y glucosa en sangre elevada.
La presencia de al menos tres de estos factores se considera indicativa de síndrome metabólico y está asociada con un mayor riesgo de enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares y diabetes tipo 2.
Especialistas en medicina y endocrinología han señalado que gran parte de la población adulta muestra alguna forma de alteración metabólica.
En Estados Unidos, por ejemplo, la Asociación Americana del Corazón estimó que hasta el 90 % de los adultos presenta algún grado de lo que denominan síndrome cardiovascular-renal-metabólico, una clasificación más amplia que pone en relación la obesidad, la diabetes, las enfermedades renales crónicas y las cardiovasculares.
Cómo el organismo gestiona la energía que proviene de los alimentos
La acumulación excesiva de grasa corporal, en particular alrededor del abdomen, es uno de los factores más influyentes en el deterioro metabólico. Ese tipo de grasa, conocida como visceral, se ubica alrededor de los órganos internos y se ha vinculado a una mayor resistencia a la insulina y procesos inflamatorios que dificultan el funcionamiento normal del organismo.
La genética, además de los hábitos de vida, también influye en la manera en que cada individuo almacena grasa y, por ende, en su perfil metabólico.
Importa además distinguir entre distintos tipos de tejido adiposo. La grasa subcutánea —la que se acumula justo debajo de la piel— y la grasa visceral tienen características biológicas distintas y efectos diferentes sobre la inflamación y las hormonas que regulan el metabolismo.
Esta diferencia explica en parte por qué algunas personas con sobrepeso no desarrollan de inmediato complicaciones metabólicas severas, mientras que otras sí.
Riesgos asociados y estrategias de prevención
Con el tiempo, la disfunción metabólica puede derivar en afecciones que impactan de manera significativa la salud. La hipertensión arterial, por ejemplo, puede dañar las paredes de las arterias, favoreciendo la acumulación de placa y elevando el riesgo de infarto de miocardio o accidente cerebrovascular.
Paralelamente, la diabetes de tipo 2 puede comprometer la función renal y vascular. La llamada enfermedad hepática esteatósica asociada a la disfunción metabólica (MASLD, por su sigla en inglés) puede evolucionar hacia inflamación crónica y cicatrización del hígado.
Entre los diagnósticos asociados al exceso de adiposidad y a alteraciones metabólicas se encuentran también algunos tipos de cáncer, como los de mama, colon, endometrio y páncreas.
Frente a estos riesgos, los especialistas coinciden en que la prevención y el manejo temprano de los factores de riesgo son esenciales. Alcanzar y mantener un peso corporal saludable es uno de los pilares de esta estrategia.
Las recomendaciones médicas habituales incluyen intervenciones sobre el estilo de vida que abarcan la adopción de una dieta equilibrada, la práctica regular de actividad física, la reducción del consumo de tabaco y la mejora de la calidad del sueño.
Las guías de salud pública enfatizan la importancia de dietas ricas en alimentos frescos y no ultraprocesados, con un equilibrio adecuado entre macronutrientes y atención especial a fuentes de proteína que favorezcan la saciedad y el mantenimiento de masa muscular.
El consumo de proteína, por ejemplo, ha sido objeto de atención por su efecto termogénico y su papel en el control del apetito y la glucosa en sangre, aspectos que ayudan a sostener un perfil metabólico más saludable.
La actividad física contribuye tanto a la pérdida de peso como a la mejora de la sensibilidad a la insulina. Instituciones de salud recomiendan al menos 150 minutos semanales de ejercicio de moderada intensidad, complementados con ejercicios de fuerza que apoyen la preservación de la masa muscular.
Pequeños cambios cotidianos, como caminar más durante el día o preferir las escaleras, pueden tener un impacto acumulativo importante.
En algunos casos, los médicos pueden considerar tratamientos adicionales, incluidos medicamentos para controlar el peso o condiciones relacionadas.
Los fármacos que actúan sobre receptores que modulan el apetito y el metabolismo han mostrado eficacia en la reversión de la obesidad y la reducción de riesgos asociados al síndrome metabólico, aunque su uso suele complementarse con cambios en el estilo de vida.
La atención a la salud metabólica implica, en definitiva, una mirada amplia que integra hábitos cotidianos, factores biológicos y el acompañamiento médico para identificar y corregir alteraciones de manera temprana.
Un enfoque preventivo puede significar no solo una mejor calidad de vida para quienes presentan factores de riesgo, sino también una reducción de la carga de enfermedades crónicas que hoy representan una de las principales causas de morbilidad en la población adulta.