La última sesión del Concejo estaba llegando a su fin. Nada trascendente había sido tratado, y los expedientes con preferencia se aceleraban. Era cerca de la hora 13.30 y el almuerzo de varios esperaban. De repente, pidió la palabra una concejala; había acomodado prolijamente a la derecha de su banca tres o cuatro productos del menú escolar “tradicional”: un alfajor (con cuatro sellos, “excedido” en todo), un jugo de soja, una leche chocolatada.




































