Santa Rita ya no es el mismo barrio que hace dos meses, cuando 180 familias santafesinas entraron por la fuerza y ocuparon viviendas del Estado provincial a medio terminar. Mientras el gobierno mira el conflicto de reojo como si no le perteneciera y espera pasivamente que lo resuelva la Justicia, en el barrio se amalgamaron relaciones y nuevos hábitos; y lo que al principio parecía ajeno, ya empieza a sentirse como propio.
Hoy, los chicos pueblan las calles antes invadidas de yuyos; las ventanas están abiertas de par en par, y coloridas telas flamean entre los marcos como puertas. Los cercos precarios -de madera o alambre- dividen el terreno entre vecinos; hay agua y luz -algunos hasta instalaron spots lumínicos- y la ropa húmeda le pone más color a la barriada que estuvo teñida por el gris del cemento durante los casi 5 años que la construcción estuvo paralizada.
La cumbia pone ritmo a esta nueva vecindad (suena a full “Olvídala”, de Los Palmeras), que ya no se mira con la desconfianza de los primeros días. De a poco fue desapareciendo la tensión y hoy, tras 60 días de convivencia, comenzaron a tejerse lazos vecinales. Incluso con algunos de los viejos habitantes del barrio que se animan a cruzar hacia el complejo para abastecerse de pan o verduras en los nuevos almacenes, improvisados pero con buen surtido.
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